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martes, 16 de mayo de 2017
jueves, 5 de enero de 2017
Tiempo de Realeza - año 7 AC - reyes por un Tiempo (partes 1 a 8)
Parte 1
Parado sobre el promontorio tenía una vista soberbia del
estrecho canal llamado Bósforo, que sería dominado por “su” ciudad. De un lado,
la entrada al pequeño Propontis, que algún día llevaría el nombre de Mármara,
del otro el Ponto, que las generaciones futuras conocerían como Mar Negro, con
sus costas llanas tan ricas en tierras fértiles y granos; a sus pies esa ciudad aun en obras donde se transformaba
la entonces humilde Bizancio, fundada por Byzas frente a la “ciudad de los
ciegos” hacia ya 600 años, en la Nueva Roma destina a ser la nueva capital del
enorme imperio que le tocaba presidir; “su” capital.
Todo parecía marchar bien, desde que se deshiciera de
Licinio gobernaba solo y nadie tenía poder como para osar oponérsele, por lo
que se podía dedicar de lleno a una de sus grandes pasiones, construir, algo
que le fascinaba casi tanto como gobernar.
Gobernar, eso sí era algo digno de hacerse. Tantos hombres y
mujeres, tantas vidas dependiendo de sus decisiones, cada uno con sus cosas,
sus dioses y creencias. Se quedo un rato con ese pensamiento, “los dioses”,
¿Qué creer?, porque de eso se trataba, de creer, pues nadie tenía pruebas de
nada, aunque todos sostenían que el dios que adoraban era el verdadero, desde
los antiguos griegos con sus misterios a los sencillos romanos con sus dioses
agrícolas o los sofisticados orientales con sus creencias tan fastuosas, sin
dejar de lado a esas gentes monoteístas de las provincias de medio oriente.
Esos eran el futuro, lo podía ver claramente con su visión
de avezado político, en los monoteístas estaba el futuro, eran muy activos y
tenían una fe ciega en su Dios.
En vano sus predecesores los habían perseguido, cuanto más
se los atacaba más fuertes se hacían. Si, sin duda ahí había algo, pero ¿Qué?.
Comprendía claramente que constituían una fuerza a la que
era necesario catalizar en beneficio propio, por eso había decidido apoyarlos,
por eso y porque…porque podían tener razón, la historia que contaron los viejos
Pablo y Pedro era fascinante, ¿y si fuera verdad?. No había forma de saberlo. Al
pueblo no le importaba eso, con la fe les alcanzaba; pero él quisiera algo más;
su corazón sentía simpatía por el nuevo credo, pero su mente deseaba algo más,
alguna prueba. Tal un nuevo Tomas.
La idea le avergonzaba algo, pero él no era hombre de fe
ciega, por más que hubiese adoptado el emblema de la cruz para ir a la batalla
y esto hubiese significado la victoria, su espíritu deseaba algo más, por eso y
no solo por política, eludía el bautismo que tanto le pedían los cristianos que
aceptara.
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-Señor- le llamo alguien desde abajo. Dignamente, como
correspondía a su cargo, le dirigió la mirada, interrogando sobre la razón de
que se le interrumpiera cuando disfrutaba de contemplar la perla más grandiosa
de sus dominios.
-Señor- volvió a insistir humildemente el hombre- hemos
encontrado algo que requiere su atención.-comento, y al notar que el emperador
lo miraba, aclaro -Unas extrañas reliquias-
Más reliquias, la zona estaba plagada de ellas, ser la
encrucijada de la civilización durante 600 años tenía esas consecuencias, era
inevitable; pero, bueno, la gente sencilla era así, todo le llamaba la atención
y creían siempre haber encontrado algo distinto, extraño, especial. Como sea,
el encanto se había roto, así que bajo de la roca y acompaño al hombre.
Con paso ágil se dirigió, siguiendo al hombre que lo había
llamado, hacia el lugar donde se llevaban a cavo las obras para la construcción
de su futuro palacio, en un lugar cuidadosamente elegido por él, que guardaba
celosamente las razones de ello. La belleza del lugar daba una buena
explicación a quien preguntara.
Al llegar se le acerco, obsequiosamente, el encargado del
turno. El emisario que había ido a buscarlo saludo humildemente y se retiro.
-Cesar, venga por aquí, con cuidado por favor- indicándole
unas escaleras que descendían a uno de los posos de la construcción, un lugar
indicado expresamente por él. En las paredes de roca, a los costados de una
rampa que descendía lentamente en espiral, se encontraban una serie
interminable de puertas, algunas ya completamente despejadas y otras apenas
insinuadas por sus dinteles.
El corazón le latió con fuerza al comprender que quizás los
misterios eleusinos tuvieran su fundamento real. Por su puesto su rostro, tan
impasible como el de las estatuas que lo representaban, no dejo traslucir
ninguna emoción, hubiese sido impropio de su rango.
Luego de recorrer la zona ordeno retirar a todo el mundo y
resguardar el lugar. A partir de ese momento nadie podría estar allí sin su
autorización expresa.
Así permaneció el predio, sellado a cal y canto,
transformándose en uno de esos lugares de los que nadie habla. El deseo del
emperador era ley.
Años más adelante todo quedo comprendido dentro de un
proyecto mucho mayor. Cuando “Hagia Sophia” fue consagrada allá por el año
360 solo unos pocos hombres, a parte del emperador mismo, tenían noticia de su
existencia y así siguió hasta el fatídico año de 1453 en que todo se perdió y
el lugar desapareció.
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Luego de aquel suceso, como correspondía, la vida siguió su
curso, la ciudad creció, el imperio creció. La gente llego, algunos se
quedaron, otros partieron, los amigos fueron envejeciendo, los enemigos
también, él los acompaño.
En todo momento se abstuvo de tocar las puertas, tenía por
cierto que eran un poder muy grande, aun para el emperador. Era algo que en
algún momento debería encarar, pero no hasta que se sintiera capaz, o próximo
al final.
Hubo rebeliones, momentos en que todo estuvo a punto de
perderse, y reconquistas, momentos en que todo volvió a encaminarse. Hubo héroes
(más bien heroínas, y no pudo evitar una lagrima de recuerdo por la emperatriz)
y no tanto (recordó íntimamente avergonzado). Con el tiempo el fin se fue
acercando. De apoco sin darse cuenta fue llegando a ese momento en que, aunque
no lo queramos, se impone el balance final; los recuerdos de lo hecho y lo no
hecho, lo que paso y lo que no y las dudas, los ¿Qué habría pasado si…? los ¿Podre
hacer algo aun…?
La transformación del imperio había sido no grande, ¡enorme!,
aunque no todo había ido tan bien como hubiera deseado. Muchas cosas habían
cambiado.
El ejército había vuelto a hacer respetar el nombre del imperio.
La economía era nuevamente prospera, en parte gracias al gran aporte que le
hizo al acuñar su nueva moneda que tenia exactamente la cantidad de oro que
decía tener y en la que todos podían confiar.
Las leyes se habían revisado y compilado en lo que esperaba
fuera una obra que trascendiera su tiempo, una legislación más clara y humana,
fuertemente influenciada por los preceptos cristianos.
Los cristianos, cuando llego al poder estos eran una minoría
perseguida, ahora eran un verdadero poder dentro del estado y él era el poder
sobre ese poder, como emperador era Pontífice, la máxima autoridad religiosa. Pero
era difícil serlo, la generalidad de los cristianos no escapaban a los males
del mundo, estaban desunidos, se habían transformado en los peores enemigos de
ellos mismos. Vivian continuamente discutiendo sobre quién era el más
importante, quien tenía más razón, que teoría era más verdadera, y enojados si
no se les daba la razón, no solo eso, porque muchas veces no les alcanzaba con
que se les diera la razón; para estar contentos necesitaban que se destruyera a
los otros. Preferían verse muertos antes que dar el brazo a torcer….eso era
descorazonador, aunque muy útil para gobernar, cuanto menos se soportaran entre
sí más difícil seria que alguien pudiera disputarle el poder. Pero era muy
decepcionante y él ya estaba muy viejo para eso.
Así estaban las cosas la doctrina de Jesús era divina, pero
el comportamiento de la mayoría de la jerarquía eclesiástica era muy humana.
Ante este panorama la duda era inevitable, en privado se
cuestionaba muchas cosas ¿Valía la pena ser cristiano? ¿No se habría equivocado al apoyarlos? ¿Qué
seguridad podía tener que Jesús había nacido? . Se sentía como Tomas, eso le
molestaba. Y, sin embargo…
De pronto se decidió, había algo que tenía que saber y ya
era tiempo. Se acercaba la Navidad y el frio apretaba, se sentía viejo y
necesitaba calor.
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-¡El emperador!- grito el chambelán que lo iba a despertar
todas las mañanas
-¡¿Qué?! ¿Qué pasa con el emperador?- fue la pregunta
generalizada
-¡que no está! ¡Que ha desaparecido!-
El revuelo en palacio fue general. En vano se lo busco por
todos lados, no estaba en ninguna parte. Temiendo lo peor se hizo rastrillar
las aguas cercanas al palacio y más allá, hasta donde razonablemente las
corrientes podían haber llevado un cuerpo que cayera en ellas. Nada
Literalmente era como si se lo hubiese tragado la tierra.
Con la mayor discreción posible, para no atemorizar al
pueblo, se encargaron rogativas al Patriarca, y se reunieron los funcionarios y
familiares para decidir el curso de acción. ¿Qué hacer? ¿Dónde podría estar?
Era necesario, aunque más no sea, encontrar su cuerpo.
------------------
-¡Otra más!, pero ¿Qué está pasando? ¿Qué dicen los
técnicos?-
-Que están trabajando en eso, pero que aun no dan con la
falla- contesto Ernesto- dicen que se quedaran fuera de horario de ser
necesario-
Salvador corto el intercomunicador, siempre lo mismo, habría
que tener paciencia, pero en ese momento él no la tenía. Abrió un cajón, saco
una llave que coloco en la terminal, luego introdujo un código de 16 dígitos y
la versión electrónica del manual del director apareció en la pantalla. Tenía
que averiguar qué estaba pasando antes de que la falla del sistema se hiciera
crítica.
¿Estarían sufriendo algún ataque? No sería raro, con tanto
terrorista dando vueltas suelto por ahí.
-Permiso señor- Le interrumpió Angustias – hay alguien que
quiere hablar con usted-
-Dígale que vuelva más tarde, ¿no ve que estoy ocupado?-
-Si señor, pero dice que lo envían del ministerio y que es
urgente, o algo así, no le entiendo bien-
-¿Del ministerio? ¿Qué dice? ¿Esta bromeando? Del gobierno querrá
decir-
-No, no, el insiste que es del ministerio- insistió
Angustias- Me ha mostrado una carta credencial que lo acredita, pero yo no le
he visto nunca-
-Bueno- suspiro resignado Salvador, ¿Qué otra cosa podría
pasar hoy?- dígale que pase-
-¿Le pido a los guardias que lo desarmen?, el no quiere
dejar sus armas en recepción-
Salvador levanto a desgana la vista de la pantalla, como
interrogándola.
No hizo falta que Angustia intentara una respuesta. La
puerta del despacho se abrió abruptamente y un fornido legionario ingreso por
ella, sin muchos miramientos y se cuadro firme ante él saludando con el brazo
derecho en alto, al mejor estilo fascista. Un frio recorrió la nuca de
Salvador.
-Ave Exarca, Nomen mihi est Marcus – se presento
-¿Qué?, Angustias, un traductor urgente- pidió, ignorando
que Angustias siempre había sacado buenas notas en Latín.
No hizo falta que viniera nadie, en esos momentos ingresaba
Salvatus González, el agente del ministerio destacado en la Cádiz romana.
-Buenos días señor- saludo- disculpe, está muy apurado y no
he logrado contenerlo-
-¿Qué es esto González?- urgió Salvador
-Ya le explico, deme un minuto por favor- pidió el
mencionado González, al tiempo que, en latín, se dirigió al legionario
explicándole algo y rogándole alguna otra cosa. El soldado pareció estar de
acuerdo, bajo el brazo y se paro marcialmente en posición de descanso.
Luego, dirigiéndose a Salvador previo pedir
confidencialidad, lo que obligo a que Angustias, bastante ofendida, abandonara
la oficina, le conto una extraña historia relacionada con el soldado allí
presente y la posibilidad, según el mismo decía, de que el ministerio dejara de
existir, o de hecho nunca existiera, si no se rescataba a su jefe.
¿Y quién era su jefe?
¡Nada menos que el emperador Constantino!
Salvador no podía dar crédito a lo que oía, ¿sería esa la
explicación a lo que estaba sucediendo?
Desesperadamente consulto el “Manual del Director” que aun
permanecía abierto en su ordenador. Por la expresión de su cara pareció que sus
temores se confirmaban.
Aparto la vista del manual, se reclino en la silla, junto
sus manos frente a su boca, como si fuera a rezar; medito unos segundos y
luego, reparando en el legionario le pidió a González que lo alojara
adecuadamente en el ministerio, explicándole que ya estaban trabajando en el
tema y que lo llamarían ni bien tuvieran una respuesta. González acepto con un
si de cabeza
-
Y, González, regrese lo antes posible, tenemos
que hablar- le pidió Salvador cuando salía.
Mientras González regresaba busco en los correos
electrónicos archivados, hasta que lo encontró. Efectivamente ahí estaba, miro
la fecha y comprendió, había llegado durante el tiempo que se había ausentado
durante aquella expedición a las misiones guaraníes del 1600. El sistema lo
había archivado automáticamente al no ser abierto durante el tiempo estipulado
y él no lo había advertido. Solo restaba esperar que no fuera demasiado tarde
para subsanar el error.
-Así es amigo. Es verdad, aquí está todo como usted lo
advirtió. No tiene usted responsabilidad alguna en el tema. Ha hecho bien en
traerlo- acepto ante el patrullero- Me imagino el problema que esto debe ser
para ellos, tanto o más que para nosotros.- suspiro - ¿y que sugiere usted que
hagamos?-
-----------------------
-
¿Entonces vamos?- interrogo Pacino
-
No veo que haya otra alternativa- Afirmo Alonso
-
Sin embargo, es todo tan disparatado- objeto
Amelia
-
Si, efectivamente lo es – acepto Salvador -
¿pero que no lo es en este bendito ministerio?-
-
Repasemos de nuevo la situación- Pidió Irene
Salvatus González volvió a explicar, sucintamente esta vez
porque ya todos habían escuchado la historia, como se había involucrado en este
problema. Volvió a referir el susto de muerte que se llevo la última vez que, al
regresar a Cádiz en el 30 ADC, se encontró con Marcus apareciendo por una
puerta contigua en los baños de la ciudad y como al querer, por curiosidad,
entrar por esa puerta el legionario lo descubrió y casi lo mata. Fue para
evitar pasar a mejor vida que se identifico como agente del ministerio y, para
su sorpresa el legionario lo soltó, le
conto la extraña historia que ya sabían y le pidió ayuda. Eso los había llevado
hasta allí.
-
Guau, no sabía que España hubiese conquistado
Roma, siempre pensé que había sido al revés- se asombro Alonso
-
Y así lo fue- le explicó Pacino.
-
¿Entonces que hace el ministerio en todo esto?-
Pregunto Amelia.
-
Como sabéis – comenzó a explicar Salvador-
nuestro ministerio se articula a partir del reinado de Isabel l. Eso es
conocido por todos. Lo que casi nadie sabe es que no es el único ministerio
posible…- aquí la situación se puso difícil de explicar- bueno, parece que los
Bizantinos tuvieron su ministerio y que fueron quienes dejaron instaladas
varias de las puertas que dieron origen al nuestro, las que permanecieron
“perdidas” hasta que le fueron reveladas a Isabel I.-
-
Pero si es así y se nos está pidiendo que
vayamos a otro ministerio ¿Cómo podremos hacerlo?- la duda de Pacino era la de
todos.
-
Pues, pare eso contaremos con la ayuda de
Marcus-
-
¿Esta misión no la pueden hacer ellos solos?,
¿Por qué tenemos que intervenir nosotros fuera de España?- volvió a cuestionar
Amelia siempre tan atenta.
-
Porque el ministerio Bizantino aun no se crea, el
es el único agente activo allí - fue la sucinta respuesta de Salvatus González.
-
Y ese parece ser el problema que nos relaciona
con todo esto- aclaro Ernesto- parece ser que sin el ministerio Bizantino el
nuestro, ni la mayoría de los otros, existirían nunca-
-
De hecho este problema explicaría los
“inconvenientes” que hemos estado teniendo- y no dijo más porque el tema era
estrictamente confidencial.
-
Si como dice hay muchos otros posibles
ministerios, y cualquiera podría ayudar, no me queda claro, - cuestiono Alonso
-¿Por qué debemos ir nosotros?-
-
¿Preferiría que fueran los de Argentina?-
Marcus miro extrañado sin
comprender. Nadie dijo nada más, tomaron sus instrucciones y marcharon a
vestuarios a cambiarse.
Al atravesar la puerta se encontraron en unos baños,
desiertos a esa hora, lo que los ayudo mucho a sobre llevar la sorpresa de ver
aparecer, a último momento, a Amelia.
-¿Qué miran? ¿Se pensaban que me iban a dejar como cuando
fueron a Sudamérica?-
No había terminado de digerir que no la llevaran a la misión
a las misiones guaraníes.
Los hombres se miraron, se encogieron de hombros y siguieron
al centurión que ya atravesaba la siguiente puerta.
Al cruzarla se encontraron en un recinto abovedado,
pobremente iluminado, que daba la sensación de una obra en construcción
abandonada. Había escombros y polvo por todos lados. Se veían unas pocas
puertas, la mayoría notablemente deterioradas, daban impresión de no haber sido
abiertas en mucho tiempo.
-¿y bien? ¿Ahora qué?- pregunto Pacino
- No sabemos, por eso los hemos llamado a ustedes para que
nos ayuden con este misterio - contesto Marcus
Extrañamente nadie reparo en el hecho de que le entendieran
sin necesidad de traductor.
-
Bueno amigo- dijo Alonso dándole una palmada en
la espalda a Pacino- tu eres el detective aquí. A trabajar-
Alagado y molesto a la vez, Pacino asumió su papel de
policía de investigaciones. Comenzó por recapitular los hechos conocidos,
tratando de encontrar fisuras o pistas ocultas en el relato, que pudieran darle
algún indicio sobre el paradero del emperador.
¿Dónde podría estar? ¿Qué le habría pasado?
-
Bueno, yo creo que lo primero que deberíamos
hacer es ir a la ciudad – concluyo luego del análisis.
-
Yo no – disintió Amelia
-
¿Cómo?-
-
¿Por qué?-
-
Bueno, yo no sé mucho de pesquisas y esas cosas,
pero de limpieza entiendo bastante- dijo mientras pasaba el dedo por el polvo
de la banca de mármol en la que se había sentado.
-
Al que se ría lo mato- amenazo al ver, por el
rabillo del ojo, aparecer sonrisas en las caras de los compañeros.
Luego, levantándose, se dirigió a una puerta en especial y
señalando la empuñadura de la misma dijo
-
Esta limpia. En el polvo del suelo hay huellas y
las telas arañas están rotas. Alguien ha pasado por aquí hace poco- Hizo notar.
Alonso, discretamente, con la mano derecha cerro la boca de
Pacino, que la tenía tan abierta como los ojos.
-
A donde da esta puerta- Pregunto cuando pudo
recuperarse del asombro.
-
No se- fue la escueta respuesta del Bizantino
-
Pues, veamos – dijo Alonso al tiempo que la abría.
------------------------
Se sentía como un niño haciendo una travesura. Por un
instante fue tremendamente feliz. Bastaba con imaginar las caras en la corte al
ver que no estaba…ha, como quisiera verlas, cuantas víboras se delatarían….y la
felicidad se le esfumo.
De todos modos no esperaba demorar demasiado, sería solo una
vueltita, llevaba años dándole vueltas al asunto y creía tener bastante claros
los pasos a dar para llegar hasta su objetivo. Si hasta era posible que
volviera antes que lo echaran de menos.
Le costó algo de trabajo llagar a las puertas. No podía
quejarse contra nadie que no fuera él, se veía que su orden se había cumplido y
nadie había tocado nada desde aquel día en que le avisaron que las habían
descubierto. Cuando regresara tendría que recordar felicitar al centurión a
cargo, quien quiera que fuera.
Con decisión leyó los distintos signos en las puertas, hasta
que encontró los buscados. Con su bastón rompió las telas arañas que la
sellaban, y acciono el picaporte. Para su sorpresa la puerta se abrió sin
dificultad, como si lo estuviera esperando.
Al atravesarla se encontró en….no habría sabido decirlo
bien, parecía como un lugar de oración, ¿una sinagoga quizás? No, no, esa
estatua de un romano al lado del altar lo desmentía. Bueno, qué más daba, camino
con buen paso hacia lo que parecían las puertas principales, sin dudarlo las
abrió y salió. Afuera el sol de dio de lleno en la cara y lo cegó
momentáneamente.
El bullicio era ensordecedor, parecía día de mercado por la
actividad que se veía en todas partes.
Pensó unos instantes, ¿hacia dónde se dirigiría? No tenía ni
idea de cómo era esa ciudad, ni siquiera sabía si era la ciudad correcta.
Camino por la calle principal, atestada de gente rara, con
vestimentas “antiguas”. Vio algunos soldados, pero no eran romanos, seguro. Eso
lo inquieto un poco.
Luego de andar entre la gente, prestando oídos a lo que
conversaban, tuvo la certeza de que la mayoría lo hacía en arameo o algún
dialecto similar. Eso le alegro. Parecía la ciudad correcta.
Recorrió los puestos del mercado hasta que creyó escuchar a
alguien hablando en griego. Se arriesgo y le pregunto por el lugar que estaba
buscando.
El interpelado entendió las palabras pero fingió no entender
la frase. Lo miro de arriba abajo, sin duda debía ser una persona importante,
sus vestimentas eran lujosas. La codicia se despertó en su interior, algo se
podría obtener de ese viejo.
Con ladina obsecuencia se hizo repetir la pregunta, mientras
su mano izquierda, oculta tras la espalda, hacia inequívocas señas a un par de
mozalbetes que estaban cerca. Estos no se hicieron repetir la indicación y
solícitos se acercaron por detrás del emperador para robarle.
Mientras él prestaba atención a lo que le decía el mercader,
intentando entender las indicaciones, uno de los muchachos tiro de la bolsa que
llevaba en la cintura….recibiendo un estoque que casi le secciona el brazo.
Espada en mano los encaro y los hizo correr. Aun era el
soldado de valor que había sido, sonrió para si. Cuando se volvió para ajustar
cuentas con el griego, este ya había desaparecido.
Por supuesto, como ha sido siempre, luego del intento de
robo, y sobre todo por la respuesta dada, se armo un corrillo de chismosos que
alborotaron el lugar y a la policía no le gustan los alborotos. Que a un
ciudadano lo roben o incluso lo maten es una desgracia personal que no altera
mucho la paz social, está asumido, hasta donde es posible, que es parte de los riesgos diarios de salir a la
calle. Pero que la gente se junte y empiece a hablar y quejarse, eso ya es otra
cosa. Una reunión así puede derivar en tumulto y los tumultos no son agradables
para los gobernantes.
Sin muchos miramientos los soldados que había visto
anteriormente, (eran la policía local), lo tomaron por los brazos tratando de
apresarlo, y eso era algo inaudito. Nadie ponía una mano sobre el gran
Constantino y se salía con la suya.
La pequeña batalla fue breve y rotunda, en dos movidas los
policías se hallaron derribados y doloridos. Y él corriendo para desaparecer de
allí.
Parte 4
La Galilea estaba revuelta, algo pasaba en ella, la gente
estaba inquieta y la calma era engañosa.
Cuando Galilea se ponía alerta toda Judea también lo hacía.
El procurador y las autoridades locales sospechaban que los
zelotes tramaban algo. Semejante deducción no era ningún esfuerzo de
inteligencia, los zelotes siempre tramaban algo, y si no lo hacían lo hacían lo
mismo, eran una buena escusa para mantener los controles sin que la gente
proteste demasiado.
En el puesto de control, en el camino a Belén, el sol estaba
cayendo y los soldados estaban prontos a cerrar la barrera, los que no pasaran
deberían volver a Jerusalén si no querían dormir al sereno. Y la mayoría no lo
quería, las temperaturas del desierto se ponían bien bajas de noche.
El decurión se acerco al soldado y dio la orden, por ese día
no pasaba más nadie, salvo esas gentes que estaban ahí cerca, se veía que la
mujer estaba a punto de dar a luz y no podría regresar a la ciudad.
Al pasar se identificaron como naturales de Nazaret, en
Galilea, con destino a Belén, para el censo.(1)
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Con precaución Alonso cruzo el umbral e ingreso en una sala
fresca y desierta. A un costado, en realidad al fondo de la nave porque la
puerta estaba a un lado, se veía un altar, o algo que podía serlo, y una
estatua de un hombre con toga.
- Augusto - aclaro Amelia al verla luego de pasar la puerta.
-¿Quién?-
-El primer emperador Romano-
-Ah ¿y? -
Hacia el otro lado había una puerta importante, posiblemente
el ingreso al recinto.
-¿Qué hacemos?- pregunto Amelia
-Pues…vayamos a esa puerta…- empezó a indicar Pacino, pero
no termino la frase, porque de pronto la puerta se abrió violentamente y por
ella entro un hombre a la carrera, como huyendo de algo.
-Ave Cesar- escucharon saludar a Marcus que se había
cuadrado militarmente con la mano derecha en alto.
-¡Marcus! ¿Qué haces aquí?- pregunto pero no espero la
respuesta, prestamente ordeno- vamos, todos por la puerta, hay que salir de
aquí- y empujo a Amelia de regreso, luego paso Salvatus, que estaba al lado de
ella y estaba por pasar Pacino cuando se produjo el temblor.
Fue una cosa extraña, pues no tembló del lado de la puerta
donde estaban, el templo permaneció quieto. El temblor fue del otro lado, del
lado de Bizancio.
Entonces la puerta se cerró bruscamente y ya no fue posible
cruzar por ella, de alguna manera estaba trabada y no era posible moverla más
de unos centímetros por donde no pasaba más que una mano.
----------------
-
Es inútil Amelia, no se abre – dijo Salvatus ya
extenuado de tanto empujar.
-
Salgamos de aquí- se escucho la voz de Alonso
del otro lado
-
¿Qué pasa? ¡Pacino! ¡Alonso!- pregunto
angustiada Amelia, pero no hubo respuesta, solo ruido como de pasos
apresurados, de tropa a la carrera, revolviendo todo.
-
Vamos, me voy a buscar ayuda – le dijo a
Salvatus - tu quédate aquí hasta que
regrese, por si acaso- y salió a la carrera por la puerta que daba a Cádiz, por
la cual habían llegado.
En vano Salvatus González amago una protesta, Amelia no le
dio tiempo, cerró la puerta tras si al salir y ya nada pudo hacer.
En Cádiz la cosa no fue tan fácil, los baños estaban llenos
de…..hombres, rigurosamente desnudos, que no dejaron de notar su aparición por
una puerta y posterior desaparición por la siguiente.
Cuando llego al ministerio aun estaba turbada, no mucho,
pero si algo.
-
Que ha pasado – pregunto Irene quien fue la
primera en verla llegar
-
Que nos hemos quedado separados- y le fue
explicando sucintamente mientras iban hacia la oficina de Salvador.
-
Necesitamos una cuadrilla para poder despejar el
paso de las piedras que la traban –
Salvador medito unos instantes, luego levanto el teléfono e
hizo una llamada.
----------------------
-Salgamos de aquí- grito Alonso y todos lo siguieron para
escapar de los soldados que acaban de entrar por la puerta.
- ¡están profanando un templo!- exclamo asombrado Alonso
- No, para ellos el único templo que merece respeto es el de
su Dios, los otros son idolatrías abominables-
-¿Cómo?-
-Luego te explico, ¡corre!-
Marcus, espada en mano, quedo para proteger la huida.
En la carrera escaparon por una puerta que daba a un patio,
saltaron una tapia, los corrieron los perros, alguien les tiro una escudilla y
por ultimo tuvieron que cruzar un chiquero.
Hediondos, cansados y de mal humor se metieron en una
taberna. El tabernero, al verlos llegar manoteo una masa que tenia bajo el
mostrador, por si era necesario defenderse, pero la guardo al escuchar los gritos
de los soldados que corrían tras ellos y en cambio les indico una puerta trampa
en el piso, por la cual se metieron, yendo a parar al interior de una oscura
bodega.
Cuando paso el
tumulto el tabernero abrió la puerta y, sin bajar pregunto
-¿de qué tribu son?-
-Aser, de Tarragona, en Hispania - contesto prontamente
Constantino en griego, mientras los otros lo miraban extrañado.
Pasaron unos instantes de tenso silencio, luego se volvió a
escuchar al posadero
-Con razón tenéis ese aspecto y acento- dijo – descuidad
aquí estaréis a salvo ya les avisare cuando puedan salir.-
-No se lo ha creído. Vamos, salgamos de aquí- ordeno
Constantino – ya he visto bastante de esta gente como para saber que nos
venderá-
No se hicieron repetir el pedido, como pudieron se
escabulleron por una ventanuca hacia las afueras de la ciudad. Justo a tiempo,
a la distancia, mientras huían, pudieron ver los policías entrando en la
cantina guiados por el posadero.
-Estas gentes no tienen palabra, por algo el viejo Tito tuvo
que tomar la ciudad- justifico el emperador. Alonso y Pacino se miraron…si esto
se iba a repetir tendrían que repasar historia clásica.
Una vez alcanzado el campo siguieron avanzando hasta donde
se veían unos camelleros, posiblemente una de las tantas caravanas que
recorrían la zona.
-----------------
Amelia, a la cabeza del grupo de hombres de la cuadrilla de
mantenimiento, cruzo la puerta que daba a los baños de Cádiz. Esta vez fue más
precavida, lo primero fue confirmar que estuvieran vacios, y luego si, cruzar a
la otra puerta.
En Bizancio Salvatus los esperaba impacientemente, temía que
alguien bajara a la obra y descubriera todo. En varias oportunidades había oído
voces cercanas.
La cuadrilla se puso a trabajar inmediatamente, con premura
apuntalaron la mampostería y colocaron los gatos hidráulicos que juzgaron
convenientes para levantar el dintel que había cedido.
La operación les llevo escaso 30 minutos, urgidos por la
premura de Amelia y los ruidos, como a cruce de espadas, que llegaron desde el
otro lado.
Cuando por fin lograron abrir la puerta se encontraron con
Marcus herido, caído a un costado de la puerta.
Aun vivía, pero no lo haría mucho tiempo más si no lo
atendían. ¿Qué hacer? Tenían orden de no intervenir en la historia, y Marcus,
para ellos, era historia…¡pero también era un ministerico!
-Vamos, llevémoslo al hospital- pidió Amelia
-Yo cuido la puerta- indico Salvatus
Con la ayuda de un par de hombres de la cuadrilla
transportaron al centurión lo mejor que pudieron.
------------------------
Con mucho cuidado se escabulleron entre los camellos hasta
unas carpas cercanas. Al entrar en ellas vieron varios arcones con prendas,
tomaron algunas y salieron.
En un pozo de agua cercano se lavaron lo mejor que pudieron
y dejando las ropas que traían se vistieron con las que habían robado.
Para evitar que alguien los reconociera con las prendas
tomadas, salieron por el lado opuesto, dirigiéndose prontamente a otra
caravana.
En ella el emperador compro 3 camellos con una moneda, que
si bien le resulto extraña al comerciante, era indudablemente de oro de primera
calidad y cubría con holgura el costo de los animales.
-Vamos señores, ya que Dios ha querido ponernos juntos en
esto, síganme- dijo el emperador al tiempo que ponía rumbo de regreso a la
ciudad
-¿A dónde vamos Señor?- pregunto humildemente Pacino
-A buscar alguien que nos indique como llegar- fue la
escueta e inútil respuesta, mientras hacía punta.
Un par de pasos más atrás Pacino y Alonso se miraban cada
vez más extrañados.
-Tienes idea de que está pasando- pregunto el último
-Ni la menor idea.- contesto Pacino- es más, me pregunto
¿qué hacemos aquí?-
-Si, a lo que parece el viejo este, el emperador o quien
sea, se las arregla bastante bien solo-
-Es más, hasta parece que el nos está protegiendo a
nosotros-
Mientras marchaban a de regreso a la ciudad el sol comenzaba
a ocultarse. En el horizonte un cometa apareció.
Lograron entrar en la ciudad justo antes de que cerraran las
puertas, con un grupo de hombres y mujeres que a todas luces eran viajeros que
venían a pasar la noche.
-Espérenme aquí-ordeno Constantino dejándolos en un mercado,
mientras se dirigía a un puesto Romano que divisaron al ingresar.
-Ya me está cansando con sus órdenes el emperador este- bufo
Pacino.
-Si, los emperadores a veces son difíciles de soportar-
acepto Alonso mientras tomaba una fruta de un puesto.- ¿tienes una moneda?-
Pacino se toco las ropas y negó con la cabeza.
Resignadamente Alonso volvió la fruta a su lugar.
-Tomad buen hombre- le dijo un viejo extendiéndole una
moneda de cobre
-No señor, por favor- rechazo avergonzado
-Toma, es mejor pedir que robar, y el hambre es mal
concejero- insistió el hombre- ya me la devolverás cuando pases por Samaria-
concluyo mientras se daba vuelta y se iba sin esperar respuesta.
No tuvieron tampoco tiempo de hacer nada más, el emperador,
visiblemente satisfecho había vuelto a aparecer
-Ya esta, vamos, no hay nada como un buen Romano para poner
las cosas en su lugar- se ufano.
-Señor, puedo preguntar a donde vamos- consulto Pacino
humildemente, tratando que la sorna no se le notara.
-Al palacio de Herodes- fue toda la respuesta. Cuando quería
el emperador sabía ser lacónico.
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-¿Qué? ¿Quiénes?- Pregunto visiblemente molesto, mientras
alejaba de su lado a la cortesana que tenia sentada en las rodillas. Respetuosa
y temerosamente los músicos silenciaron sus instrumentos.
-Unos magos de oriente señor- Repitió respetuosamente el
sirviente
-Persas seguramente- susurro un cortesano
-¿y qué dices que quieren?-
-Vienen averiguando por el lugar de nacimiento del rey de
los judíos-
-¿¡que!? ¿Acaso tengo algún bastardo desconocido con ideas
peligrosas?- todos rieron nerviosos y obsecuentes.- Bueno, hazlos pasar, a ver
que traen- ordeno
Los tres ingresaron a presencia del gran Herodes, quien, al
verlos aparecer, sin saber porque, perdió la sonrisa burlona que tenia y se
puso serio.
-Decidme señores, ¿en qué puedo serles de utilidad?-
pregunto con falsa modestia.
-Venimos desde muy lejos buscando al rey de los judíos- dijo
el emperador mientras Pacino y Alonso miraban con recelo todo el sector.
Aquello era una ratonera, si decidían atacarlos allí difícilmente podrían hacer
algo más que dejar su huesos para pasto de la carroña a no ser que el emperador
fuera superman.
-Pues estáis ante él- desafío Herodes
-Sí señor, eso lo sabemos y nos alaga que nos haya recibido
excelencia- replico Constantino con una reverencia que no debía serle nada
fácil a su orgullo. No cabía duda, aparte de buen soldado era un muy buen
político.
-Entonces ya habéis llegado- concluyo Herodes tendiendo la
mano para el beso del anillo.
-Excelencia, no somos dignos- se disculpo Constantino
declinando la ceremonia; no podía pedir tanto a su orgullo; luego continuo-
Debemos seguir la estrella que está en el cielo- concluyo mientras con la mano
derecha señalaba la venta tras la cual se la veía en el cielo nocturno.
-Nos agradaría que su merced ordenara se nos explicara a que
paraje está indicando-
La estrella, hacía varios días que estaba allí anunciando
desgracias, era de mal augurio.
Tal fue la conmoción que provocó la alusión a la misma que
Herodes paso por alto el desprecio del besamanos. Aunque no demostró
preocupación, si estaba preocupado y su cabeza, funcionando a mil por hora
buscaba que hacer. No era cuestión de malquistarse con unos magos y menos en el
momento que semejante augurio aparecía en los cielos. Luego de unos segundos
eternos animo a los sabios a continuar hablando.
- Seguimos la estrella desde que salimos - mintió Pacino
hablando sin permiso. El emperador lo miro seriamente pero no le dijo nada,
antes bien dirigiéndose a Herodes continuo
- La profecía dice que la estrella se detendrá ante el lugar
donde el rey acaba de nacer - O en la Bizancio de la época ya se conocía la
historia o Constantino seguía la mentira de Pacino. En cualquier caso, en una
partida de truco convenía tenerlo de compañero.
Herodes miro a sus cortesanos y astutamente retruco
–Puesto que la
estrella está detenida….- y no termino la frase, pues quedaba sobre entendido
que, si la estrella se había detenido ese era el lugar donde estaba el rey de
los Judíos.
-¿Es que ha nacido algún niño aquí?- pregunto resueltamente
Pacino. La cara de póker de Constantino no permitió adivinar qué pensaría ante
tantas impertinencias.
Todos se miraban en la corte y las mujeres, en voz baja
negaban cualquier posibilidad en tal sentido. La jugada era legal y, si se la
respetaba, los magos la ganaban.
-O sea que seguiréis vuestra búsqueda- claudico Herodes.
Los tres asintieron.
-Pues, permitirme ofrecerles mi hospitalidad hasta mañana y
luego id a buscar vuestro niño y regresar a contarme donde lo encontráis, así
puedo ir a adorarlo también yo.-
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Algo debería estar andando mal. Las puertas seguían
fallando. En la última hora cuatro más habían dejado de funcionar y tres daban
indicios de querer andar con problemas.
Después de la falla de la puerta que daba a la Cantabria
prerromana tuvo que pedir refuerzos de seguridad. A duras penas, y gracias a la
oportuna aparición del duque de Alba con su guardia personal, habían podido
reducir a la partida celta que la había atravesado ante la falla total de los
sistemas de resguardo que evitaban esas cosas.
Ahora había guardias especiales ante las puertas que daban a
Ceuta en 1935; Cusco en 1780 y Roma en el 1500. Si se repetía la falla de
Cantabria la cosa se podía poner fea.
-¡Amelia! ¿Qué hace usted aquí?- pegunto Salvador al verla
regresar
-Lo encontramos mal herido y le hemos traído para cuidados-
contesto mientras por el pasillo se veía pasar a los camilleros que ya se
habían hecho cargo de Marcus
-…como es agente del ministerio…- ensayo una escusa ante un
regaño que no se le había hecho.
-Si, está bien, eso no es problema- minimizo Salvador, -el
problema es este, venga- y la hizo pasar a tras de su escritorio. Normalmente
nadie tenía acceso a ese lugar.
-Le muestro esto porque la situación se está poniendo
urgente y no tenemos noticias de Alonso ni de Pacino- Le aclaro- Si no tenemos
respuesta pronto deberemos mandar todas las patrullas disponibles para que el
emperador ese regrese a Constantinopla y arregle esto.- asevero con un gesto
hacia la pantalla.- parece ser el origen de todo el problema-
-Comprendo señor ya regreso para allí- asintió Amelia, justo
cuando tres hombres ingresaban en la oficina.
-A que bien, suerte que han podido llegar a tiempo, justo
antes de que la señorita Amelia partiera. Id con ella y ayudarla en todo lo que
os pida- ordeno a la patrulla recién llegada.
A Amelia no le gusto la imposición, pero ordenes son
ordenes.
---------------------------
Con suma cortesía los aposentaron en una habitación del
primer piso del palacio
-No podemos quedarnos aquí- Insinuó Pacino
-Estoy de acuerdo- Confirmo Alonso
-Y yo señores, este tipo no me da ninguna confianza. Debemos
irnos ni bien podamos-
Diciendo y haciendo, cuando el silencio y la oscuridad
cubrieron el palacio, se escabulleron por una escalera de la servidumbre,
tomaron los camellos y se marcharon.
-Hay que volver al templo para a ver si podemos cruzar la
puerta- dijo Pacino torciendo a la derecha, Alonso tras él. Pero no
Constantino, que, impasible siguió derecho hacia donde se veía el cometa.
-¿Qué hace?-
-No sé, me parece que esta algo ido- dijo Alonso llevándose
el dedo a la sien, en inequívoco gesto.
-Pues, vamos a buscarlo- Suspiro Pacino, girando hacia donde
el emperador iba. Subiendo los hombros Alonso lo siguió.
-Señor- se animo al cabo de un rato Pacino- ¿A dónde vamos?-
-Ustedes no sé, pero yo voy a hacer lo que vine a hacer- y
callo.
Lo acompañaron largo trecho. Hasta las puertas de la ciudad,
que estaban cerradas.
Constantino no se amilano por eso. Silbo de una manera
particular y la puerta se abrió. Al salir una moneda cambio de manos. Debieron
apurarse a salir para no quedar encerrados.
Fuera de la ciudad un hombre lo esperaba con dos bolsas.
Otra moneda cambio de manos y los bultos fueron acomodados en los camellos de
Pacino y Alonso, que los dejaron hacer sin protesto alguno. Que iban a decir?
----------------------
Al llegar a la puerta de Nueva Roma se encontraron con
Salvatus que aun cuidaba las puertas.
-¿Alguna novedad?-
- No, todo tranquilo, parece que todo el mundo está ocupado
en otra cosa-
-Mejor así – y señalando a los hombres que la acompañaban –
son de la patrulla. Creo que uno de ellos podría reemplazarlo, su conocimiento
de la época nos será de utilidad- y, dicho esto cruzo la puerta que daba al
templo en Judea, Salvatus tras ellos, mientras uno de los otros patrulleros lo
reemplazaba.
Ya en las calles de Jerusalén lo primero que les llamo la
atención fue el números de soldados locales que la recorrían. Estaban
tranquilos pero vigilantes.
-Buscan algo- sentencio Salvatus diciendo lo que todos
pensaban.
- Igual que nosotros. ¿Por dónde empezamos?- Se cuestiono
Amelia
Nadie tenía respuesta a ello, pues ni si quiera sabían que
había llevado a Constantino hasta allí, a hacer ¿Qué?.
-Pues, somos 4, dividámonos a ver que vemos y nos
encontramos aquí en una hora- Sugirió uno de los nuevos.
Aceptada la idea se fue con su compañero hacia una taberna
cercana mientras Salvatus y Amelia se introducían en el mercado.
Al cabo de la hora regresaron al punto indicado, pero no
vieron a los otros. Se empezaban a preocupar cuando se produjo un estruendo extraño,
como de una explosión y una columna de humo negro apareció sobre la taberna en
la que habían ingresado los ministericos.
-¿Qué habrá pasado?- pregunto Amelia con cierto temor. En
esa época había pocas posibilidades de presenciar una explosión.
No hubo mucho tiempo para mantener la duda, de pronto vieron
que, de entre los curiosos que se habían congregado para ver el incendio que
hacia pasto de la taberna aparecían los dos patrulleros.
Su aspecto era bastante desalineado y venían discutiendo
entre ellos mientras apuraban el paso.
Al pasar a su lado el paso ya era carrera.
-
Vamos, corran, salgamos de aquí antes que nos
agarren – grito uno de ellos al tiempo que enfilaban hacia el templo donde
estaba la puerta.
-
¡No! ¡por ahí no!- ordeno Amelia y todos
enfilaron en otra dirección
-
Debemos evitar descubran la puerta- fue toda la
explicación que dio.
-----------------------
Al clarear, con los primeros rayos del sol, la estrella se
esfumo haciendo imposible seguirla.
A desgano del emperador y con el agradecimiento intimo de Pacino
y Alonso, armaron campamento en un pequeño oasis cercano al camino y prepararon
un frugal desayuno.
Luego de lo cual se recostaron contra la única palmera que
crecía cerca del pozo de agua y se durmieron. Tal el cansancio que llevaban.
-
Se ha vuelto a ir – exclamo Pacino al
despertarse y notar que el emperador ya no estaba
-
¡Y se ha llevado los camellos! ¡el muy cabrón! –
insulto Alonso al comprobar que los animales tampoco estaban.
-
Si lo llego a encontrar de nuevo va a ver lo que
es bueno, por más real que sea – amenazo Pacino al tiempo que se ponía en
camino tras las huellas dejadas por los camellos. Sin decir palabra Alonso lo
siguió.
A pesar de ser invierno el sol estaba fuerte y hacia
cansadora y lenta la marcha a pie. En el camino cruzaron con varios viajeros
que, cuidadosamente, los saludaron pero sin acercárseles demasiado. Debían ser
tiempos de tener cuidado.
Y lo eran, pues de
pronto, a la vuelta de una curva en pendiente les salieron al paso cuatro
sujetos de fiera figura.
-------------------
-
¿Qué ha pasado? – pregunto Amelia en el primer
descanso que pudieron tomar durante la uida, apoyada contra unas rocas.
-
¡Que esta bestia casi nos mata a todos! – dijo
uno mientras le sacudía un golpe en la cabeza al otro.
-
¿y que querías que hiciéramos?¿que nos
quedáramos encerrados en ese sótano hasta que llegaran los policías?-
-
No, ¡claro que no! Pero podías haber hecho mejor la mescla –
-
A si, ¿y porque no lo hiciste tu?-
-
Alto, dejen de pelear entre ustedes y explique
qué paso- Pidió Salvatus en prevención de la reacción de Amelia que a duras
penas contenía su enojo.
-
Bueno – continuo el primero en hablar – al
entrar en la taberna nos atendió un posadero muy amable que nos ofreció algo de
beber…-
-
…Pero que al escucharnos preguntar si había
visto a tres extranjeros por ahí puso cara de alarma, nos hiso señal de no
levantar la voz y nos pidió que lo siguiéramos-
-
Y eso hicimos, el mal nacido nos llevo a la
bodega y, una vez entramos, nos encerró diciendo algo de que pagaríamos los
daños que le habían causado los otros o algo así-
-
Yo no me iba a quedar a esperar que vuelvan –
-
Sí, pero ¿a quién se le ocurre hacer volar la
puerta?-
-
Yo no iba hacer volar la puerta. Solo quería
volar la tranca-
-
¿y para eso necesitabas tanta pólvora negra?-
-
¡No! ¡Pero que iba a saber yo que el salitre de
aquí era tan bueno!-
Amelia no podía creer lo que oía, ¿estos eran sus compañeros
del ministerio? ¡Si parecían de una película del gordo y el flaco!. Los
recortes presupuestarios del ministerio estaban empezando a impactar en la
plantilla.
-
Bueno, bueno, ya está bien, vamos no perdamos
más tiempo – Pidió sin querer saber más.
-
¿y hacia adonde?-
-
A Belén, en el mercado hemos escuchado el rumor
de que a la noche unos sujetos, que podrían ser los que buscamos, habían salido
de la ciudad antes de que se abrieran las puertas, y habían tomado esa
dirección. Aparentemente también los buscan los soldados del rey local.-
----------------------
Alonso y Pacino se pusieron espalda contra espalda, con los
puños en alto como única defensa.
La situación era tensa. De un lado los dos en evidente
desventaja, del otro los cuatro sujetos que, espadas en mano, los tenían
rodeados.
De pronto uno de ellos no pudo más, bajo la espada y largo a
reír abiertamente.
Si antes la situación era tensa ahora era ridícula. Pacino y
Alonso se miraron sin poder creer lo que pasaba. Ahí, frente a ellos,
notablemente descompuesta de la risa estaba Amelia que, con lagrimas en los
ojos los señalaba con la mano mientras les decía
-¡Mi Dios! ¡La cara que habéis puesto!-
-Venga, no os enojéis- les dijo Salvatus al tiempo que les
tendía la mano- nosotros estábamos tan asustados como ustedes. Nos sigue toda
la policía de Jerusalén-
-¿Qué? ¿Qué habéis hecho?- pregunto Pacino ya repuesto y más
tranquilo al reconocer a la gente del ministerio en quienes los habían rodeado
- Pues que este casi vuela media ciudad- dijo uno de los
nuevos exagerando cada vez más el percance del otro.
-Ya les explicaremos de camino- aclaro Amelia ya repuesta. –
Ahora debemos encontrar a Constantino y hacerlo regresar lo antes posible a
Bizancio. La cosa se está poniendo cada vez más fea-
Y se pusieron en camino a Belén.
A poco de allí llegaron al piquete de la legión y eso
complico todo. Ninguno tenía papeles para circular.
En vano Salvatus intento convencer a los romanos. Las
órdenes eran estrictas, ¡sin papeles no se pasa!
-¡¿Cómo que no pasamos?!- Exclamo Amelia
-Pues que no pasan ¿Qué es lo que no entiende señora?- le
contesto el legionario algo molesto de tener que repetir la consigna.
-Entiendo muy bien, el que no entiende es usted ¡Tenemos que
ir a Belen!-
-¡No sin papeles!- dijo ya exasperado el soldado, sobre todo
al notar que se empezaba a amontonar gente en el lugar.
-Vamos cada uno a sus cosas- ordeno desenfundando la espada
para más argumento.
Al notar esto el decurión se acerco a ver que se trataba. Ni
bien llego Amelia lo encaro.
El buen hombre la escucho pacientemente, una vez concluida
la diatriba levanto una mano hacia un grupo de soldados apostados al costado
del poste de la barrera y les ordeno que llevaran a la dama y los señores que
la acompañaban a la carpa del centurión.
Estos no se hicieron rogar, con modales más bien bruscos les
indicaron el camino a seguir.
Al llegar a la carpa les ordenaron se queden quietos y
esperar.
Ahí estuvieron esperando una buena media hora, mientras
tanto la tarde empezaba a caer y la estrella volvía a hacerse visible sobre el
horizonte.
-
Basta por hoy – se escucho la orden y la barrera
se cerró.
Impaciente Amelia quería entrar a la carpa del centurión, pero
Salvatus, conocedor de los usos y costumbres la retuvo
-
Señora, nos haréis encarcelar a todos. Tened
paciencia –
-
Pero, es que no tenemos tiempo. Mira – y Amelia
le mostro el mensaje que acababa de recibir del ministerio.
Cinco puertas más habían colapsado. La guardia había tenido
que repeler un piquete de falangistas llegados por la puerta de Ceuta y a un
grupo de los soldados de Tupac Amaru que logrado colarse desde el Cusco.
----------------------
-¿Qué hacemos con los extranjeros señor?- Consulto el
centurión
Constantino medito largamente el asunto. Ya estaba cansado
de esos “hispanos”, gentes de provincia que se creían en la obligación de
acompañarlo a todos lados…para después necesitar que él los rescatara.
Distraídamente hiso girar una moneda con la cara de Octavio,
el primer emperador. En cierta manera se sentía identificado con su antecesor
en el cargo. Claro que la época era distinta, cuando Octavio todo estaba por
hacerse, a el le tocaba rehacer todo. Tenía la responsabilidad de devolver al
imperio a su gloria pasada. Y otra vez lo asalto la duda ¿y si usara las
puertas para corregir lo que se había hecho mal?
Claramente le habían advertido que eso no podía hacerse. Eso
era lo que más le costaba, que alguien le dijera que podía y que no podía
hacer. Y, sin embargo, cuando le pusieron en contacto con el misterio de las
puertas lo había entendido, y hasta había jurado respetar la premisa.
No, definitivamente descarto la idea. Por lo menos hasta
terminar lo que había venido a hacer, luego vería.
-
Señor. La estrella ha vuelto a aparecer- informo
un soldado desde la puerta.
El centurión agradeció. Constantino se levanto.
-
Es hora de continuar-
Al salir los vio, eran los dos conocidos y tres más ¡toda
una multitud! Y encima uno era una. ¡Lo que le faltaba tener que cuidar de una
mujer! Aunque guapa, por cierto.
Al pasar frente a ellos se detuvo, medito un instante y dijo
-Vengan. Pero sin hablar-
No dejaba lugar a dudas.
Pacino y Alonso se dirigieron a donde estaban los camellos
que habían montado el día anterior. Ya estaban con los bultos cargados, por lo
que lo único que debieron hacer fue seguir los pasos del emperador, que ya
montado en su camello había salido al camino.
Amelia y los otros caminaban atrás, demorando el cotejo.
El emperador, a buen paso, iba ganando distancia.
-¡Vayan que se escapa!- ordeno Amelia en voz baja
No se lo hicieron repetir, ambos montaron los camellos y
fueron tras Constantino.
----------------
-
Id a adorar al Señor – escucho sin saber de
dónde salía la voz.
El pastor abrió los ojos y miro para todos lados. Todo se
veía normal, las ovejas rumiaban o dormían bajo las estrellas, los perros
estaban tranquilos…solo la estrella esa en el cielo era algo nuevo. Sin saber
porque se levanto y se puso en camino.
-
Id a adorar al Señor –
El arriero miro al cielo y no lo pensó, un borrico a su lado
pareció entenderlo y se puso en camino con él.
En el camino se fueron juntando pastores, arrieros, boyeros,
campesinos, vacas, patos, burros, ovejas…parecía que Noé había vuelto a llamar.
Estrella, siempre
delante, indicaba el camino.
Al llegar frente a un humilde pesebre se detuvo. En el
interior sobre un ato de paja un niño de pocos días dormía junto a sus padres,
un pobre carpintero y su esposa.
De apoco a medida que fueron llegando se fueron inclinando
ante él. El niño despertó y sonrió.
--------------
-¡Ahí es!- exclamo Constantino maravillado al ver la escena marcada
por la estrella, desde la sima que acababan de subir.
- Entonces es todo verdad. Al final no me he equivocado al
apoyar a los cristianos - se dijo a si mismo mientras una suave sonrisa se
dibujaba en su rostro.
Sin decir más apuro el paso. Pacino y Alonso tras él.
Casi sin aliento llego hasta el pesebre, desmonto del
camello y cayó de rodillas en el suelo. La cara entre las manos y lágrimas en
los ojos.
Tras él, en silencio, junto a sus camellos, Pacino y Alonso
contemplaban la escena sin saber qué hacer. Alonso estaba como petrificado, sus
ojos empañados no podían dar crédito a lo que veían. Un nudo místico le atenazaba
la garganta. Se persignó y arrodillo también.
Pacino, tampoco pudo sustraerse a la emoción e igual se
postro.
-Por favor- pidió el emperador – traigan los presentes –
Los dos se levantaron y fueron a buscar lo que había en los
camellos.
Una carga de incienso y otra de mirra que colocaron a los
pies del niño.
Constantino, ya de pie, considerando escaso el presente, se
desato la bolsa que llevaba a la cintura y también la ofreció, con todas sus
monedas, sus queridos y tan logrados “Bezantes” de oro recién acuñados.
En un costado un escribiente tomaba nota discretamente de
todo lo que pasaba
Cuando por fin llegaron Amelia y los demás, el emperador ya
estaba comenzando el regreso, con Pacino y Alonso tras él.
-Vamos, hay un ministerio que crear y un bautismo que tomar-
indico.
Antes de salir, discretamente, Pacino se acerco al
escribiente y le pregunto.
-
¿Tu quien eres? –
-
Mateo Señor –
-
¿Y escribirás todo lo que has visto y oído aquí?
- pregunto curiosamente.
-
Todo lo importante…que se pueda escribir- aclaro
– Del ministerio ese ni palabra. Lea- indico al tiempo que ponía a su
disposición el papiro en que escribía
Y leyó:
“…Al entrar en la casa
vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después
sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.
Luego se les aviso en sueños que no volvieran donde Herodes, así que
regresaron a su país por otro camino” (2)
--------------
- ¿Entonces esta todo
solucionado?-
- Eso parece. Por lo menos no se
han detectado más fallas y las puertas dañadas han vuelto a funcionar –
- Cuanto me alegro – Dijo sinceramente,
luego, dirigiéndose a Amelia- Señora, mi vida es suya, jamás podre agradecerle
que no me haya dejado abandonado en el templo. Vuestros cuidados y vuestra
ciencia me han salvado- Agradeció Marcus ya repuesto de sus heridas.
-Bueno, he de volver a Nueva
Roma, el emperador me ha encargado el ministerio que acaba de crear-
-En hora buena colega- le
felicito Salvador al tiempo que le estrechaba la mano
- Permiso – pidió Angustias
mientras entregaba un papel a Salvador.
Este lo leyó y doblándolo saludo
-Amigo, os aseguro una cosa, en
vuestro nuevo cargo no tendréis tiempo de aburriros-
-Por lo que he podido ver
supongo que así será. Adiós- saludo a su vez y se dirigió a las puertas
-Nuestros saludos a Constantino-
le grito Pacino mientras salía. Luego ya ido Marcus, se dio vuelta hacia
Salvador
-¿Qué hay ahora jefe?-
- Problemas en Córdoba- contesto
con cierta resignación
-¿Qué hay con los andaluces
ahora?- consulto Alonso
-No, con los andaluces no, con
los de la “Nueva Andalucía”-
Y como todos lo miraran
extrañados aclaro.
-En la Córdoba de la Nueva Andalucía,
en el 1573, por ese entonces virreinato del Perú- y luego, con un suspiro- Hoy
Argentina-
¡Otra vez Argentina!.
Notas:
(1) Un hermoso relato sobre esta escena:
“Dos Generales” en “Desde Delos en Frecuencia Modulada” de Santiago Grimani. Editorial Intersea saic -
Buenos Aires - 1978
(2) Mateo 10 - 12
jueves, 15 de diciembre de 2016
Tiempo de Navidad - 1605 - Puertas por un Tiempo
Tiempo de Navidad – 1605 – puertas por un Tiempo
Madrid, 13 de Diciembre
del año de Nuestro Señor de 1….
Habiendo leído la siguiente historia y no encontrando en
ella nada que me pareciera pudiera afectar la moral y las buenas costumbres, y
considerando que nada se pierde con su lectura, antes bien puede que algo sea
ganancia para quien pudiera sentirse identificado en las andanzas que acontecen
a los personajes de la misma recomiendo se autorice su difusión, en la
esperanza pueda servir, cuanto menos, de solaz para el lector.
Monseñor ……
Publíquese
Yo, el Rey.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Donde se cuenta una historia que, por suceder en Navidad,
podría considerarse un cuento de navidad, aunque en vez de paisajes nevados
haya selvas tropicales.
Donde también se explican algunas cosas que no se explicaron
en el relato anterior e, inevitablemente, se dejan otras nuevas sin explicar.
Donde no se hace alusión a Javier Olivares ni a ninguna otra
persona real del ministerio.
Donde, por último, se aventura una explicación a algo mucho
más mundano, como es que un actor no firme un contrato, que afecta grandemente
a las futuras narraciones, porque esa decisión lleva a que desaparezca un
personaje.
----------------------------
Para ubicar al lector en el tiempo, lugar y circunstancias
de la narración, se recuerda que entre 1578 y 1640 los reinos de España y
Portugal estuvieron unidos por una misma dinastía. Esto llevo a que diversos
territorios, habitados por diversos pueblos, normalmente adversarios, debieran
convivir juntos. A pesar de las ordenes de la península, esta convivencia nunca
estuvo del todo exenta de recelo, sobre todo porque las distintas ciudades
tenían distintas economías, muchas veces competidoras entre sí.
Un caso particular fue el de la ciudad de San Pablo, en
Brasil, que, a diferencia de la mayoría de las ciudades lusas de la época,
estaba fundada en el altiplano que se encuentra cruzando la Sierra del Mar, alejada
de la costa y sin puerto propio.
Esta situación, entre otras, llevo a varios de sus
habitantes a organizarse en “banderas”, grupos de hombres que se identificaban
por una bandera, para dedicarse a la caza de indios, y venderlos, después, como
esclavos, en las plantaciones.
Los sacerdotes de los territorios españoles, lindantes con
los portugueses, trataron de oponerse a este tráfico humano fundando misiones
donde evangelizaban a los indígenas a la vez que los defendían, en la medida de
sus posibilidades, de los ataques de los hombres de las banderas, los
bandeirantes.
Franciscanos, pero principalmente Jesuitas, fueron
especialmente eficientes en su trabajo, llegando estos últimos a organizar a
los indígenas en cuerpos armados, debidamente instruidos, que, en más de una
ocasión, ganaron batallas contra los Paulistas….cosa que estos jamás olvidaron
ni aceptaron.
---------------------
Parte 1
Ese año la estación había sido particularmente lluviosa y
los cursos de agua estaban todos desbordados dificultando el avance.
Entre la algarabía natural de la selva se sentía, como
música de fondo, el bramido sordo y profundo del Iguazú
Los hombres avanzaban
con cautela acechando, los unos con flechas emponzoñadas ya colocadas en arcos
tensados, los otros con los arcabuces y las ballestas amartilladas.
Unos hombres cazando animales, otros cazando hombres y
animales asechándolos ambos.
La niña acompañaba, como de costumbre, a las mujeres de la
tribu a recolectar frutos, mientras los
hombres buscaban aves y otros bichos, al tiempo que vigilaban y cuidaban a las
mujeres. El grupo no era grande, no más de 10 o 12 individuos, vivían en la
zona desde hacía poco tiempo, no más que los años de vida de la niña. Habían
llegado huyendo de los cazadores que los perseguían para esclavizarlos,
buscando la protección de las misiones, pero aun esta no eran seguras, en esas selvas tan lejanas y apartadas, la ley era la
de la selva, el más fuerte gana y el débil pierde.
Ella había sido afortunada, había tenido, dentro de lo
posible, una niñez tranquila. En lo que llevaba de vida nadie había saqueado su
aldea, ni incendiado su casa, ni violado a su madre, ni matado a hermanos o tíos.
Todas las noches tenía un catre en el cual dormir, y un plato de comida para
cenar. Durante el día ayudaba en las tareas de la casa y en la capilla de la
misión, donde le enseñaban el catecismo y le hablaban de ese hombre que había
dado su vida por todos, y de su madre amorosa que lo vio morir en la cruz.
A ella siempre le entristecía esa historia, sentía profundamente
el dolor de la madre ante la muerte del hijo, como solía sufrir la abuela
cuando recordaba a su padre, hijo de ella, que había muerto protegiendo la
huida de la tribu.
Ella no llego a verlo nunca, cuando nació él hacía ya cuatro
meses había muerto, pero le conocía muy bien, por los relatos de quienes lo
conocieron. El guerrero más fuerte e inteligente de la tribu, el mejor cazador,
el que traía las presas más grandes, el que hacia los viajes más largos. Había
sido él el primero en ver a los hombres cubiertos de metal que venían bajando
de las sierras, desde el norte. Había sido él quien más fieramente los había combatido
y había sido él quien sufriera en carne propia la traición de los suyos, de
quienes, por envidia y odio habían preferido aliarse con los enemigos, con tal
de verlo caer. Solo la proverbial aparición de los padrecitos había salvado a
la tribu de la aniquilación. Era por él por quien lloraban en silencio su madre
y su abuela.
Ella veía, en la historia de María, la historia de todas las
mujeres sufrientes, la abnegada madre, que, como intuía, era la representación
de todas las madres y esposas sufrientes por las pérdidas de hombres queridos,
padres, maridos, hijos.
Porqué los hombres eran así, llegada la edad se iban tras
vaya a saber que sueños, y muchos no volvían.
En la misión era distinto, los padres les habían enseñado a
cultivar la tierra y ya no era necesario deambular por la selva en busca de
sustento. Pero las tradiciones y costumbres se conservaban y una excursión de
caza y recolección era algo ineludible, algunos, a veces, salían por meses y se
alejaban varios días de marcha de la casa, para volver luego felices y
satisfechos con los frutos de la jungla.
Esa era una de esas veces. Juntaban frutos silvestres,
mientras los hombres cazaban y pescaban, como había sido siempre, hasta que
algo las alerto, de pronto la voz del Iguazú se hizo omnipresente. La selva
había enmudecido y eso era una inequívoca señal de peligro.
La alerta llego tarde, de pronto, como demonios salidos del
averno selvático, aparecieron los hombres barbudos cubiertos de metal, con sus
palos de fuego y sus redes.
Antes de que pudieran escapar dos hombres yacían muertos con
el pecho destrozado y ellas eran atrapadas, cual ardillas, su madre también.
-
Escapa Irupé- le grito la madre mientras un
hombre la golpeaba- ve con los padres- y callo, aturdida por un culatazo.
-
Despacio bestia- oyó decir mientras huía-
lastimada vale menos-
Y no oyó más, porque ya se había alejado mucho, tan rápido corría.
Tan rápido y atolondradamente corría que, en un momento, al detenerse a tomar
aire noto que estaba perdida.
Sin darse cuenta se había extraviado. No, se dijo a sí
misma, eso no podía ser, debía orientarse, su hermano le había enseñado como
hacerlo, su hermano Yaguatí….,
si hubieran estado con ella esto no habría pasado, eran el mejor en la selva,
pero esta salida era poca cosa para un guerrero tan avezado, había decidido marchar
al norte hacia los saltos de itaipu, en busca de un jaguar de particular tamaño,
y ahí estaba ella ahora, sola, sin saber donde estaba. Trato de concentrarse, lo
primero era recuperar la calma, recordó. Se apoyo contra un árbol, cerró los
ojos y respiro profundo hasta que el corazón dejo de latir alocadamente, entonces los abrió y la vio. ¿Cómo no la había
visto antes? Su hermano tenía razón, a pesar de que ella, por pelear no más,
siempre le decía que estaba equivocado, pero no, no lo estaba, el miedo nublaba
la mente, y era cierto, más tranquila había vuelto a ver.
Sin dudarlo fue hacia la puerta en el muro de piedra, corrió
el cerrojo, que por suerte no tenia candado, y entro. Adentro el pasillo estaba
desierto ¿Dónde estarían los padrecitos? Se preguntaba, cuando la vio, allí,
frente a ella, de piel tan clara y cabello tan rubio, como en las imágenes del
catecismo, aunque vestida de manera diferente. Ella no era nadie para decir
nada al respecto, la cara se le ilumino con la luz de la esperanza, y, sin
saber que hacía, presa de la ansiedad, le tomo la mano, arrastrándola hacia la
puerta.
-Venga madre, por favor- rogó- aun podemos llegar-
Como de costumbre, la actividad del ministerio decaía en
víspera de Navidad. Estas fechas no eran, como deberían ser, de alegría y
reencuentro, la mayoría de los que trabajaban en él eran solitarios sin
familias, algunos tenían puertas por las cuales salir, pero la mayoría no.
Sin embargo unas vacaciones eran unas vacaciones y nadie las
rechazaba.
Salvador y Ernesto recorrían los pasillos, comprobando que
las puertas estuvieran cerradas, las misiones concluidas, todo en orden para
cerrar por una semana sin riesgos de encontrar sorpresas al regresar.
Quedaba una sola puerta sin sellar, al pasar frente a ella
se miraron comprendiendo y siguieron.
-Irene es una mujer responsable, puede demorarse un poco-
dijo Ernesto.
-Solo me preocupa esa puerta nueva- dijo resignadamente
Salvador- con su traba del otro lado. Ya he conseguido el presupuesto y la
autorización para tapiarla, pero no se podrá hacer hasta después de las
vacaciones-
-Pero ¿eso no es peligroso?- pregunto Ernesto
-SI, sí que lo es, pero es vísperas de Navidad, y los
sindicatos y los derechos adquiridos, tú sabes- se justifico
-SI, si se, que tiempos estos, en mis tiempos cosas así no
pasarían-
-Sí, ya lo sé, pasarían otras, bueno, confiemos en que esa
puerta no nos traiga problemas. Vamos, ya es tarde y arriba deben de estar por
brindar-
Los dos subieron la escalera, apagaron la luz y cerraron la
puerta de entrada general.
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Irene salió del apartamento con una terrible sensación de
vacío. Se sentía mal, había discutido y consideraba egoísta lo que su compañía
le pedía, faltaba algo, no sabía qué, pero faltaba y se sentía vacía. Como de
costumbre se dirigió, cautelosamente, hacia la puerta del ministerio, estaba retrasada
y si bien sabía que la entenderían, no quería que le tuvieran ninguna
consideración especial.
Camino por calles desiertas, el frio y la proximidad de las
fiestas habían transformado el paisaje urbano. De camino paso por la custodia
de San Francisco Solano, no era un edificio que tuviera alguna belleza en especial,
más bien todo lo contrario, pero se detuvo unos instantes, esa cosa que le
hacía doler el alma se movió más. Una mujer, de la mano de una niña, cruzo la
calle Portalegre y desapareció por la esquina, ¿Cuánto tiempo hacia que no
tomaba la mano de un niño? ¿Cuando había sido la última vez? .El viento, frío,
soplo y la despabilo, obligándola a ponerse de nuevo en camino, se subió la
capucha del abrigo y marcho. A poco llego a la puerta y la cruzo.
Al salir al pasillo se quedo pasmada, ahí frente a ella
estaba esa niña, menudita, pero ya adolescente, sus pequeños pechos la
delataban bajo la sencilla bata de algodón que tenía como toda vestimenta.
¿De qué época seria? ¿Por qué puerta habría llegado? , pensó
indignada, ¿Cómo podía ser una falla de seguridad así?, ya la oirían… pero no
pudo pensar en más, la niña, tomándole la mano, la arrastraba suave pero
firmemente hacia la única puerta abierta, ¡la puerta Nueva! Sin darse cuenta
casi, cruzo el umbral y se encontró en medio de una tupida selva. Se dio vuelta
para gritar, pero fue inútil, la puerta ya estaba cerrada.
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Un poco antes, en la cafetería, mientras se iba juntando la
gente, Julián, Amelia y Alonso tomaban un café y conversaban, con unas caras
que desmentían el calendario
-Bueno ¿y qué vais a hacer?- pregunto Alonso - ¿Nos juntamos
en la casa de Pacino o no?-
-Mira- dijo Julián- yo iría, por no hacer sentir mal a Pacino,
pero…que no estoy de ánimos-
-Ni yo- musito Amelia- tengo que ir de mis padres, pero no
quiero-
-Es que estas fiestas son cosas del pasado- dijo Julián
-¿Del pasado?- pregunto asombrado Alonso-¡Las fiestas que se
celebraban en el pueblo!, si no había nadie que no la pasara de puta madre-
-Ves lo que digo, eso era así en el siglo XVI, pero en el
XXI…- dejo la frase sin terminar
-Si, en el XXI tenéis de todo, y no tenéis nada, habéis
perdido el Alma Julián-
-No es para tanto Alonso, solo que ya las familias no son lo
que eran antes-
-Lo sé, ahora cada uno hace la suya y el otro que se
arregle-
-Bueno no es para tanto, tampoco se esta tan mal, el más
pobre de esta época vive mejor que muchos nobles del XVI, con muchas más cosas
y confort-
-Ese es el problema Julián, tenéis demasiadas cosas y habéis
olvidado ser felices, siempre les falta algo para lograrlo-
-En eso quizás tengas razón Alonso- tercio Amelia
-No sé, me parece que lo que no ven es que ahora somos más
libres y no necesitamos a nadie parado en un pulpito para decirnos que hacer y
que no. A parte, ¿Qué festejamos? Un cuento de niños- concluyo amargado.
-Amigo, que mal que estáis- dijo Alonso persignándose
Julián se levanto sin decir nada y se fue hacia los
sanitarios
-No puede superar lo de su esposa- Justifico Amelia
-Sí, lo sé, el otro día, en el casillero le vi un regalo
para ella- dijo Alonso en voz baja.
En eso entro Salvador con Ernesto. Ya estaban todos, o casi,
y el brindis comenzó. Una a una las copas se llenaron y chocaron unas con otras
-¿Donde está Julián?-
-Ha ido al baño, no se sentía muy bien-
-A sí, lo entiendo. A todos nos duele algo en estas fechas-
-¿Y Irene?-
-Se está retrasando de más, ya debería estar aquí- dijo
Salvador y justo sonó el celular- hablando del diablo- dijo mientras lo sacaba
del bolsillo
-Si ¿qué pasa?, ¿¡cómo!? ¿¡Que esta donde!?- casi grito y
todo el mundo hizo silencio tratando de escuchar- Aja, lindo la ha liado, ya
hablaremos de eso, pero bueno, no se preocupe, ya vamos para allá. ¿Cómo? ¿Que
llevemos hombres armados y muchos? ¿De qué habla usted?, Irene, Irene- se
corto.
Julián, que regresaba del baño no sabía que pasaba, pero
estaba claro que algo pasaba, pues el aquelarre era generalizado.
-¿Qué ha pasado?-
- Que Irene esta en algún lado y está en problemas-
-¿Cómo? ¿Dónde está?-
-No sabemos, la ha atendido Salvador y, ni bien cortar ha
salido corriendo a no sé donde sin decir nada-.
La tarde caía y el cielo encapotado amenazaba nieve.
-¡Que frio!- dijo Pacino, esperando a sus amigos- y bueno
¿Qué hacemos?-
Ya no quedaba nadie en el ministerio, luego de esperar
infructuosamente el regreso de Salvador, uno a uno, todos los que tenían donde,
se habían ido retirando.
-Esto es lo que más me molesta de la navidad, con Maite solíamos
irnos a Canarias, unos días en las playas, lejos de este frio de mil demonios -
acoto Julián
-Pues nosotros no salíamos de casa. Cuando era niña me
gustaba mucho estar cerca de la chimenea- comento Amelia
-En mi caso, si andaba la calefacción, todo estaba bien-
afirmo Pacino.
-Mientras no faltara comida y vino. Todo bien- agrego
Alonso.- Aun en las trincheras, si era necesario-
Conversando salieron a la calle.
-Vamos a por unas pizas aunque sea. Suban - pidió Pacino al
tiempo que habría su último modelo de alta gama, que llevaba ya varios días en
la playa de estacionamiento, desde que lo había estacionado allí, antes de la
última misión.
Le dio contacto y trato de ponerlo en marcha. Pero nada.
Probo de nuevo y…tampoco, solo ver como la luz de cortesía casi se apagaba.
-¡La puta madre! Con la pasta que me ha costado y se queda
sin batería- insulto muy enojado.
-Vamos muchachos, bajaos y dadme una empujón-
-Sea, por lo menos servirá para entrar en calor- dijo
Julián, mientras todos descendían del auto y se acomodaban para empujar.
-Tú no Amelia, no hace falta, nosotros dos podemos- Fanfarroneo
Alonso trabando los músculo como si fuera un físico culturista, en una alarde
de fuerza física que Amelia no dudo en calificar de machista mientras volvía a
abrir la portezuela para subir al auto.
Cuando se hubieron puesto en movimiento, ya todos en viaje, sonó
el celular de Julián, leyó el mensaje que le había llegado, lo apago y pidió.
-Déjame en la otra cuadra por favor-
-¿Qué ha pasado?-
-Nada, nada, solo que ha surgido algo, discúlpame-
-Está bien hombre- acepto y se detuvo en la esquina pedida.
Un par de cuadras más lejos Amelia decidió ir a de sus
padres, y se bajo cerca de la puerta que la llevaría hasta ellos, por ultimo
Alonso se quedo en la iglesia y Pacino, ya solo, termino yéndose a su casa.
Dejo el auto en el garaje, subió a su departamento y
encendió la televisión mientras ponía algo al microondas. Como de costumbre no
había nada para ver, probo con el canal de series y películas e intento
prenderse con la trama de alguna - Feliz Navidad - se dijo así mismo y se quedo
dormido de puro aburrido no más.
Entre sueños volvió a su casa, cuando era niño y aun su
familia era su mundo, pero el padre no estaba, el servicio lo era todo, y, a
pesar de que había mucha gente se sintió muy solo, y se fue a sentar al lado de
la puerta, a esperar que el padre llegara, sabía que llegaría y le traería el
regalo que el niño Dios le había dejado en la jefatura….cerró los ojos y rezo,
como le había enseñado el cura, con las manitas juntas y el corazón puesto en Jesús,
pidió, con todas sus fuerzas para que él apareciera….y, entonces sonó el timbre
de la puerta ¡había llegado! ¡Era él! ¿Quién si no?, pero, ¿Por qué seguía
tocando el timbre? ¿Acaso no tenia llave de la casa para entrar? Debería
levantarse para ir abrirle
Dormido aun se calzo las pantuflas y fue a abrir, pero allí
no estaba su padre
-¿Qué haces ahí dormido?- le espeto a boca de jarro Alonso
-¿Por qué no contestas el celular?- le pregunto apuradamente
Julián, que había entrado sin esperar permiso y ya había agarrado el aparato
que estaba sobre la mesa-
-¡Sin batería!- dijo tras mirarlo, y lo volvió a su lugar.
-Vamos viste pronto, tenemos un auto afuera, nos esperan en
el ministerio-
-¿En el ministerio? ¿a esta hora?- Pregunto tontamente -
¿Qué ha pasado?-
-No sabemos, pero nos están llamando urgentemente y el único
que no contestabas eres tú. Vamos-
Y salieron rápidamente.
Al llegar, en la oficina de Salvador, ya estaba Ernesto,
Angustias con una cafetera llena, Amelia, con abrigo sobre el vestido de fiesta,
y dos personas más, que no eran muy conocidas.
Al verlos llegar Salvador se levanto y hablo
-Bueno por fin están todos, gracias por venir, y mis
disculpas por interrumpir sus celebraciones de navidad, pero hemos encontrado
el origen de la señal de la llamada que hiso Irene y la cosa se ha
tornado…complicada- dijo mientras movía la mano derecha en forma oscilante,
señal inequívoca de que “complicada” era COMPLICADA.
-¿De qué se trata Jefe?-
-Pues, de la vendita puerta Nueva esa, otra vez ha hecho de
las suyas, no sabemos cómo Irene ha pasado a través de ella-
-¿están seguros de eso?- consulto tímidamente Amelia
-Sí, lamentablemente si, pues la señal de la llamada viene
de un lugar donde el ministerio jamás ha tenido una puerta, ni cerca- todos se
quedaron esperando
Salvador desplego un mapa en la pantalla táctil que
recientemente habían instalado tras de su escritorio
-¿Para eso si hay presupuesto?- pregunto irónicamente
Ernesto recordando que no lo había habido para tapiar la puerta
-Pues sí, lo de las partidas asignadas y eso- excuso
Salvador, igual de molesto que Ernesto.
En la pantalla tomo forma una vista satelital de la zona de
la triple frontera, entre Paraguay, Brasil y Argentina, pero no era vista
actual, pues la selva se veía intacta.
Con el puntero Salvador indico un punto amarillo que
titilaba, algo al sur de las cataratas del Iguazú-
-Otra vez Argentina- dijo Julián al reconocer el lugar- ¡pero
¿Qué pasa ahí que aparece de nuevo?!-
-No se- fue la respuesta sincera de Salvador
-Quizás sea que el escribiente es Argentino- acoto irónicamente
Ernesto
-Como sea, estamos hablando del 1600, y en esa época todo
eso era España, o casi, y por tanto esta dentro de nuestra jurisdicción y nos
corresponde a nosotros ir hasta allí y traer de regreso a Irene-
-¿Pero que le ha pasado a Irene?- quiso saber Pacino
-No lo sabemos, pero lo sospechamos, porque ha pedido que
vayamos con refuerzos, por eso están los señores aquí- dijo señalando a las
otras dos personas- Son miembros del ejército y la marina, normalmente tenemos
prohibido recurrir a ellos, mi buen trabajo me ha costado convencer al gobierno
para que me permitan llevarlos con migo-
¿Cómo? ¿a caso Salvador pensaba cruzar una puerta?
-Sí. No se extrañen, yo también iré- aclaro adivinando las
dudas- es la condición que ha puesto el rey…-
-¿porque el rey tiene algo que ver con esto?-
-Lo tiene y mucho. Sucintamente, la zona donde esta Irene ha
sido motivo de muchas disputas entre las coronas de España y Portugal, pero,
entre 1575 y 1640, debido a la unión dinástica, formaron parte de un todo
y debemos ser especialmente cuidadosos
con todo lo que tenga que ver con eso- término de aclarar
-¿Y para que se necesitan los compañeros?- pregunto Alonso
-Pues, porque en esa época y zona actuaban hombres armados,
muy peligrosos, que se dedicaban, entre otras cosas, a cazar indios para
esclavizarlos, generalmente bajo la mirada, cuando no las ordenes directas, de
algún gobernador local. Si Irene está en manos de los bandeirantes, como puede
ser por lo que alcanzo a decirnos, estos hombres serán muy necesarios, créanme-
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-El problema es- continúo Salvador- que no hay forma de
abrir esa puerta nueva – por lo que deberemos ir hasta la más cercana posible y
cubrir el trayecto desde allí hasta donde estaría Irene-
-¿y eso es en…?- pregunto Alonso con cierta reserva
recordando los 60 km a lomo de mula que había tenido que hacer en Lujan.
-Pues, en Ciudad real del Guaira, a unos 240 km al norte de
nuestro destino…por carretera… en automóvil no más de 3 hs de viaje…- minimizo
Salvador
-..pero…- dijo Amelia
-En esa época no había carreteras, posiblemente tengamos que
navegar el Paraná, para eso nos harán falta los marinos que se han ofrecido a
acompañarnos-
-O sea que iremos hasta un punto ubicado a 250 km de nuestro
destino, haremos todo el trayecto navegando uno de los ríos más caudalosos de
América en medio de una de las selvas más densas del planeta, para dar pelea a
unos portugueses que se suponen tienen capturada a Irene…-
-Como hacían nuestros antepasados, y tratando de no causar
ningún conflicto con ellos, para no alterar el equilibrio dentro de la unión
dinástica…-
-Menuda cena que se tendrá que pagar Irene-
-Así es señores, bueno, capitán veo que sus hombres ya están
listos. En unos momentos estaremos con ustedes-
-Angustias, ¿ha cursado usted ya las cartas de aviso de
nuestra misión para que nos reciban las autoridades locales?-
-Sí señor, acabo de hacerlo-
-Muchas gracias, a Amelia, esta vez usted se queda- ordeno
Salvador antes de salir
-Sin protestos, en una misión así nos será de más ayuda
aquí, sus conocimientos de historia y los datos que pueda manejar y darnos nos
serán de mucha utilidad-
Amelia quiso protestar, pero no le dieron lugar. ¡Hombres!
Mientras iban a vestidores Pacino se acerco a Julián y le
susurro dándole una palmada en el hombro.
-Por lo menos no pasaras frio estas Navidades-
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Uno a uno fueron cruzando la puerta y apareciendo dentro de
un cobertizo abierto, en la parte trasera de la casa mayor de uno de los
repartimientos.
Ni bien cruzar un calor pegajoso y húmedo los envolvió, el
paso del frio Diciembre de Madrid al clima del trópico no sería fácil de
asumir.
En el cobertizo los esperaba un hombre viejo,
presumiblemente próximo a jubilarse.
-¡Salvador!- exclamo al verlo aparecer - ¡usted por acá! ¡Qué
gusto!. Aunque si está usted aquí la cosa debe ser muy grave-
-Aun no lo sabemos Rafael- saludo Salvador al hombre
estrechándole fuertemente la mano- pero tratándose de la época de la unión
dinástica no podemos correr riesgos y el rey me ha ordenado venir en persona-
-¿Don Felipe III?-
-No, no, Felipe VI, no es la misma dinastía, pero parece que
es importante lo mismo-
-Con que el VI… a veces me olvido que el tiempo vuela- y
luego, dirigiéndose a los demás- pasen señores, pasen y beban algo, el clima de
aquí no tiene nada que ver con el de España y sentiréis el golpe, supongo-
En la ciudad real del Guaira, funda apenas unos años antes,
y que todavía no era más que una aldea grande, se vio aparecer de pronto, como
salidos de la nada, una tropa de al menos 20 hombres fuertemente armados. Al
frente iba un oidor, acompañado de 2 frailes con destino declarado de
inspeccionar los saltos del Iguazú.
Si no era cosa de todos los días recibir un oidor, menos lo
era recibir uno como ese con una escolta tan extraña, todos tan prolijos y
limpios, no parecían haber recorrido el camino que decían, Lima estaba a muchas
jornadas…pero la cedula real estaba firmada por el propio Felipe III en
persona, lo que le daba una excepcional importancia a la expedición.
Con presteza el intendente del cabildo puso a disposición de
los recién llegados todo lo que el pueblo tenía. Así, en un par de días se
armaron dos bajeles, con capacidad para 15 hombres cada uno, capaces de navegar
las partes tranquilas del rio, que no eran todas, pero si bastantes como para
justificar el gasto.
Con un apuro desusado se embarcaron apenas 2 días después de
llegados, lo que dio lugar a no pocas habladurías. Que iban en busca del
dorado, decían unos, y otros los desmentían diciendo que esa ciudad era una
quimera. Que era expedición punitiva contra los portugueses, que si bien, en
los papeles ahora eran amigos connacionales, en la práctica no lo eran, pero
otros no lo creían, pues eran muy pocos. En definitiva nadie sabía nada y cada
uno elaboraba la teoría que más le gustaba. Ellos, por supuesto, nada dijeron,
se embarcaron agradeciendo las atenciones y chau.
Mientras se alejaban rio abajo, un poblador, posiblemente
holandés, por el color de su cabello, los observaba con detenimiento hasta que
desaparecieron tras un recodo, entonces llamo a un indio, le dio un papel que
acaba de escribir y le ordeno partir.
El viaje empezó sin contratiempos, pasados los saltos del
guiara el río se tranquilizaba y la navegación no presentaba mayores problemas,
más allá de los cuidados necesarios. En cada nave, a parte de los hombres del
ministerio, habían embarcado un par de baqueanos del lugar, que hacían las
veces de prácticos y lenguaraces.
Al cabo del primer día de navegación habían recorrido más de
80 kilómetros rio abajo, lo que podía parecer poco, pero no lo era. Cuando el
sol toco la copa de los arboles los baqueanos buscaron un lugar donde
desembarcar y armar campamento.
-¿Por qué no seguimos?- Pregunto Pacino
-Porque esta por anochecer- contesto uno de los marinos que
venían con ellos
-Pero, si el sol aun esta alto, deben quedar aun como 2
horas de luz, a lo menos-
-No señor, en estas latitudes tan bajas no hay atardeceres
como los conocemos nosotros, aquí cuando el sol llega al horizonte oscurece así
como así sin más-
Y así fue, media hora más tarde, con apenas el fuego
encendido, el sol llego al horizonte y minutos después el cielo se tachono de
estrellas y la selva estallo en sonidos.
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A varios kilómetros más al sur una mujer preocupada y
perdida y una niña confiada trepaban a un árbol y se acomodaban para pasar la
noche.
La mujer, vestida para otro clima, se quito la ropa de
abrigo y la acomodo para improvisar un lugar de descanso.
La niña, conocedora de la selva, acostumbrada a vivir en
ella y de ella, recogió frutas para la cena y se las acerco a la mujer, que las
probo, primero con cierto recelo y luego con evidente placer.
Luego junto todas las sobras y las enterró.
“¡Conciencia ecológica!” Pensó asombrada la mujer.
“Espero que ningún animal olfatee los restos de comida y se
nos acerque” rogo la niña.
Luego se acomodo contra la mujer, puso su cabeza sobre el
hueco que se forma entre el pecho y el hombro y se durmió.
Irene demoro bastante más en ceder al sueño, el calor
húmedo, los ruidos de la selva, la inquietaban, pero más lo hacia esa
adolescente acurrucada a su lado. Olas de sensaciones la invadían, algunas
conocidas, otras casi olvidadas.
Por fin el “calorcito” le empezó a llenar el alma, por
alguna razón el vacio que tenia, se estaba “como llenando”… acunándola, hasta
que por fin se durmió.
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En el campamento la actividad fue decayendo, luego de
amarrar firmemente los bajeles, para evitar que la fuerte corriente del rio se
los llevase, y haber acondicionado el terreno para pasar la noche, los hombres se acomodaron alrededor del
fuego, suficientemente cerca para recibir su luz, pero lo más alejado posible,
para escapar a su calor. Con la temperatura del aire, más que cálida, era
suficiente
Un cerco de ramas espinosas haría de muralla contra posibles
animales en busca de comida y de medida
de seguridad complementaría al fuego.
A eso de la media noche ya estaba todo el mundo dormido,
menos Pacino, que, habiendo comido de más y no estando acostumbrado al tipo de
frutas ingeridas, estaba sufriendo las consecuencias digestivas lógicas.
Con toda la precaución posible se levanto y se encamino
hacia la selva, saliendo del campamento.
-¿A dónde vas?- le pregunto Julián, que lo había visto
caminar
-¡al baño!- le grito en silencio Pacino
-Si – contesto Julián- pero no te alejes del campamento,
estas selvas son peligrosas- y en verdad sabia de que hablaba, las temporadas
pasadas en Cuba y Filipinas le habían dado esa experiencia de la que los demás
carecían.
-No te preocupes- contesto Pacino, mostrando la culata de su
pistola automática reglamentaria
-¿Qué haces con eso aquí?-
-Nunca salgo sin ella-
y desapareció tras un árbol.
Julián se quedo despierto esperando su regreso.
Pasado un tiempo prudencial comenzó a preocuparse, pues no
regresaba. Ocultándose entre las mantas, saco su reloj de la mochila y lo
consulto. Ya llevaba casi media hora desde que se fuera, mejor iría a ver.
Perderse en la selva era algo muy fácil y temía se hubiera extraviado.
Se levanto, y, al pasar junto a Alonso, le aviso lo que
haría.
-Vamos, acompáñame.-
-Bueno –mascullo más dormido que despierto- si no queda más
remedio-
Luego de caminar unos pasos Alonso piso algo que le hizo
entender que iban por buen camino, al tiempo que se acordaba de la madre de
Pacino, que seguramente era una santa mujer aunque el hijo lo fuera de una
meretriz.
Mientras caminaban iba tratando de limpiarse las botas,
avanzo hacia donde se adivinaban unas matas rotas. Por precaución desenvainaron
las espadas.
Julián miro tras las ramas rotas y no vio nada, pensó
entonces en volver al campamento a pedir ayuda, cuando sintió el sordo rugido
de un yaguareté, aunque que él no conocía el animal, sabia seguro que se
trataba de un felino y eso no era nada bueno. Apuraron el paso hacia el lugar
del cual salía el sonido y, a poco, dieron de lleno con Pacino, apoyado contra
un árbol con la automática apuntando.
-¡que susto me han dado, casi te dejo seco de un tiro!- le
dijo Pacino apuntando a Julián, que había sido el primero en dar la cara.
-¿Qué haces aquí? ¿Jugando con el gato?-
-Si, muy gracioso, le he visto los ojos, son espeluznantes,
esta por allí- dijo haciendo señas con la mano, indicando un lugar en la
espesura.
-Pues, entonces vamos para el otro lado- e hicieron ademan
de volverse, entonces escucharon otro gruñido. ¡Son 2! No podían saberlo, no
conocían los hábitos de caza de los jaguaretés, pero que había 2 animales no
tenían duda.
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A la mañana siguiente, minutos antes de que salga el sol,
alguien dio la alarma, ¡faltaban 3 hombres!
Cuando le informaron a Salvador quienes faltaban, casi le da
un ataque de presión
¡Qué irresponsables! ¿Cómo se ausentaban sin avisar? Ya le
oirían cuando volvieran, de momento no podían perder tiempo, tenía órdenes
precisas que cumplir, un lugar al que llegar y un tiempo para hacerlo. Había
que ponerse en marcha inmediatamente, y así lo hicieron, tan solo dejaron un
par de hombres en el campamento que se les habían unido en Guaira y no formaban
parte de la expedición ministerial, por si regresaban por ahí. Esperarían un
par de días y, si no tenían noticias regresarían a sus casas.
-Señor, aun nos quedan por lo menos dos jornadas de viaje-
dijo uno de los soldados a Salvador indicando claramente que, si querían
cumplir el plan de marcha no podían perder tiempo.
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-Kuñakarai (señora)- llamo la niña – vamos levántese, está
por salir el sol y debemos alcanzar al grupo que capturo a mi sy (madre)-
Irene se desperezo sin recordar que estaba en la rama de un
árbol y casi se cae
La niña la miro asombrada, ¿Cómo podía ser la Kuñakari?. Ñandejára (Dios) tiene caminos extraños,
recordó que solían decir los padrecitos. Ten fe, se dijo a sí misma.
Caminaron toda la mañana hasta que alcanzaron a los
bandeirantes con su carga de esclavos. No tenían apuro e iban lento.
Al verlos Irene se quedo pasmada,
de pronto comprendió que quería la niña que hiciera, pero ¿Cómo iba a hacer
ella algo contra más de 40 hombres armados y vigilantes?
La niña la miraba implorante,
como esperando un milagro….¿un milagro de Navidad? Se pregunto Irene. Entonces
hizo lo único que se le ocurrió, saco su celular y, para sorpresa, vio que
tenía señal, no mucho pero tenía, eso quería decir que fuera donde fuera que
estuviera era territorio español, por lo tanto le podrían mandar ayuda del
ministerio, y los llamo. Pero no pudo hablar mucho, la batería se murió.
-Bueno mi niña- dijo mirándola
con compasión- ahora solo nos queda esperar-
Lo que no tardaron en descubrir
fue que la espera se tornaría de vida o muerte y no dependería de ellas, un
fiero soldado con la dentadura podrida las apuntaba con su mosquete, sin dejar
lugar a dudas de lo que quería.
-Vem cá meu amor- dijo
lascivamente. Para sorpresa y disgusto de Irene, no se dirigía a ella, si no a
la niña… a la mujer que ella veía como tal.
Al ver el terror en los ojos de
la adolescente actuó sin pensar, un fuerte golpe en la entre pierna sirvió para
poner al soldado momentáneamente fuera de combate, y alertar a todos los otros
de que algo estaba sucediendo.
Irupé no perdió tiempo, sin
esperarla, pero confirmando que la seguía, se interno en la selva.
Pero de poco sirvió, el grupo ya
había sido alertado y fue cuestión de minutos el que las dos fueran apresadas.
La niña fue inmediatamente atada
a la línea de indios capturados, a Irene la apartaron, no era guaraní y el jefe
de la expedición quería anoticiarse de que hacia allí.
Al pasar junto a ella el soldado
al que había golpeado la miro fijamente, miro para ambos lados, cuidando de no
ser visto y de pronto, violentamente, le dio un sopapo que le partió el labio,
al tiempo que le gruñía
-bruxa!-
Una suave melodía, como de violín, pareció brotar de todas
las direcciones, poco después vieron aparecer un grupo de guaraníes saliendo de
la espesura de la selva y escucharon a los animales gruñir, como fastidiados,
retirándose.
-Tranquilos, no se muevan- escucharon susurrar a una voz, a
un costado
Los dos se miraron sin comprender.
-
La bendición Padre- pidió luego hincando la
rodilla en tierra frente a Pacino.
Julián, al ver la cara de Pacino, le hizo señas de que
estaba vestido como franciscano, entonces este entendió y, haciéndose cargo,
bendijo al grupo.
Aprovechando el fuego encendido colocaron en sima una vasija
con agua y prepararon una infusión de hojas de yerba mate para desayunar.
-No, nuestro grupo está cerca de aquí- contesto Julián muy
seguro, pero al tratar de encontrar un rumbo debió aceptar que no sabía dónde
estaba.
-¿Vais hacia el sur?-
-Sí, tenemos que ir hasta Iguazú-
-¿los podemos acompañar, somos de por ahí y estamos
regresando de una buena caza?- aclaro indicando las piezas cobradas que
llevaban
Alonso, Pacino y Julián intercambiaron un par de gestos y
asintieron, el destino era el mismo, el grupo se mostraba amistoso y,
definitivamente, cualquier cosa era mejor que caminar perdidos por la selva.
-Sera un honor ir juntos- dijo Pacino y le sorprendió ver la
cara de alegría de los indios ¿en tanta estima tenían a los curas? ¿Cómo podía
ser eso?
Minutos después estaban todos en marcha, por senderos que
solos los indios, conocedores de la selva, podían distinguir.
Marcharon durante un buen par de horas hasta que se
detuvieron a la vera de un arroyo de caudal aumentado por las lluvias.
Allí, con un poco de agua y unas hojas de yerba que sacaron
de unos morrales que llevaban prepararon una infusión con la cual acompañaron
el frugal desayuno.
Los europeos, aunque acostumbrados a las vicisitudes de los
viajes por el tiempo, que los ponían en una u otra época y que, justamente por
eso, tenían su capacidad de asombro adormecida, no podían dejar de estarlo en
esos lugares. Si en la tierra había un lugar parecido al paraíso, sin duda era
ese en ese momento.
La vida bullía por doquier, pájaros y flores abundaban, como
los frutos que Dios ponía a su disposición para el desayuno esa mañana. Los
hombres, nunca exentos de conflictos, podían sentarse simplemente al margen de
un arroyo y tomar un descanso reparador.
Julián, recordando las palabras de Alonso, se vio tentado a
darle la razón, allí no había nada, absolutamente nada, ni siquiera fuego
habían encendido, y, sin embargo…tenían todo lo que necesitaban, agua, alimento
y compañía….¿qué más hacia falta?...
Quizás un tv para ver el clásico, una cerveza fría….y un
buen repelente de insectos. El pensamiento le hizo brotar una sonrisa, de
pronto se dio cuenta de esto y, por un instante, al menos, se sintió feliz
Luego del refrigerio la marcha se impuso nuevamente, y, otra
vez el violín se dejo oír.
-Es el padrecito- comento Yaguatí
Itaete, los indios aunque sonrieron se mostraron más urgidos y
algo preocupados, como si las notas musicales fueran un llamado a zafarrancho. Los
europeos no supieron de qué se trataba, todos apuraron el paso.
-------------------------------
En Lisboa alguien recibía una extraña misiva de manos de un
criado, el mensaje había sido enviado no hacía más de una hora…desde San Pablo,
en Brasil, lo que indicaba a las claras su importancia, pues el que la había
enviado sabía que no debía usar determinados métodos de comunicación a no ser
que fuera una verdadera emergencia, por lo tanto debería serlo.
Despidió al mensajero, leyó y comprobó que efectivamente eso
era. Sin perder tiempo se puso a trabajar, si bien tenía claro que hacer, había
que hacerlo.
-------------------
-Bon dia senhora- invito el capitán a cargo- passar por você-
Con desconfianza Irene entro bajo el toldo donde el soldado
tenía su pequeño escritorio y un taburete, no vio otra silla, por lo que le
quedo claro que debía seguir parada.
El hombre la miro de arriba abajo, entonces cayó en cuenta
que estaba casi desnuda, toda su ropa de abrigo se había perdido y solo llevaba
la camisa larga con la que había dormido.
Luego de unos instantes el hombre pareció recuperarse y,
haciendo un gesto amable le indico un arcón en el cual podía sentarse, ella lo
declino
-¿Cuánto tiempo lleváis con los salvajes?- le pregunto en un
esforzado español, toda una deferencia.
-¿Salvajes?- pregunto tontamente e inmediatamente se dio
cuenta
-Unos pocos días señor-
-Entonces demos gracias a Dios que os hemos hallado a
tiempo- se felicito
-Permítame presentarme, Affonso Agostinho, capitán de bandera-
-Irene Larra Girón-
se presento ella, al tiempo que, sin saber porque hacia una pequeña reverencia-
¡Ella, siempre tan orgullosa, haciendo una genuflexión ante
un hombre!!! Si se lo contaban no lo
creía.
El capitán sonrió y, solicito, se levanto de su silla, se
dirigió al arcón, lo abrió, saco de él una manta de algodón y se la ofreció.
-Tal beleza não deve ser exposto aos olhos das pessoas
comuns- le dijo galantemente. El alago la complació y la turbo ¿Qué le pasaba?
------------------------------------
-Irupé, niña, ¿tu también aquí?- pregunto la madre, cuando
pudo, al verla atada al final de la fila
-Si madre, nos sorprendieron cuando los estábamos siguiendo-
-Dios se apiade de nosotros. Sin ayuda nadie podrá
salvarnos-
-La señora que encontré me ha dicho que los ángeles vendrán
a salvarnos- e Irupé conto la historia de lo que había vivido, del extraño
lugar al que había entrado y la señora rubia, hermosa, que la había encontrado
y con la cual había regresado…sin duda la virgen María o alguna otra virgencita
de las que los padres les hablaban…
-¿Y a ella también la han apresado?-
-Sí, luego de pegarle al soldado en…- hizo una seña que
todos entendieron y festejaron –
- Silêncio- ordeno un bandeirante al que llamo la atención
las risas.
Todos callaron…entonces se escucho, lejos, muy lejos, pero
perfectamente audible, una música suave, como de violín.
El soldado quedo sorprendido y extrañado, los ojos de los guaraníes,
inmutables, brillaron con una luz de esperanza.
La noche los recibió bastante antes de lo previsto, la pérdida
de tiempo de la mañana y unos yacarés que se les habían cruzado a la salida de
un arroyo los habían retrasado, por lo que tuvieron que improvisar campamento,
lo que en si no era tan malo, lo malo era que no tenían tiempo, y ahora estaban
lejos del punto en que Irene se había comunicado. Si no llegaban el próximo día,
antes de que se moviera, sería mucho más difícil encontrarla.
A la mañana siguiente se pusieron en marcha antes de la
salida del sol, desafiando el peligro de las aguas aun oscuras.
El fragor de los saltos de Itaipu se dejo oír, por suerte con
suficiente antelación, y, aun a oscuras, pudieron desembarcar para salvar el
obstáculo. Luego de un par de horas volvieron al agua, entonces se hizo un
extraño silencio, no exento de sonidos, solo que todos parecieron opacarse
antes el extraño vibrar de algo así como las cuerdas de un violín que entonaban
una agradable melodía.
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Julián, Alonso y Pacino avanzaban tan rápido como podían,
pero ni lejos lograban alcanzar el paso de los guaraníes, hombres acostumbrados
al terreno, que se movían en con gráciles movimientos, saltando ahora aquí,
ahora allí, de un árbol a una piedra, de
la piedra al sendero, todo con un ritmo endemoniado y una agilidad inimitable.
El ser humano en su estado prístino, como debió ser en el Edén
Al llegar a uno de los tantos arroyos, crecidos en esta
época del año, hicieron un puente con ramas, por el cual cruzaron todos, menos
uno, que se retrasaba sin que lo hubieran advertido.
-¿Qué pasa?- pregunto Yaguati, deja ver.
El hombre se mostraba esquivo. Julián se acerco a indagar de
qué se trataba
-Ñandu- musito el muchacho, indicando el lugar de la pierna
donde le había picado una araña. La zona enrojecida y afiebrada le debería
doler mucho, efectivamente.
Pidiendo permiso, Julián inspecciono la herida, nada que no
se pudiera solucionar…si se tuvieran los medios médicos adecuados. Como pudo
limpia la zona, le hizo una fuerte compresa con unas hierbas que le alcanzaron,
no las conocía, no sabía qué efecto podrían tener, pero, ¿Qué otra cosa podía
hacer allí, sin medios?… muy poco más.
Después de todo el paraíso también tenía sus falencias.
Siendo lo más disimulado posible le tomo una foto a la
lesión, ni bien pudiera ponerse en contacto con el ministerio quizás podría
enviarla, por lo menos para identificar qué tipo de araña la había causado.
-Yvypóra (hombre)- musito alguien desde arriba de un árbol,
al cual había subido para mirar a lo lejos- mboka (arma) – indicando el lugar
donde veía a los soldados. Todo el mundo enmudeció y se oculto.
Con mucho cuidado continuo el avance, hasta la costa del
caudaloso rio, desde la cual se veía claramente la caravana de bandeirantes con
la gente atrapada que llevaban atados unos a otros.
Lo único que los separaba era el Iguazú, y cruzarlo no sería
fácil.
-------------
Los portugueses se habían puesto en marcha, aun no habían
andado mucho cuando un silbido agudo rasgo el silencio de la marcha y un hombre
cayó al suelo, gravemente herido.
-Guaranis!- se escucho el grito de alarma y, automáticamente
la caravana se agrupo en posición de defensa.
El combate no se hizo esperar, desde la espesura salían
flechas y dardos hacia la caravana, de esta balas de mosquete y otras armas de
fuego hacia la selva.
Pero los de la selva, por esta vez, llevaban las de ganar.
Al cabo de algún tiempo los indios salieron de la espesura, y, reduciendo a los
últimos defensores, se dispusieron a pasarlos a cuchillo.
-No- grito un hombre blanco que venía con ellos
¡Pacino! Irene no podía de alegría al verlos aparecer, pues
junto a él también estaba Julián y Alonso
-Es una historia larga de contar-
-Ya habrá tiempo-
-Quem é o responsável?- Pregunto Alonso
-eu espanhol!- contesto un hombre vestido con más clase que
los demás- Affonso Agostinho, nativo de San Pablo - e quem são os senhores?-
pregunto a su vez.
-Alonso de Entrerrios Fresneda, de los tercios de Flandes,
su captor en este momento señor- contesto con cierto enojo- y el padre Jesús Méndez
Pontón- indicando a Pacino.- en compañía de Yaguatí
Itaete y su gente-
-e nós somos os soldados que apenas surpreendem Senhor –
escucharon decir a sus espaldas
-por favor, abaixe suas armas- les ordenaron mientras los
apuntaban con sus mal disimulados…fusiles automáticos.
A pesar de estar vestidos de época, obviamente no lo eran.
Uno de los soldados, mientras les hacían el cacheo descubrió
la pistola automática de Pacino
-interessante, o que temos aqui?- pregunto el que llevaba la
voz cantante del grupo y llamando a Pacino y Julián a un aparte les hablo,
Alonso, algo atrasado observa la escena.
-O que eles estão fazendo aqui?-
-Pues, lo mismo les podríamos preguntar a ustedes-
-Sim, mas nós estamos apontando para você- indicando a los
hombres que cuyas armas seguían teniéndolos en la mira.
El argumento era irrebatible
-Pues, hemos venido en busca de nuestra agente extraviada-
dijo Julián indicando hacia Irene que se hallaba con la manos atadas entre los
capturados.
El portugués medito la respuesta, luego conto la cantidad de
capturados, lo cotejo con una lista que tenia y acepto, haciendo una seña
ordeno a los bandeirantes que la liberaran
Estos se reusaron a hacerlo, pero basto un disparo de
mosquete y una orden que no admitía dudas para que lo hicieran.
Sin embargo Irene no abandono el grupo, se negaba a irse sin
la niña y esta no lo haría sin su madre y parientes.
-Portanto, neste caso, vai continuar a San Pablo- sentencio
dirigiéndose a Julián. -e você deixá-los retornar ao seu ministério ou tem que
levá-los muito-
-Eso no será así- se escucho la voz de Salvador llegando
desde el río.
La conmoción fue general, en la costa acababan de llegar los
dos bajeles y los soldados españoles, tomando posición habían rodeado a los
portugueses, a la cabeza venia el mismo Salvador.
Por unos instantes nadie se movió, tan extraña era la
situación
-Salvador Martí, jefe del ministerio español- se presento
-Senhor ministro, por favor- pidió el portugués, indicando
un aparte.- nosso agente em Guaira tinha-nos dito que era possível para você
aparecer aqui, então eu foi enviado para o meu-
Ambos hombres se alejaron hasta una distancia donde no era
posible escucharlos. Se vio que discutían, con cierto acaloramiento,
mostrándose papeles y argumentando sobre ellos.
Luego de unos momentos la conversación pareció llegar a término.
El español con cara de póker, el portugués bastante enfadado.
Al llegar se dirigió a sus hombres
-libertar os índios, de volta para San Pablo ... e cuidar
dos feridos-
-Não senhor, esses índios são nossos, nós capturamos-
protesto el que estaba a cargo de los bandeirantes - quem vai pagar os custos?
eo ganho da viagem?-
- Senhor, tem uma ordem do rei Filipe III e nestes tempos
ainda é lei.- le indico el ministro portugués
-que devemos corrigi-lo em breve- retruco el otro
-Aun faltan casi 40 años para eso, a demás, estas tierras
que estamos pisando nunca han sido portuguesas señor, estamos al sur del
Iguazú-
A regañadientes los bandeirantes liberaron a los indios y
empezaron el regreso a San Pablo, los hombres del ministerio portugués
acompañándolos.
-----------------------
Ya solucionado el incidente los españoles decidieron hacer
campamento en donde estaban y preparar el regreso a Guaira al día siguiente.
El paramédico de los soldados, mejor pertrechado que Julián,
inspecciono al muchacho picado por la araña, constato que no era
particularmente venenosa, por lo que se limito a colocarle la antitetánica y a tranquilizarlo asegurándole que sanaría,
por suerte el bicho que lo había picado no era todo lo ponzoñoso que podía
haber sido.
Un par de heridos más, lastimados durante el combate,
también fueron curados.
Durante la noche, a la luz del fuego, la conversación fue
desgranando por diversos tópicos
-…y ese es el principal problema de esta misión- aclaro
Salvador – entre 1578 y 1640 las coronas de España y Portugal estuvieron unidas
dinásticamente, eso puso a toda América bajo el mando de don Felipe III, pero
los portugueses nunca terminaron de aceptar eso. Lo que dio lugar a muchos
roces entre ellos y nosotros en todos los lugares donde el ojo del rey se veía
lejos, como aquí-
-Lo que no entiendo es ¿Qué tiene que ver Felipe VI en todo
esto? ¿Porque le pidió a usted que viniera hasta aquí?-
-Por esto- y extendió el papel que le había mostrado al
ministro portugués- es una carta del ministro del tiempo dinástico, rubricada
por el mismo Felipe III, que permaneció en el Escorial, en custodia, para
cuando fuera necesario, y este fue ese momento, por su puesto siempre negare su
existencia y si alguno de ustedes llegase a revelar su existencia será
automáticamente expulsado del ministerio ¿entendido?-
El asentimiento fue general
-En fin, señores, será mejor irnos a dormir, la jornada de
regreso a la puerta que nos permitirá regresar a Madrid, en la ciudad de la
Guaira, ser larga-
-¿no hay otra más cercana?-
-No, la siguiente esta en Asunción del Paraguay…-
Todos se estaban preparando para el descanso cuando se
acerco Irupé para pedirles que se acercaran a donde ellos tenían su fuego.
Extrañados, todos la acompañaron, junto al fuego había una
gran fiesta
-Hory mitã Tupã arete (Feliz
Navidad)- les saludaron convidándoles sus escasas viandas.
En medio de la pobreza habían recuperado la mayor de las
riquezas, la libertad y lo festejaban cantando, bailando y dando gracias a Dios
por tan precioso bien.
Los españoles que habían ayudado a salvarlos se unieron al
festejo, aunque sabían que eso haría que la jornada siguiente fuera más dura.
Fue entonces que el instrumento como violín volvió a sonar,
y él apareció, caminando desde la selva, con el rabel en la mano, enjuto, más
bien moreno y de baja estatura, con un rostro poco agraciado pero con una voz
que encantaba al oírla.
-¡Padrecito!- lo aclamaron los guaraníes al verlo
– ¡viene a compartir la navidad con nosotros! – se
alegraron.
El se dirigió hacia ellos, al pasar junto a los españoles se
alegro, saludo particularmente a Salvador, como si lo conociera de siempre y
luego siguió hacia donde los indios habían improvisado un altar.
-¿le conoce?-
-Ni idea- contesto Salvador
Todos se unieron a la celebración de la santa misa. Al
finalizar la misma el padre tomo nuevamente el rabel y lo hizo vibrar de manera
nunca antes oída.
Todos cantaron y rezaron. Por una noche la paz volvía a
reinar en el mundo.
A la mañana siguiente, al salir el sol, los españoles se
levantaron temprano, dispuestos a comenzar la jornada lo antes posible,
mientras los guaraníes, que también tenían mucho camino por delante hacían lo
propio.
Antes de irse Irupé se acerco a Irene y le hizo señas como
de querer contarle un secreto. Irene acerco su oído a la niña y esta le conto
algo, mirando hacia un muchacho en particular.
En principio Irene no supo que decir, jamás había pasado por
una situación así, no sabía lo que era tener una hija adolescente…
Irupé se quedo mirándola. Al final, sin saber cómo Irene le
puso la mano en la cabeza y la bendijo
-Ve hija, que seas feliz- y, sin saber porque, noto que una
parte del corazón se le iba con la niña, al tiempo que una lágrima le caía
desde los ojos, entonces Irupé hiso eso tan raro, se puso en puntas de pie y le
dio un beso en la mejilla, sonrió con picardía y se marcho.
Irene se llevo la mano a la cara, al lugar donde la habían
besado, no recordaba un beso mejor.
-Vamos señores, es hora de partir- dijo uno de los militares
-Aguardad- se escucho la suave voz del padrecito- ¿A dónde
vais?-
-A ciudad Real del Guaira- fue la respuesta lógica
-No tenéis que viajar tanto para volver a vuestra época-
Todos se quedaron quietos
-Tenéis esa puerta abierta- insistió el padre
Efectivamente, ahí estaba la puerta, con la tranca de este
lado, abierta de par en par.
Se miraron entre ellos, y todos miraron al cura ¿Qué era
aquello?
-En el ministerio sabéis muchas cosas- explico el padre
sonriente- pero también ignoráis muchas cosas-
-¿Qué hacemos?- preguntaron a Salvador
-Pues, vamos- acepto este, luego de mirar a los ojos al
padre y hallar en ellos la profunda paz de la santidad.
Uno a uno todos pasaron por la puerta, menos uno.
Junto a un árbol, con un palo en la mano, haciendo dibujos
en el agua del rio, estaba Julián.
Irene, la ultima en pasar, se dio vuelta a mirarle antes de
irse y callo, entendía al hombre y su necesidad de quedar un tiempo más, Dios
le de la paz que necesita, rogo, y cruzo.
-----------------------------
-¿Qué tenéis hombre?-
Levanto la vista y lo miro, sorprendido, no lo había
escuchado llegar. Miro directo a sus ojos, esos ojos pequeños, pero profundos
que se mesclaron con los de él.
-Duele mucho- dijo el fraile
-No sabe cuánto- y dejo de hablar para no llorar
El padre se acerco y le tomo el brazo, entonces él apoyo su
cabeza en el hombro y se desahogo, sin saber porque, sin poder evitarlo lloro,
como lloran los hombres, cuando lloran, en silencio, profundamente, desde lo
más hondo del corazón.
Luego, cuando se calmo, se aparto, con pudor y dio vuelta la
cara para limpiarse sin ver que le veían
-Gracias- atino a decir.- supongo que ahora deberé
escucharle decir que no debo llorar, que lo mío es nada comparado con tantas
otras cosas…-
-Sí, es cierto, pero lo que os pasa no es nada, es más, es
todo-
-¿Cómo?-
-Que es todo, no debe haber en el mundo pena más grande que
la que tú tienes-
-¿se está burlando?-
-¿Os parece eso?- le dijo muy serio y continuo- el corazón
del hombre es un mundo, único e irrepetible, y cada uno tiene sus cosas, penas,
alegrías, sin sabores, bondad, crueldad…todo anida en él. Y para cada uno de
nosotros es lo que conocemos-
-Mira- siguió hablando, mientras se sentaban nuevamente al
lado del Iguazú- ves toda esa agua ¿os parece mucha?-
-Por supuesto- contesto Julián, atento para ver para que
lado salía la cosa
-Mete tu mano en ella-
Julián obedeció y la retiro, mojada
-Ahora tenéis parte de esa agua-continuo el padre- para ti,
en este momento ese poco de agua es especial es la que os moja, os da su
frescor, calmaría vuestra sed, si la bebierais…y sin embargo ahí tenéis mucha
agua, mucha más de la que nunca podrían contener vuestras manos, así es con la
vida, hay mucha, y de muchos tipos, puedes verlas, comprenderlas, pero nunca
será la vuestra, vos tenéis una sola, la que os toco, como esa agua que toco vuestra
mano….y así con todos y cada uno de los seres humanos de la creación. Por más
que os ufanéis no podéis cambiar eso, tú tu vida, los demás las suyas-
-Es que no logro entender ¿Qué tendría que haber hecho yo
para que Maite no muriera?, ¿Que he hecho mal para que me pasara esta
desgracia?-
El silencio se hizo presente de nuevo
Luego de varios minutos el padre volvió a hablar
-Mirad- dijo señalando hacia el rio. En él, en uno de los
tantos camalotes que bajaban con la corriente, había un gamo- ¿Veis eso?, ¿Qué
os parece? ¿Ese gamo habrá nacido en esa planta?-
-Lo dudo, lo más seguro es que se haya caído en ella-
aventuro Julián
-Pues bien, con o sin su voluntad ese pobre animal se halla
navegando rio abajo sin saber muy bien qué hacer, fijaos como trata de saltar a
la orilla, ved como, con sus escasas fuerzas y habilidades trata de alterar el
curso de su vida.-
Efectivamente el animal trataba, por todos los medios de
salir del camalote y llegar a la orilla, en algún lugar del trayecto, con un
par de saltos muy audaces, logro alcanzar la costa. Una vez en ella se sacudió
fuertemente, para secar el pelambre, se lo veía feliz de haber logrado escapar
a semejante peligro, cuando, de improviso un jaguar salto sobre él desde la
espesura.
Los dos hombres asistieron, asombrados y en cierta forma
compungidos, a la desgracia del pobre animal.
-Si hubiese logrado saltar unos metros antes o hubiese
esperado a recorrer unos metros más, quizás hubiera sobrevivido- Comento Julián
-Posiblemente sí, pero el animal no tenia manera de saberlo,
desde su posición hizo lo único que podía hacer, le salió mal, nada más-
comento el padre - Así es con nosotros, llegamos a un mundo que no conocemos,
sin saber por qué, y nos vemos obligados a vivir en el ignorando completamente
que pasa más allá de nuestro entorno. Las cosas que hacemos las hacemos en
función a lo que conocemos, pero tenemos que aceptar que son más las cosas que
no sabemos que las que conocemos- concluyo y, mirándolo a los ojos sentencio –
ese es el secreto, muchas veces no podemos entender lo que sucede, simplemente
porque no sabemos lo que pasa, y debemos vivir con eso-
Se levantaron como dispuestos a seguir cada uno su viaje.
Entonces Julián se detuvo y pregunto
-¿Qué hago?-
-Agradece a Dios el que te haya permitido compartir parte del
camino con ella –
-¿pero me la quito?-
-¿Era tuya? ¿Es tuya toda esa agua?. Vamos, levántate, deja
que el rio siga su curso-
-¿Sanara alguna vez?-
-No. No creo, la herida está ahí- y con el dedo le indico el
corazón- deberéis convivir con ello el tiempo que el señor quiera teneros entre
los vivos, vamos animaos, amigarse con las penas ayuda a quitarles parte de su
amargura-
Luego, dirigiéndose hacia la puerta le animo
-Id, vuestra vida sigue-
-¿En el ministerio?-
-Si creéis que podéis sobrellevar la tentación de volver a
vuestra pena si, si no, daos un tiempo-
-¿Cuánto?-
-El que Dios diga, el que consideréis necesario. Os
confesare algo, a la vida le importa muy poco de nosotros, sigue adelante
aunque no estemos, es el Iguazú, puedes retirar agua de él, pero él seguirá su
camino-
Julián más tranquilo se encamino a la puerta, antes de
traspasarla pregunto
-¿A dónde me llevara?-
El padre le miro y le explico.
-Mirad, esta puerta no es como la de vuestro ministerio, es,
¿Cómo decirlo?, “una puerta maestra”, no la maneja un viejo manuscrito, si no
el corazón, y está unida por los hilos de la vida, por eso se abre solo de
adentro…y antes que cuestiones nada, el ministerio “no es adentro”-
Julián reflexiono y diciendo para sí mismo– donde el corazón
me lleve- arrojo el celular del ministerio a las aguas del rio y cruzo la
puerta hacia su destino
----------------------
Amelia no podía dar crédito a todo lo que le contaban los
compañeros, y le enojaba mucho que no le hubieran permitido ir, sobre todo
porque no la habían consultado una sola vez
-Así que la puerta la abrió un padre bajito, de aspecto
debilucho, más bien morocho, de hermosa voz y buen músico-
-Sí, no sabes lo hermoso que cantaba- le dijo Irene
-Por la descripción parece ser San Francisco Solano-
-Ese, el mismo de la imagen de la custodia- confirmo Irene,
recordando la imagen del santo en el lugar que lleva su nombre
-Sí, pero no puede ser, en el tiempo que ustedes estuvieron
allí él ya estaba de regreso en Lima, próximo a morir-
-Señor, la puerta- llamo Pacino
-¿Qué pasa ahora con la bendita puerta? ¿en qué lio nos
volverá a meter?- Salvador se agarro la cabeza.
-En nada, que no está más-
-¿Y Julián?- pregunto preocupada Amelia
-Julián, creo que ha encontrado una salida a su pena- fue
todo lo que comento Irene.-Si Dios quiere le volveremos a ver, pero ten por
seguro que estará bien- No sabía por qué decía eso, pero tenía la seguridad de
que así era.
---------
El resero, dándole una última pitada al chala
-¿Qué le paso amigo?, ¿no era que no iba a escribir de
nuevo?-
-Pues sí, es un que tengo un carácter muy fuerte- contesto
el escritor y el resero se quedo mirándolo
-¿un carácter muy fuerte?- pregunto intrigado, pues, a decir
verdad no se había mostrado muy firme en su decisión
-Sí, un carácter muy fuerte, no lo puedo dominar….- aclaro
el escribiente- basta sentarse a la máquina para que los dedos comiencen a
moverse solos…-
-¿y los lectores que culpa tienen?- pregunto inocentemente
mientras apagaba el pucho.
-En fin, y ¿Dónde va a pasar la Navidad?- pregunto el
escribiente, intentando cambiar de tema
-Con el calor que hace…supongo que dentro de alguna aguada-
rió el resero
-jejeje, si, es una buena idea-
-Usted que sabe tanto- dijo de pronto el gaucho- ¿Por qué
festejamos la Navidad en Diciembre, con estos calores del infierno?-
-Porque Dios ama a los pobres y nos permite disfrutar de
hermosas noches de verano para saludarle-
-Si es por eso, no me enojaría si me amara un poco menos-
casi blasfemo, mientras se secaba el sudor con un pañuelo.
-vamos amigo, no es para tanto, aquí debajo de este
aguaribay se está fresquito- dijo el escribiente mientras se reclinaba contra
el tronco del añoso árbol.
El resero hizo lo mismo, luego cerró los ojos y pareció
quedarse dormido. Sin embargo se notaba que algo andaba rodándole la cabeza
-Aun no me ha dicho para que escribió esto-
-Ah, sí, es verdad- dijo es escribiente, golpeándose la
frente- solo para desearle FELIZ NAVIDAD a los lectores-
-¿y usted cree que alguien le
extrañaría si no lo hiciera?,- pregunto y luego se quejo- andimas me sigue
debiendo la historia de la fundación...- bajo el ala del sombrero y
trato de echar una siesta.
Se veía que el calor no había dejado dormir bien al resero. Su humor no era de los mejores.
FIN
Omar R. La Rosa;
Córdoba, Argentina. Finalizado 13 de Diciembre 2016
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