viernes, 11 de octubre de 2019

Conquista


Como todas las mañanas, el sol ilumino el cielo con una suave luz gris plata, oculto tras la niebla que subía por los faldeos de la cordillera, trayendo aromas de mar y ocultando las playas que se recostaban sobre lo que, años después, se conocería con el nombre de océano Pacifico.
Algunos hombres, semidesnudos, recorrían las playas, mariscando mientras intercambiaban palabras.
Su piel dorada y porte ágil indicaba a las claras que eran guerreros de las tribus invasoras provenientes, según se decía, del otro lado de las cordilleras, de los salvajes piases selváticos que se sabe hay por allí. Habían llegado sirviendo a los Incas cuando estos bajaron de las montañas para someter a los pueblos del bajo y se habían quedado, con orden del Inca, para sofocar cualquier intento de rebelión.
De esto habían pasado varios años ya, varios años de tener que trabajar para pagar los tributos impuestos, de llorar a los guerreros muertos en batalla, a las mujeres violadas y asesinadas, sin poder moverse del lugar en que estaban sin una autorización del Inca, autorización que nunca llegaba; de vivir prácticamente esclavos anhelando una sola cosa, expulsar al invasor.
Así habían sido los últimos años y así parecía que seguiría siendo siempre….sin embargo algo había cambiado últimamente, por alguna razón que no entendían, los hombres que recorrían las playas ya no lo hacían tan tranquilos y orgullosos como antes, ahora andaban como alertas, como si esperaran la llegada de algún enemigo que los pudiera atacar en cualquier momento. ¿Pero quién podría ser?. Ellos seguro que no, los pocos jóvenes que se habían salvado de las matanzas de la conquista no alcanzaban para hacer frente a los invasores y los que habían nacido después aun no estaban en condiciones de ir a la guerra…..sin embargo algo había, se respiraba en el aire.
¿Sería verdad que el Inca había muerto? ¿Qué el imperio no tenia emperador y que dos hermanos estaban en guerra por la posesión del mundo?. No había forma de saberlo, Cuzco estaba muy lejos, y aunque no lo estuviera, aunque estuviera a la vuelta del cerro que se veía al final de la playa, ellos tampoco lo podrían saber, si no se los contaban, porque no podían abandonar su aldea sin permiso.
Sea como sea, algo pasaba, se notaba en el aire, en el andar intranquilo de los hombres que caminaban por la playa, atentos, conversando en voz baja, rompiendo apenas el silencio ese que era vida, mientras durara, y que dejo de serlo cuando la primera flecha, con un suave silbido, rasgo el aire y la garganta de uno de los caminantes.
Una vez roto, como si estuviera ofendido, el silencio desapareció completamente. Ruidos, golpes y gritos de guerra inundaron la playa hasta casi acallar el mar que, impertérrito, completamente ajeno a las cosas de los hombres, continuaba en su eterna tarea de lamer el continente.
Fueron pocos minutos de fragor, luego el silencio volvió mientras el mar se teñía de rojo con la sangre de los caídos. Los vencedores no eran los mismos que caminaban por la playa cuando el sol salió. Su piel era más cobriza, si esto era posible, pero su contextura no era ágil, como los otros, si no pesada, de cuerpos fuertes, acostumbrados a los rigores de los climas de altura, sin lugar a dudas eran hombres de las montañas, ellos ya los conocían, tenían noticias de ellos porque antaño habían comerciado con ellos, cambiando pescados frescos, por lana.
Pero no se hacían ilusiones, si bien no eran el mismo tipo de hombres, estos no eran comerciantes eran soldados y como tales se portaban. Cambiarían de collar, pero seguirían siendo perros. Y así fue, los recién llegados, vaya uno a saber por qué razón, asumieron que, puesto que sus enemigos tenían base en el lugar, la gente del lugar también eran enemigos, y como tales los trataron.
En vano fue recibirles a la entrada de la villa con los brazos abiertos, expresando sumisión al verdadero Inca. Los guerreros exigían tributo y el tributo era lo poco que les quedaba, algo de maíz, unos pescados, sus mujeres y su sangre.
El tiempo siguió pasando, los soles se ocultaron repetidas veces tras el horizonte marino tiñendo de gualda las tardes y todo siguió más o menos igual, pero más pobres y sufridos, con menos maíz, menos pescado y más cuentas por saldar, pero sin poder decir nada, sin animarse a decir nada.
Sin embargo seguía habiendo algo en el aire, como esa sensación extraña que aparece en el Alma en los raros días que el cielo llora sus gotas de lluvia. Era cuestión de esperar y tener paciencia, la cosa cambiaria de nuevo, porque por más que el Inca amara su imperio inmutable, con las cosas firmemente atadas, cada una en su lugar, todo, absolutamente todo, alguna vez cambiaba…y volvía a cambiar y volvería a hacerlo….
Sumido en estos pensamientos, con la vista perdida en el horizonte del atardecer, mirando sin ver, no vio las blancas velas que se recortaban contra el sol y todo siguió igual en su mundo…por lo menos por un tiempo más.

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