viernes, 5 de noviembre de 2021

Clamor Popular...los políticos suelen decir que el pueblo no se equivoca...

 Clamor popular


Ya ni recuerdo cuantos años llevo tras la barra de la cafetería de la empresa de transporte donde trabajamos. “Caronte & asociados” debe de ser una de las compañías más antiguas del sector y como tal por ella han pasado infinidad de empleados y todos y cada uno en algún momento pasa por aquí a tomar un café y comenta las vicisitudes del trabajo con los compañeros.

A mí no se me permite participar en esas charlas, pero nada me impide escuchar, a decir verdad es imposible que no escuche…así es que, de puro aburrido una vez me puse a copiar lo que oía, y ahora, a instancias del escribiente de estos relatos, he decido a compartir con ustedes algunas anécdotas de nuestras parroquianas. Si parroquianas, olvide decir que en algunas aéreas, como la de recolección, los trabajadores, o trabajadoras, como se empeñan en aclarar inútilmente ahora, son todas mujeres.

Este dialogo lo escuche hace por lo menos un año atrás. Debido al carácter de nuestro trabajo todos firmamos contrato de confidencialidad, por lo que he tenido mucho cuidado de omitir nombres que pudieran permitir alguna identificación…aunque no me cabe duda que el lector medianamente informado no tendrá problemas en suponer de quienes se habla. Todo lo que relato aquí esta estrictamente basado en hechos reales.

El barman (bar tender le dicen ahora)

Charlas en la cafetería. – 1 Clamor Popular.

-          ¿Así que después de todo ese tiempo seguías sin poder traerlo? – preguntó extrañada su compañera luego de darle un sorbo al café que estaba tomando – Aunque bueno, no es tan raro, en general todos se resisten – reflexionó filosóficamente.

-          No, todos no, muchos nos reciben con alivio, hasta con alegría diría yo – tercio la recién llegada mientras llamaba al mozo para hacer su pedido.

-          Si, tienes razón, es que hay casos y casos –

-          Así es, algunos te parten el alma –

El silencio se hizo entre las dos. Se miraron fijamente a los ojos y, luego de unos instantes la del café no aguanto más y estallo en una carcajada que salpicó a su compañera con el contenido de su boca. La otra, lejos de enojarse la acompaño en la carcajada.

-          Se te parte el alma – repitió burlonamente haciendo morisquetas.

Es que en la empresa nadie tenía tal cosa.

-          Bueno, pero cuenta, ¿a qué se debió la demora? –

-          Al clamor popular –

-          ¿Qué? – preguntó asombrada y casi se atraganta con el pedazo de media luna que acababa de morder - ¿Desde cuándo importa eso aquí? –

-          Desde que el jefe está expandiendo el negocio – comento la primera, en voz baja y tapándose la boca al hablar – parece que el susodicho trajo muchos clientes –

-          ¿Muchos clientes? ¿Cómo es eso? – seguía extrañada – Si ese tipo hizo eso por el negocio no entiendo porque no lo querían dejar venir ¿Quién es? –

-          Es una larga historia – dijo la recién llegada mientras recibía el café que había pedido, luego de agradecer continuo su explicación – Parece que fue un importante político de un país subdesarrollado que enriqueció a sus jefes y a sí mismo a expensas de empobrecer a su pueblo –

La expresión de extrañeza de la compañera de trabajo no cabía en su cara.

-          Es que hace años que estaba enfermo… – continuo la explicación – y todos deseaban que siguiera así, sufriendo, agonizante, pagando en vida todo el mal que les había hecho. ¡Pero todo tiene un límite che! – abrió los brazos en expresión de fastidio – Cada vez tenemos más trabajo y ya casi no nos damos a bastó ¡como para tenerle la vela a nadie!. Así que hace un rato el jefe firmo la autorización y me lo traje –

La otra asintió, apuró el fin del refrigerio, y saludando, se fue a buscar otro cliente para cruzar el Aqueronte.

Últimamente no tenían descansó.

© Omar R. La Rosa

#ytusrelatos

4/11/21

domingo, 10 de octubre de 2021

Marchas - no todo esta bajo control...pero a veces funciona

 Se detuvo ante el detonador y lo estudio detenidamente, mientras una gota de sudor frio le corría por la espalda, ¿Qué estaba mal?¿Por qué no se activaba?

A ciegas tanteo en la intimidad de la bomba, buscando el punto exacto de la activación manual que pondría en marcha los procesos que la harían estallar y una inoportuna asociación de ideas la hizo sonrojarse. ¡Como extrañaba los días en que los hombres hacían eso!…

¡Qué cosas que tiene la mente!

Pero esos tiempos habían pasado, años de reprimirlos habían llevado a la situación actual en que ellas debían cargar con todos los riesgos, mientras ellos…mientras ellos…

-          ¡Basta! - Se grito a sí misma, justo al momento que lograba poner en marcha el temporizador que había fallado.

Ahora a correr a salir de allí antes de que explotara, o, peor aún, la descubrieran y la atraparan.

No termino de pensar en esto cuando sonó la sirena de una alama advirtiendo de una presencia no autorizada en la zona.

Dejo el lugar tan rápido como pudo, pero no subió en busca de la calle, antes bien descendió a lo que ataño debieron ser las cocheras del edificio. Al llegar había visto varios de esos viejos autos estacionado allí…alguno debería funcionar todavía.

Sin pensarlo dos veces se subió al que le pareció más nuevo, aun tenia la llaves puestas, en su apuro por huir el dueño no las había quitado. Las hizo girar y, para su alegría, el motor arranco.

-          A ver, ¿Cómo era esto? – reflexiono sentada al volante del viejo vehículo.

-          Vamos, seguro, tu puedes – se dio animo mientras repasaba mentalmente todos los pasos que tenía que dar.

Había visto infinidad de videos al respecto, e, incluso, había estudiado los procedimientos en los viejos manuales. No podía ser tan difícil, antes era algo muy común, y, si los hombres lo hacían ella también lo haría.

Era solo cuestión de concentrarse, estar preparada, consciente de que estas viejas maquinas eran temperamentales y a veces podían hacer cualquier cosa impensada.

Respiro profundo, desde el interior le llegaba el bramido del motor. Con cautela apretó el pedal de la derecha y comprobó que, tal como debía ser, el rugido aumento.

Lo soltó y el ruido bajo.

Tanteo el pedal de la izquierda, pareció no pasar nada, pero el cuenta vueltas del tablero indico una variación ¿eso estaría bien? No lo sabía.

El pedal del centro no lo toco, tenía claro que detenida no tendría ningún efecto.

En fin, suspiro, se aferro firmemente al volante, apretó el pedal izquierdo, puso el cambio y luego…tenía que soltar suavemente el embrague al tiempo que presionaba el acelerador…se suponía que así la maquina se pondría suavemente en movimiento.

Sin embargo no fue así, dio un salto brusco hacia atrás y se detuvo con igual brusquedad contra el soldado fuertemente armado que acababa de aparecer por la puerta, en su persecución.

Asombrada lo vio desaparecer bajo el auto y sonrió. No sabía que la maquina tenia mecanismos de autodefensa. ¡Verdaderamente los antiguos eran unos sabios! ¿Por qué habrían llegado entonces al límite de la extinción?

No tenía tiempo de reflexionar, otros enemigos aparecieron en el espejo retrovisor.

Provo a repetir la operación, pero con otra marcha, y esta vez sí se puso en movimiento hacia adelante, rugiendo poderosamente bajo la presión de su pie derecho.

La guerra continuaba.



© Omar R. La Rosa

#ytusrelatos

Córdoba – Argentina

10 –  Oct –  21

 

domingo, 26 de septiembre de 2021

Pelota - cuando todo empieza lindo...

 

Pelota

Maldito el día que se me ocurrió la idea.

Como siempre pasa con las cosas verdaderamente malas, al principio parecía una buena idea.

Todo empezó una vez que volví caminando del trabajo y, por casualidad, pase frente a esa veterinaria del demonio.

Un hermoso local, muy bien puesto, con carteles vistosos de marcas de alimentos para mascotas y… una hermosa muchacha con un canasto y cuatro cachorros que estaba regalando.

-          No son puros de raza – se disculpó mientras ponía la desgracia ante mis ojos.

-          ¿Por eso no se venden? – pregunte lo obvio, tontamente

Los ojos de la chica, los ojos del cachorro y que no tuviera costo sellaron mi destino.

Al llegar a casa fue toda una fiesta, mi mujer me dio un beso y los chicos no paraban de reír y jugar con el diablillo que movía la cola tan fuertemente que daba la impresión se le iba separar del cuerpo en cualquier momento.

La primera señal de lo que sería mi desgracia se dio esa misma noche. Tontamente yo me había ocupado de preparar una cucha para el animalito, en el patio, bajo techo, al lado del asador. Ahí estaría calentito, a resguardo y dormiría bien.

Bueno, eso pensé yo. Pero no, mi familia que sostenía que un animalito tan chiquito podía tener miedo si se lo dejaba solito en el fondo del patio (esto es a no más de 10 metros de la casa, que no es precisamente grande), mientras “el animalito” que sin duda entendía perfectamente de que se hablaba, ponía cara de circunstancia y hasta emitía algún que otro gemido, por si alguien (yo) tenía alguna duda de lo mal que lo pasaría si se lo sacaba de la casa.

Fue en ese momento que cometí el segundo gran error, y cedí. Esa noche “el animalito” durmió adentro…aunque en realidad debería decir, lloro adentro, pues no dejo de quejarse en toda la noche.

-          Pobrecito extraña a la mamá – me decían todos.

Y debe ser que extrañaba mucho porque recién se durmió a la madrugada, unos 40 minutos antes de que me tuviera que levantar para ir a trabajar…sin casi haber pegado un ojo.

Al regresar, en vez de irme a la cama descansar, como deseaba con todo el cuerpo, tuve que acompañar a los chicos a comprar el “ajuar” de la bestia.

Que necesita un collarcito con una chapita con su nombre, “mira si se escapa y se pierde”.

Que necesita una cunita (¿para que si duerme con nosotros?).

Un hueso de cuero para morder, un plato para la comida….comida.

-          ¿Y porque no los llevaste vos? – pregunte a mi mujer.

-          No seas desalmado, mira como te esperan, a parte se me hace tarde para ir al gimnasio… –

Y ahí sali yo con la expedición.

Por supuesto, la lista se fue agrandando a medida que recorríamos el negocio, a lo ya mencionado se agregaron dos autitos (no se para que un perro puede necesitar dos autitos), un chupete, una muñeca chiquita y ¡UNA PELOTA amarilla! de esas que se usan para jugar tenis.

¿Cómo iba a saber yo que con esto ultimo estaba comprando un elemento de tortura?

No señor no había forma de que los supiera, me declaro inocente al respecto. De hecho recién empecé a darme cuenta de la verdadera naturaleza del artilugio un par de meses después, cuando en una calurosa tarde de verano, mientras me disponía a sentarme con mi cerveza abajo del único árbol de nuestro patio, una cosa amarilla y redonda me golpeo haciéndome derramar parte del preciado liquido.

Ni tiempo de maldecir tuve, inmediatamente atrás de la pelota paso “el animalito” loco de alegría saltando, en pos del juguete, sobre mi mano que desesperadamente trataba de retener el vaso con los restos de mi anhelada cerveza helada.

A pedido de la multitud familiar, contra mi más profundo deseo, en vez de agarrar al peludo y revolearlo del otro lado de la tapia, tuve que tomar la pelota y lanzársela para que siguiera corriendo tras ella.

Por unos instantes me esperance pensando que ya me dejaría en paz. Cerré los ojos y me recosté sobre mi sillón, tomando impulso para levantarme e ir a la cocina por otra cerveza, o eso quería. Porque al abrirlos lo que vi no fue el camino hacia la casa si no la cara del perro, con la pelota entre los dientes, chorreando baba esperando que se la quite para volver a tirársela.

Al parecer de la bestia yo tiraba la pelota mejor que cualquier otra persona, por lo que debería ser yo quien siguiera haciéndolo….

Y aquí estoy ahora. No se cuanto tiempo a pasado, pero es mucho. Estamos en invierno y hace frio, por lo que nadie quiere salir al patio a jugar con el perro, que con canina insistencia insiste en dejar la pelota justo en la puerta de entrada a la casa, de manera tal que, como me acaba de pasar, uno no pueda pasar sin pisarla.

¿Sirve de algo recordar los improperios pronunciados ante tal percance?¿para que?. Lejos de salir a ver si me había lastimado o algo así lo único que paso es que me pidieron que lo haga jugar un rato.

Dale que vos venís de afuera y estas acostumbrado al frio

¿Puede uno acostumbrarse al frio?

No se, pero ya llevo un cuarto de hora acá afuera tirando la maldita pelota.

Para colmo se levanto viento, la puerta se cerro con mis llaves adentro, mi señora esta al teléfono (la escucho claramente), los chicos están viendo dibujos animados con el televisor a un volumen más que moderado…

Ya estoy resignado, tengo una sola forma de poder entrar a casa, hacer que el perro se canse y empiece a ladrar para entrar, a el seguro lo van a escuchar….pero el muy desgraciado parece no querer hacerlo….ahí regresa de nuevo con la maldita pelota amarilla en la boca.









(c) Omar R. La Rosa

Córdoba - Argentina - 26/09/21

viernes, 27 de agosto de 2021

Viaje en colectivo. Reflexiones

 Viaje en colectivo

 

Termina la hora y te vas a otro colegio, que el próximo curso lo tienes dentro de una hora a unos 5 km de aquí, no más de 15 minutos en colectivo.

Pero, estas en la parada y pasados 20 minutos el ómnibus no aparece. Alguien igual de cansado que vos de esperar que aparezca, pero con más poder adquisitivo (o urgencia) se toma un taxi…pero vos no te lo podes permitir. “Ya llegara”, te dices.

Y por fin aparece el transporte público, justo cuando estabas por llamar avisando que llegabas tarde. Ni bien subir la realidad te vuelve a golpear. La tarde esta agradable, no hace frio, pero lo mismo hay ventanillas cerradas, por su puesto también hay gente amontonada. Es que hace mucho que no pasa un colectivo y todos se suben como pueden. ¿Los protocolos de covid?¿qué es eso?

Te paras donde puedes, y abres la ventanilla que tienes enfrente. No terminas de hacerlo cuando la mano de la mujer sentada bajo ella la cierra. En vano tratas de explicarle que estamos en pandemia, que es muy importante ventilar…a ella no le importa, tiene frio. El frio es tangible el “covid” es solo una posibilidad.

Insistís, nadie se muere de frio con una temperatura de 15 C, de “covid” sí, le explicas. Como respuesta traba la ventanilla con el brazo, no sea que la abras de nuevo…

Pensas en insistir, en tratar de hacerle entender, pero después te acordas que mientras el presidente del país dictaba una norma que nos obligaba a todos a permanecer encerrados en nuestras casas, él se mandaba un fiestón en la Quinta de Olivos, pasándose la ley, que él mismo había dictado, por donde el sol nunca da. Con ese ejemplo, ¿a que insistir? Optas por moverte al final del colectivo, previo desearle que “tenga una larga vida”, como si con eso te pusieras a resguardo del virus. Como si al virus o a ella o al presidente le importara algo.

Mientras te corres hacia el final del ómnibus ves como pasan frente a un afiche de campaña (la semana que viene hay elecciones) en el cual dos candidatos sonrientes aseguran que ellos nos cuidan y que “lo primero es la salud”… Un par de metros después otros candidatos de otros partidos aseguran que votarlos a ellos es “votar honestidad” y que jamás prometen cosas que no piensan cumplir…por ultimo antes de terminar la cuadra otro partido asevera que “defiende la paridad de género”…aunque no te queda claro porque solo presentan candidatas mujeres…

En fin, todo lo que empieza termina y por fin llegas a la parada donde te tienes que bajar. Vas a tocar el timbre para avisarle al chofer que se detenga justo cuando una señorita se para delante tuyo evitándote hacerlo.

Con paciencia le preguntas si ya había tocado y con igual paciencia te dice que “no”…claro, ella se baja en la siguiente parada, al igual que vos ahora, que ves con decepción como la parada en que te debías bajar queda atrás, mientras el colectivo se aleja de ella.

Y aun te resta entrar al aula.

© Omar R. La Rosa

Córdoba – Arg. – 25/8/21

#ytusrelatos

Postdata: ¿Qué es más grande 1/3 o 1/2?.

Los alumnos de 6º, el curso del que acabas de salir, tampoco supieron responder.

sábado, 14 de agosto de 2021

La corrección. El que sabe, sabe

 

La corrección


Conviene empezar esta historia, como toda historia, entendiendo que muchas veces la misma depende más de quien la escucha que de quien la cuenta, porque el que la cuenta sabe perfectamente lo que quiere decir, pero difícilmente conoce lo que quiere oír quien la escuche ni su forma de hacerlo.

Dicho esto no hace falta aclarar que los años 80 del pasado siglo XX fueron cualquier cosa menos tranquilos (ahora que lo pienso, los 80 del XIX tampoco lo fueron, habrá que prestar atención a eso, por si significa algo). En fin, la cosa es que en los primeros años de esa década imperaba en el país un gobierno al que no le agradaba que la gente se reunirá sin permiso. Esto, lejos de ser óbice a esta historia, la contextualiza.

Por aquellos días se planteaba el sistema de cupos para poder ingresar, previo examen, a la facultad que uno eligiera. Ingeniería en mi caso.

Un requisito previo a los exámenes era la realización de un cursillo de nivelación. Cosa que todos debíamos hacer.

Las materias a cursar eran física y matemática, y a veces eran dictadas por profesores que no tenían ni la idoneidad ni el compromiso necesarios.

Ese era el caso de nuestro curso con el profesor de física.

-          Che, ¿Qué hacemos? Otra vez el chanta este de física no vino – recuerdo haber dicho en alguna oportunidad, aunque lo podía haber dicho cualquiera de mis compañeros.

-          Sí, este tipo nos está cagando la vida, ¿si no da la materia, como vamos a estudiar? – acotó preocupado un chico que normalmente no hablaba.

-          ¿Qué hacemos?- se cuestiono otro.

-          Quedémonos a estudiar – aventuró alguien y luego, mirando a uno del grupo desafío – Che, chueco, ¿te animas a explicarnos los problemas de la guía? –

-          …Sí, pero no sé si estarán bien, no los he comprobado – se excusó el apelado “chueco”.

-          ¿Están seguros, che?, ¿acá nos vamos a quedar? – preguntó alguien del fondo del aula, con algún resquemor.

-          Claro, ¿Por qué no?-

-          Porque en la dirección saben que el profe no vino y nosotros deberíamos volvernos a las casas, no podemos quedarnos solos acá –

-          ¿Y? –

-          Y, si el rector de se enoja, si se le da por pensar que somos una reunión de zurdos y llama a las “marías(1)” –

-          No, no va  a ser tan bolu…–

-          Nunca se sabe –

-          Pero no che, si no hacemos quilombo ¿Qué problema puede haber? –

-          Dale, no perdamos tiempo que los exámenes son en pocos días. Saca los cuadernillos…–

El chueco, tiza en mano, paso al frente y el pizarrón comenzó a llenarse de símbolos y formulas.




-          Así es la cosa, ¿no?, todo el mundo tranquilo – comentó el rector haciendo referencia a la sepulcral paz que reinaba en el establecimiento educativo al tiempo que se acercaba a la ventana para mirar el interior del colegio.

Fue ahí, tras ese acto pueril, que el horror se pinto en su rostro ante la magnitud del delito que acaba de presenciar, ahí, ahí no más, en el aula del cursillo de ingreso, frente a su mismísima ventana. Como veinte jóvenes, solos, prestando atención a las consignas que otro joven escribía en el pizarrón…

-          Venga – ordenó perentoriamente a su ayudante – y llame a la guardia, urgente –.

Sin decir más salió de la oficina cual huracán de pasillo.

En el camino se le acoplo un alférez y dos soldados, “fal”(2) al ristre.

 

Al llegar al aula, sin muchos preámbulos, pidió a uno de los soldados que empuje la puerta, entrando bruscamente en ella ni bien la puerta cedió al fuerte golpe.

Había que hacerlo así de ese modo, violentamente, como le habían instruido, para que nadie tuviera tiempo de destruir ni alterar posibles pruebas o indicios de la actividad subversiva que se desarrollara allí, eran tiempos difíciles y había que actuar en consecuencia.

El desbande fue general, no sin cierto temor, los alumnos se alejaron de la pizarra, dejando a la vista, completamente desvalido, al portador de la tiza frente a la misma la prueba de sus pecados.

El rector se paro frente a él, lo contemplo larga y calladamente mientras las facciones se le suavizaban, luego miro con más detalle lo escrito en el pizarrón y los músculos de la cara volvieron a tensársele, al tiempo que una arruga pronunciada se formaba en su entrecejo, el catedrático que era le afloro por todos los poros, inevitablemente, volvió a mirar al alumno, y le quito la tiza sin ningún miramiento.

-          Siéntese – le ordenó, mientras los militares permanecían apuntando a todo el curso.

Luego, con la suavidad y firmeza que caracteriza a un superior, (o a quien se cree tal), se paro frente al pizarrón, meneo la cabeza un par de veces, corrigió un par de cosas, volvió a mirar y esta vez asintió, satisfecho, dio media vuelta y se fue tal como había venido, sin siquiera saludar.

 

Todos se quedaron con los ojos abiertos de par en par, mirando estupefactos, las correcciones realizadas.

Y si, tenía razón, la solución tal cual la habían planteado ellos estaba mal. El problema se solucionaba con las correcciones a la formulas hechas por él.

-          Bravo el viejo ¿no? –

-          Exagerado – dijo otro

-          Si, mira que venirse con custodia a para cambiar un par de signos –

-          Son unos “pelos duros” – mascullo un tercero, y nadie lo desdijo.

-          En fin, sigamos, ya cambiara –

 

 

(1)     Se llamaba así a los grupos de tareas de las fuerzas armadas que patrullaban las calles en tres camionetas que siempre iban juntas, con una baliza azul en el techo, como si fueran las tres “marías”

(2)     Fal:  fusil argentino liviano

Basado en hechos reales

 

© Omar R. La Rosa

@ytusarg #ytusrelatos

 

sábado, 7 de agosto de 2021

Fantasmas de escritor - que todos los tenemos...

 

Fantasmas de escritor

Un micro cuento de terror, piden los señores del concurso, como si fuera tan fácil, total los señores piden y los escritores hacemos el trabajo por la ínfima esperanza de ganar un concurso.

¿Pero eso me ayuda en algo? ¿Aleja aunque sea un poco a los fantasmas que acosan?

Cual espectros del más allá no dejan de enviarme mensajes por todos los medios posibles.

No me permiten olvidar que están ahí reclamando su cuota de sangre, ansiosos esperando los satisfaga y todo para que, para calmarlos por un tiempo, porque vuelven, siempre vuelven

Cuando se  acerca el momento de los sacrificios se ponen más insistentes, como mosquito zumbando en el oído una noche de verano. Uno no los puede ahuyentar, ellos vuelven, siempre vuelven por su cuota de sangre.

¿Qué puede hacer un escritor desconocido contra eso? ¿Contarle a la gente sobre las pesadillas que tiene? ¿Para qué? Si cada uno de nosotros tiene sus propios fantasmas.

En mi caso todos los meses se repite el ritual, llego a mi casa, abro la puerta, entro y me siento a mi computadora a escribir, en la esperanza de lograr algo digno de ser vendido a alguien…y zas, de pronto aparecen ellos, mis espectros, que incansablemente me persiguen con su cuota de terror…

Los avisos emergentes de vencimiento de la luz, el agua, el alquiler…

Córdoba – Argentina

9 de Enero 2019

© Omar R. La Rosa

https://ytusarg.blogspot.com/

 

 

jueves, 24 de junio de 2021

La gloria. Ese sueño efímero

 Si digo que de chico le decían 4 ojos es tan seguro que se dan una idea del aspecto de Matías como de que no soy nada original.

Si así es, el pobre Matías tenia miopía congénita que le obligaba a usar unos gruesos cristales, lo que lo privaba de uno sus mejores sueños, ser el goleador de la clase y merecedor de los suspiros de todas las compañeras del curso.

Pero ¿Cómo ser el goleador si ni siquiera le dejaban tocar la pelota?

Claro, él comprendía que con esos anteojos no podía entrar al campo…pero sin ellos carecía de sentido que entrara.

Cualquier otro chico se desesperaría ante tal situación, pero Matías no era cualquier otro chico, por lo menos eso lo tenía muy claro, su mamá no dejaba de recordárselo.

El había aprendido de su padre que lo que en realidad tenía era un “interesante” desafío a vencer.

¿Y qué hace uno cuando se encuentra ante un desafío?

Pues, como también le enseñara su padre, lo primero era entender el problema.

Desde ya esto implicaba tener bien claro el objetivo, ¿Qué se pretendía? Porque para lograr algo es fundamental saber que se quiere, y eso él lo tenía muy claro. El quería hacer el gol de la gloria, ese que hiciera que todas las chicas lo idolatraran y los chicos lo envidiaran.

Sabía que a los problemas había que  mirarlos de todos los lados posibles para obtener la mayor cantidad de datos y luego había que buscar las herramientas necesarias para solucionarlo, lo que podía ser más o menos trabajoso, según los medios de los que uno dispusiera…y aquí la cosa se volvía un poco más difícil, de hecho la falta de los medios idóneos era lo que lo ponía ante el actual desafío, porque ¿Cómo hacer un gol si el arco apenas se ve como un contorno borroso?

Bueno, no se iba a amilanar por eso, en sus pocos años de vida jamás había hecho algo así, por lo que no iba a empezar en ese momento, así que…menos llanto y más trabajo.

Lo primero fue estudiar detalladamente la dinámica del juego, pero desde el punto de vista teórico, lo cual lo volvía aburrido entre sus compañeros, pero era lo único que el podía hacer ya que eso de salir corriendo a buscar la pelota era algo que escapaba a sus posibilidades.

Al tiempo ya tenía la cosa más o menos clara, sabía exactamente donde estaban sus posibilidades y donde sus límites…con las primeras se arreglaría solo, con los segundos necesitaría ayuda.

Lo primero era convencer al entrenador para que lo dejara entrar…y esto no fue nada fácil. Bastaba quitarse los anteojos para, a duras penas, adivinar donde estaban todos.

El trabajo no fue fácil, pero tenía claro que convencer a ese hombre era el primer paso a la gloria, por lo que todo el año lo dedicó a eso.

Para llamar la atención del mismo aprovechaba los intervalos y, mientras todos descansaban, se paraba frente al arco y pateaba, y con cada tiro afinaba el siguiente. Al principio erraba 11 de 10, y volvía a casa enojado y frustrado, para regresar al día siguiente a intentarlo de nuevo.

-          Te faltan datos - le dijo su padre una noche.

Así que al día siguiente no pateó, se dedicó a buscar los datos que le podían faltar. Escuchó el trino de los pájaros, la caricia del viento, el calor del sol…palpó la hierba, detectó su consistencia, su adherencia, que tanto resbalaba, que tanto retenía…y así.

Luego, la siguiente vez, ya teniendo en mente donde encontrar la información que necesitaba, volvió a intentarlo, y a intentarlo, y a intentarlo hasta que de a poco lo consiguió. Ya no erraba, 10 tiros, 10 embocadas al arco.

Este proceso llamó la atención de sus compañeros. ¿Qué cosa más divertida que ver fallar a un cerebrito?

Así un día, cerca de la media tarde notó el cambio, de pronto en vez del cantar de los pájaros oyó risas apagadas, en vez del suave viento sintió alientos contenidos…no fue fácil, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no salir corriendo.

De hecho, de haber podido ver se habría ido, pero no podía, por lo que respiró hondo, tomó una carrera corta y pateó. Muy fuerte, el balón se elevo de más y se estrelló en el travesaño haciéndolo temblar…pero no hubo risas, más bien un ¡Guau! de aprobación fue lo que inundó el campo, supo entonces algo que hasta ahí no sabía. Tenía una patada potente.

El entrenador decidió que no podía desperdiciar ese potencial, y desde esa tarde lo puso a entrenar en toda jugada de pelota parada que se presentara.

El primer paso estaba dado, ya estaba en el equipo, ahora a estar atentos a la oportunidad, esa que se le presentaría de seguro y que él debía aprovechar, pues nunca se sabe si habrá otra.

 

- ¿La gloria? – meditó años después, ya siendo un hombre grande - ¿Qué es la gloria si no una quimera, un sueño que nos motiva mientras lo soñamos? –

- En fin, de pronto ahí estaba yo, parado frente a la pelota, el tiro debía serme fácil, lo había practicado infinidad de veces. Todas con sol y piso firme. Pero ese día fue lluvioso y jugamos la final bajo el agua. La pelota no picaba…pero ¿Qué iba a hacer? Me orienté como mejor pude, pateé el suelo un par de veces, tragué saliva, respiré hondo y le di. –

-¿Y qué paso? –

- Nada, hice el gol y salimos campeones – sonrió afablemente, recordando el momento.

- Se cumplió su sueño, el gol de la gloria – se entusiasmó el auditorio.

- Si, pero estábamos solos, no había ido a vernos ninguna de mis compañeras – apuró el café, pagó y se fue.


© Omar R. La Rosa

Córdoba Argentina

 22-06-2021

viernes, 21 de mayo de 2021

Albóndiga Triste - a buen entendedor pocas palabras.

 

 

El ambiente en el interior de la taberna era entre festivo y serio. Según la mesa que se mirara.

Por ejemplo, al centro del salón, había una mesa de mus donde varios parroquianos pasaban el tiempo entre cruce y cruce de barajas españolas. Por su aspecto eran mineros de las lunas exteriores, gente normalmente tranquila, muy distinta a los parroquianos de la mesa del costado derecho, cerca de la salida de emergencia, unos parroquianos serios, vestidos de negro, de aspecto cadavérico…típico de la hermandad, un grupo de vagabundos interestelares poco recomendables.

Al costado izquierdo, cerca de la escalera que daba a los cuartos superiores, varias damas de distintas especies, conversaban animadamente, dispuestas a prestar auxilio a los parroquianos que pudieran requerirlo.

Mientras en la barra varios parroquianos bebían, conversando, como el grupo de marcianos en tránsito o en silencio, como él humano ese acurrucado en el extremo más alejado y menos iluminado, como si quisiera pasar desapercibido.

La música, alegre y las meseras recorriendo el establecimiento con bandejas repletas de pedidos completaban la escena mientras un octópodo pelado y viejo, con un deslucido delantal, serbia tragos a ocho manos.

O sea, una noche normal en cualquier cantina de la frontera del sistema…hasta que, de pronto, casi sin hacer ruido, como en una exhalación, se abrió la puerta bar que separaba el cálido interior de la fría bahía de desembarco y entro por ella una pequeña figura.

Mediría más o menos un metro y sesenta, de aspecto indefenso y débil, aun bajo el capote con capucha que la cubría de pies a cabeza.

Contrariamente a lo esperable, entro sin titubear, tan solo demoro unos segundos hasta que sus ojos se acostumbraron a la iluminación interior y captaron su objetivo.

Su actitud no paso desapercibida, mágicamente las barajas (y el dinero) desaparecieron de la mesa de mus, en prevención de posibles pérdidas.

Las alegres damas guardaron lapidario silencio, e incluso hubo quien quiso deslizarse fuera del salón, pero no lo hizo, retenida por una compañera y la cara de terror de todas temiendo lo que podía pasar si la figura recién llegada notaba la huida.

Los compañeros de la hermandad se pusieron más serios, si es que eso fuera posible. E incluso los marcianos guardaron silencio y se hicieron a un lado, aunque no supieran de qué iba todo eso.

El octópodo, prudentemente, se escondió tras un mamparo blindado.

Sin pronunciar palabra, sin mirar para ningún lado que no fuera el oscuro final de la barra caminó, pausada y segura, hacia donde el humano permanecía impávido con su trago a medio beber.

Cuando estuvo frente a él dejo caer la capucha, para que no tuviera ningún problema en saber quien lo encaraba, por si eso hiciera falta.

Todos pudieron observar así el blanco transparente de su piel resaltando contra el marco renegrido de su cabello suelto y los pendientes rojo sangre que daban una nota de tétrico color al cuadro que presentaba.

Todos vieron esto, pero solo él pudo ver lo más importante, sus ojos.

El silencio reinante se hizo más espeso entre ellos y no se rompió hasta que ella musito, interrogativamente, una sola letra

-          ¿Y? –

El hombre respiró hondo y apuró el final del trago. Luego sin decir palabra, la siguió y ambos salieron del bar.

Cuando la pareja se hubo ido volvió la música y cada uno retomo su actividad. Los compañeros de la hermandad recuperaron su adusto semblante, relajando los dedos de los disparadores de sus armas. Los mineros volvieron a la suspendida partida y las damas retornaron a su dialéctica espera de parroquianos que las requirieran.

Solos los marcianos siguieron en estado de “extrañeza” sin atreverse a indagar sobre  lo que acababan de vivir.

El octópodo, compadecido, les aclaró indicando hacia la mujer que se había retirado en compañía del humano.

-          Albóndiga Triste – como si eso solo fuera suficiente para explicar todo.

Y debía serlo, por lo menos para todos los parroquianos, pero no para los marcianos que siguieron tan en ascuas como antes.

© Omar R. La Rosa

Córdoba – Argentina

20 de mayo de 2021

 

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sábado, 8 de mayo de 2021

Presencia - Nunca se esta completamente solo...

 

Presencia

 

Llevaba horas sentado frente al panel de instrumentos, estaba aburrido, no cansado. En esa etapa del viaje había poco que hacer.

Bostezando ostentosa y ruidosamente, se estiro liberando alguna flatulencia, para luego acomodarse nuevamente. Ventajas del viaje en solitario.

-          Muy bonito – escuchó una femenina voz de reproche tras él.

Contuvo la respiración mientras aguzaba el oído, no había, no debía haber nadie más en la nave.

Sin embargo, por alguna razón, un sexto sentido tal vez, aunque el silencio no volvió a romperse estaba seguro de que una presencia le observaba.

Y así era, al darse vuelta casi se muere del susto. Ahí, a unos pasos tras su butaca estaba la mujer, o algo con apariencia de mujer, observándolo reprobatoriamente.

-          Que estés solo no te autoriza a portarte como un chancho, eres ofensivo – esto último lo dijo frunciendo la nariz, como quien desecha un mal olor.

Su mente trabajo febrilmente, ¿Qué era eso?¿Como podía estar allí? Y lo más preocupante, ¿Qué intensiones tenia?. De reojo busco algo con que defenderse, pero el suyo era un vuelo científico, una breve jornada de observación en los anillos, no llevaba armas ni peso innecesario.

-          ¿No te vas a disculpar siquiera? – insistió la joven.

-          Sí, sí,  claro – dijo él mientras imaginaba que hacer, aunque más no sea para determinar que era ese ser que lo increpaba.

Una idea le surgió de pronto, había estado leyendo en la biblioteca de la nave una novela de terror, y pensó que quizás ese ser era algún vampiro, mutante, zombi algo así, tan normales en dicha línea narrativa, también había leído que la mayoría de esos seres solo vivían de noche y eran heliofobicos.

Así que, discretamente, oriento la nave para que la luz del lejano sol penetrara en ella e impactara directamente sobre la criatura, pero, lejos de desaparecer o verse afectada, brillo con una mágica luz. Mientras continuaba hablándole de cosas que ya no oía.

¡Fantasía! Se dijo a sí mismo, eso debe ser, estoy en un viaje de fantasía, con unicornios, brujas, hadas, elfos y cosas así. Recordando otras lecturas recito una letanía, especialmente redactada para romper hechizos, según había entendido.

-          ¿Qué dices? – preguntó la mujer, tratando de escuchar su recitado.

No, obviamente no era un personaje de un cuento de fantasía. ¿Qué era? Solo le quedaba recurrir a su último recurso, la ciencia.

Sin decir palabra se levanto y paso al lado de la criatura, rozándola discretamente.

-          ¿Qué haces? No me toques ¡macho primitivo! –

Tenía cuerpo, no era una aparición, ni un holograma, era real.

Con ella tras él fue al laboratorio (cocina, que en una nave de estudio el espacio no sobra), en la pantalla busco algo, estudio la formula, calibro las dosificaciones y dio comienzo al proceso.

-          ¿Estás loco? Sigues haciendo cosas extrañas. Me estas impacientando -  continuaba hablando el ser.

De pronto sonó una campanilla, se abrió una puerta y una aromática barra marrón apareció en el plato.

-          ¿Qué es eso? – seguía el ser articulando sonidos

-          Chocolate – dijo él como única palabra, cumpliendo la consigna de la batalla, entregándole la golosina.

El ser la miro con desconfianza, la olio y la probo…con evidente placer.

El experimento estaba en pleno desarrollo, sabía que no era un cuento de terror, ni de fantasía. Si ahora la mujer se mantenía en silencio sabría que se traba de un cuento de ciencia ficción.

-          Muy rico – dijo con amabilidad, antes de ver su reflejo en la pulida superficie de acero inoxidable. Cambiando el tono de voz le miro fieramente para volverlo a increpar

-          ¡Quieres que engorde Maldito! -

Fue tanto el susto que le produjo la expresión que vio en su cara que al final se despertó.

Sobresaltado se paro y miro para todos lados, a las desesperadas recorrió el escaso interior de la nave. ¡Vacía!, ¡estaba solo!. Respiro aliviado, volviendo a la butaca de comandos…

Para ver nítidamente, apoyadas en el panel de comando, las torneadas piernas de la mujer que la ocupaba.

-          ¿Por qué tardaste tanto?¿A dónde te habías ido? –

© Omar R. La Rosa

Córdoba – Argentina

1 de Agosto de 2020

 

 

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