viernes, 16 de octubre de 2020

El libro - relato de la semana - comienzo

 

El libro

Pacientemente, sentado en su vieja silla, tras el escritorio que ocupaba, con la barbilla apoyada en las manos, el hombre escuchaba el pedido de la joven pareja parada frente a él.

            Al cabo de unos minutos asintió y, pidiendo paciencia, realizo una consulta en su ordenador.

Le llevó algún tiempo durante el cual la pareja, aun de pie, se tomo de las manos y cruzo miradas ansiosas.

            Por fin, un gesto de aceptación y el hecho de que luego de copiar algo en un papel el hombre se levantara y desapareciera por la puerta trasera, les dio fundadas esperanzas y, pasados unos minutos, optaron por tomar asiento en alguna de las muchas butacas de la vacía sala. Obviamente el negocio había conocido mejores épocas.

 
          
En el cuarto de atrás, con los datos en la mano, el hombre ubico un lugar en la repleta estantería. Se suponía que allí debería estar el libro que le pedían…mas, no había nada.

            Preocupado reviso los alrededores, un error almacenamiento siempre era posible. Pero no, cerca no estaba lo que buscaba.

            Algo molesto reflexiono en que podía estar pasando y, con un poco de enojo llego a la conclusión de que el otro posible error era el de tipiado, bien podía ser que las letras y números no estuvieran en el orden adecuado…ya había pasado un par de veces. Antes eso no era un gran problema, los clientes eran mucho más abundantes y no eran tan exigentes, pero ahora…

Fastidioso y resignado se puso a la tarea de jugar con las distintas combinaciones posibles…lo que era un trabajo, si no faraónico, por lo menos importante.

            Por su puesto esto demoro la búsqueda e impaciento a los que esperaban.

            De pronto, luego de una prolongada demora la puerta de la sala se abrió y el hombre volvió a aparecer…pero con las manos vacías.

            Al verlo el alma de la pareja se cayó al piso, ¿sería que no habría más? Un gesto de angustia les desfiguro el rostro.

            Notando la expresión el hombre los tranquilizo. Todavía no era una causa perdida, a veces pasaba que los pequeños metían la mano, sacando cosas para uso personal que después no volvían nunca a su lugar. Pero que tenía una idea de dónde encontrarlos…y no dijo nada más. Con un aire de misterio y un dulce en la mano, volvió a salir por la puerta.

            La pareja siguió en la sala, sin saber qué hacer ni que pensar.

            Por fin, al cabo de otro lapso de tiempo, no muy prolongado esta vez, la puerta se volvió a abrir y el hombre volvió a aparecer, esta vez con una indisimulada sonrisa.

-          ¿Lo ha encontrado? – preguntaron a dúo

Como toda respuesta él asintió con la cabeza haciéndose a un lado, invitándolos a pasar a la trastienda.

Cuando ellos lo vieron no pudieron contener la alegría que sintieron, es más la mujer lloro de felicidad, incrédula.

Más controlado el joven miro al hombre interrogativo.

-          Nada muchacho, solo debe ser cuidadoso y paciente. Les dará momentos muy felices y otros…no tanto pero al final siempre vale el esfuerzo –

Con infinito amor lo tomaron entre sus manos y se retiraron con lo que habían venido a buscar, no sabían si era exactamente como lo habían imaginado, pero eso no importaba.

            Antes de salir de la trastienda el pequeño angelito le extendió el libro que tenía en las manos, el mismo que el hombre había estado buscando con tanto empeño.

-          Llévalo, es tuyo – le sonrió

-          Trata de escribir en el la mayor cantidad posible de cosas lindas…y cuida mucho a tus padres. Me ha costado mucho encontrarte estos que te llevas –

© Omar R. La Rosa

Córdoba – Argentina

30 de Julio de 2020

Novelas y otros relatos del autor en https://ytusarg.wixsite.com/website

 

 

           

 

viernes, 9 de octubre de 2020

Conquista, cuando se ve desde abajo

 

Conquista

Como todas las mañanas, el sol ilumino el cielo con una suave luz gris plata, oculto tras la niebla que subía por los faldeos de la cordillera, trayendo aromas de mar y ocultando las playas que se recostaban sobre lo que, años después, se conocería con el nombre de océano Pacifico.

Algunos hombres, semidesnudos, recorrían las playas, mariscando mientras intercambiaban palabras.

Su piel dorada y porte ágil indicaba a las claras que eran guerreros de las tribus invasoras provenientes, según se decía, del otro lado de las cordilleras, de los salvajes piases selváticos que se sabe hay por allí. Habían llegado sirviendo a los Incas cuando estos bajaron de las montañas para someter a los pueblos del bajo y se habían quedado, con orden del Inca, para sofocar cualquier intento de rebelión.

De esto habían pasado varios años ya, varios años de tener que trabajar para pagar los tributos impuestos, de llorar a los guerreros muertos en batalla, a las mujeres violadas y asesinadas, sin poder moverse del lugar en que estaban sin una autorización del Inca, autorización que nunca llegaba; de vivir prácticamente esclavos anhelando una sola cosa, expulsar al invasor.

Así habían sido los últimos años y así parecía que seguiría siendo siempre….sin embargo algo había cambiado últimamente, por alguna razón que no entendían, los hombres que recorrían las playas ya no lo hacían tan tranquilos y orgullosos como antes, ahora andaban como alertas, como si esperaran la llegada de algún enemigo que los pudiera atacar en cualquier momento. ¿Pero quién podría ser?. Ellos seguro que no, los pocos jóvenes que se habían salvado de las matanzas de la conquista no alcanzaban para hacer frente a los invasores y los que habían nacido después aun no estaban en condiciones de ir a la guerra…..sin embargo algo había, se respiraba en el aire.

¿Sería verdad que el Inca había muerto? ¿Qué el imperio no tenia emperador y que dos hermanos estaban en guerra por la posesión del mundo?. No había forma de saberlo, Cuzco estaba muy lejos, y aunque no lo estuviera, aunque estuviera a la vuelta del cerro que se veía al final de la playa, ellos tampoco lo podrían saber, si no se los contaban, porque no podían abandonar su aldea sin permiso.

Sea como sea, algo pasaba, se notaba en el aire, en el andar intranquilo de los hombres que caminaban por la playa, atentos, conversando en voz baja, rompiendo apenas el silencio ese que era vida, mientras durara, y que dejo de serlo cuando la primera flecha, con un suave silbido, rasgo el aire y la garganta de uno de los caminantes.

Una vez roto, como si estuviera ofendido, el silencio desapareció completamente. Ruidos, golpes y gritos de guerra inundaron la playa hasta casi acallar el mar que, impertérrito, completamente ajeno a las cosas de los hombres, continuaba en su eterna tarea de lamer el continente.

Fueron pocos minutos de fragor, luego el silencio volvió mientras el mar se teñía de rojo con la sangre de los caídos. Los vencedores no eran los mismos que caminaban por la playa cuando el sol salió. Su piel era más cobriza, si esto era posible, pero su contextura no era ágil, como los otros, si no pesada, de cuerpos fuertes, acostumbrados a los rigores de los climas de altura, sin lugar a dudas eran hombres de las montañas, ellos ya los conocían, tenían noticias de ellos porque antaño habían comerciado con ellos, cambiando pescados frescos, por lana.

Pero no se hacían ilusiones, si bien no eran el mismo tipo de hombres, estos no eran comerciantes eran soldados y como tales se portaban. Cambiarían de collar, pero seguirían siendo perros. Y así fue, los recién llegados, vaya uno a saber por qué razón, asumieron que, puesto que sus enemigos tenían base en el lugar, la gente del lugar también eran enemigos, y como tales los trataron.

En vano fue recibirles a la entrada de la villa con los brazos abiertos, expresando sumisión al verdadero Inca. Los guerreros exigían tributo y el tributo era lo poco que les quedaba, algo de maíz, unos pescados, sus mujeres y su sangre.

El tiempo siguió pasando, los soles se ocultaron repetidas veces tras el horizonte marino tiñendo de gualda las tardes y todo siguió más o menos igual, pero más pobres y sufridos, con menos maíz, menos pescado y más cuentas por saldar, pero sin poder decir nada, sin animarse a decir nada.


Sin embargo seguía habiendo algo en el aire, como esa sensación extraña que aparece en el Alma en los raros días que el cielo llora sus gotas de lluvia. Era cuestión de esperar y tener paciencia, la cosa cambiaria de nuevo, porque por más que el Inca amara su imperio inmutable, con las cosas firmemente atadas, cada una en su lugar, todo, absolutamente todo, alguna vez cambiaba…y volvía a cambiar y volvería a hacerlo….

Sumido en estos pensamientos, con la vista perdida en el horizonte del atardecer, mirando sin ver, no vio las blancas velas que se recortaban contra el sol y todo siguió igual en su mundo…por lo menos por un tiempo más.

© Omar R. La Rosa

Córdoba – Argentina

17 de Septiembre de 2015

viernes, 2 de octubre de 2020

Reparación. Saber esperar...

 


Reparación

 

Se paro frente a la maquina con parsimoniosa actitud.

Para desesperación del gerente, un tipo robusto de aspecto autosuficiente, físico trabajado en gimnasio y corte de pelo a la moda, se acuclillo y observo detenidamente los actuadores, luego se incorporo y tanteo el tablero, corriendo un primer programa de diagnostico.

Al cabo de unos minutos de no ver ninguna actividad el gerente preguntó

-          Y, ¿que tiene? –

-          Estoy corriendo el diagnostico – contestó él sin voltear a verlo, atento a los números y símbolos que se sucedían en la pantalla.

-          ¿Ya encontró algo?-

-          No, aun no – respondió pacientemente

-          ¿Y porque no hace algo? –

-          Estoy haciendo –

-          Pues, no se nota – acentuó esto último mirando ostentosamente su reloj.

Él levanto una ceja y desvió unos segundos su ojo derecho para mirar al gerente, pero no dijo una palabra.

El otro, cada vez más ansioso, se alejo unos pasos mientras, frente a la maquina, él giraba 15º un rotor, contemplaba los cambios, negaba con la cabeza y retornaba el rotor a su posición inicial.

-          ¿Se da cuenta lo que nos cuesta cada minuto que esa máquina no produce? –

-          Si, por eso me llamaron – y tanteo suavemente la palanca de la derecha

-          ¿Y ahora que le pasa? –

-          ….. –

-          Diga algo, contésteme, no sea mal educado – increpó

-         Cada segundo que dejo de trabajar para contestar su ansiedad sus costos aumentan… - contesto lacónicamente, disimulando la molestia que le generaban las continuas interrupciones.

Volvió a tantear la palanca de la derecha. Estaba dura y no podía moverla.

-          Déjeme a mi, parece que usted no tiene fuerza para eso – dijo el gerente con tono burlón

-          ¿Conoce esta maquina? – preguntó tratando de oponerse al gerente – Las cosas se tienen que hacer cuidadosamente – advirtió

El jefe, desechando el consejo, lo apartó despectivamente.

Si uno quería que algo se hiciera rápido tenía que hacerlo uno mismo, se dijo a sí mismo con enojo. No había llegado a ser gerente de una de las mayores multinacionales teniendo miedo de cada cosa que se movía.

-          Tengo todos los cursos hechos – retruco, más para acentuar su posición de dominio que por que le importara que el técnico lo supiera.

-          Pero, ¿la ha tocado alguna vez? – insistió desesperanzadamente el viejo técnico.

-          ¿Y eso que importa? – cuestionó mientras los poderosos músculos de sus brazos se tensaban por el esfuerzo, hasta que la palanca cedió….

La sonrisa que le causó vencer a la maquina y mostrarle al técnico que era un inútil incapaz de mover una palanca cambio bruscamente a asombro y terror, al comprobar la respuesta del artilugio.

Unos pasos más a tras el técnico, con cara de resignación lo sostuvo para que no se cayera.

-          Importa, porque no todo esta en los manuales…en fin – filosofo.

Con un leve esfuerzo lo retiro y dejo su cuerpo a un costado, aun convulsionando. Ya nada se podía hacer por él, la empresa necesitaría un nuevo gerente y él personal de maestranza para limpiar la sangre que inundaba la sala, saliendo del cuerpo del pobre hombre por el agujero que le había producido el actuador al descargarse violentamente por mover la palanca cuando aun estaba “dura”.

Llevaba años reparando esas maquinas, eran muy eficientes, pero tremendamente peligrosas si uno las apuraba.

Ya estaba viejo y cansado de ver novatos perecer…pero, así era el negocio, y él se contentaba con seguir vivo.

© Omar R. La Rosa

23/11/2019

 

lunes, 21 de septiembre de 2020

Bienvenidos...un ultimo brindis

 Entro en la gran sala con el reverencial paso que ameritaba la ocasión, los acontecimientos se habían desarrollado de forma inequívoca, pocas dudas quedaban sobre el futuro y su deber era enfrentarlo.

Por un instante recorrió la estancia con la vista, cuantos conocidos, cuantas aventuras y recuerdos revivían en aquellas caras inescrutables.

No eran los únicos, también estaban los otros, los nuevos, los desconocidos, los que jamás hubieran podido soñar siquiera con entrar allí, pero…el momento les era común a todos y nadie quedaría a salvo. Eso les daba el derecho de ingreso aunque, dadas las circunstancias, quizás preferirían no tenerlo.

Intentando disimular el gesto respiro profundamente y avanzó. No tenía sentido filosofar, era vano demorar

Se paro frente al grupo que lo miraba extrañado y hablo con la profunda voz que le era natural:

- Un día leí un libro que hablaba del fin del mundo y de tan fantástico que me pareció lo deseche.- dijo con voz fuerte, para llamar la atención de todos

Un murmullo sordo recorrió la estancia, no muchos podían decir que habían leído algún libro a parte de él.

Cuando el silencio reino continuó hablando.

- ¿Cómo iba a tomar en serio, a principios de los 80, cuando caía el muro de Berlín, que un día todos perderíamos la libertad, dependiendo de un estado que decidiría quien tenía permiso para trabajar y quién no?, - se preguntó.

- ¿Cómo tomar en serio un libro que decía que las enfermedades y pandemias campearían a su gusto por el orbe en un mundo cuya ciencia tenia dominadas casi todas las enfermedades conocidas? ¿Cómo tomar en serio un libro que hablaba de guerras generalizadas en un mundo donde con la caída de la URSS desparecía el miedo a un conflicto mundial generalizado? – recorrió los rostros de todos los presentes y continuó.

- ¿Cómo prestar atención a un libro que hablaba de cosas tan raras como aguas envenenadas, y fuego calcinando la tierra? ¿Cómo creer en un libro que decía que el mundo le daría la espalda a Dios cuando un Papa era capaz de detener una guerra o precipitar a la caída del único estado oficialmente ateo del mundo, con su sola presencia? –

- ¿Cómo creer que si, como decía el libro, estas señales se mostrarían a todos en el final de los tiempos, nadie las tomara en serio?- llegado este punto hizo un silencio y levantando la copa concluyo.

- Pues bien, pasados apenas 40 años, solo queda chocar las copas con ustedes mis compañeros de especie y brindar –

Elevándose en toda su monumental estatura, a voz en cuello, como si fuera un desafió de guerra grito:

 

- ¡Bienvenidos al fin del mundo! –

 

Acompañándolo todos elevaron sus copas y vaciaron de una sola vez el contenido de la última ración de agua pura que quedaba en el lugar.



© Omar R. La Rosa

Córdoba – Argentina

21 septiembre 2020

(Año de la pandemia)

jueves, 17 de septiembre de 2020

Sobre pestes y "otras pestes" - Charlas en la cafetería del ministerio del tiempo

 

Ciclo: Charlas en la cafetería del ministerio

 

Sobre pestes y "otras pestes”


 

En la enfermería del ministerio Julián forzaba los ojos sobre la pantalla de un microscopio electrónico, en un vano intento de ver algo más que manchas borrosas.

Era más por hacer algo que por otra cosa, porque no esperaba encontrar nada que los especialistas ya no supieran.

Cansado se recostó contra el respaldo de la silla y cerró los ojos unos momentos, cuando los volvió a abrir lo vio, ahí, parado frente a él con su sonrisa bonachona y su aspecto desalineado.

-          Buenos días rabino –

-          Buenos días muchacho ¿Qué lo tiene tan ocupado? –

-          Esta peste que nos azota – dijo, girando la pantalla para que Abrahán Levi pudiera observar.

-          Qué maravilla – expresó el médico al cabo de unos minutos de atenta contemplación.

-          Si, es increíble que algo tan chiquito pueda causar tanto daño – se lamentó resignado Julián.

-          ¿Qué? A, si, usted se refiere a la pelotita esa – indicó la imagen del “covid 19” – je, yo decía este aparato, ¡Cuantas cosas hubiese podido hacer con algo así en mi tiempo! –

-          No se crea, ya ve, nosotros lo tenemos aquí y de todos modos no logramos ganarle a un simple virus –

-          Tiene razón – e, incorporándose – Necesita descansar muchacho, viera la cara que tiene –

-          Si, quizás sea bueno tomar un descanso – aceptó el paramédico levantándose mientras pausaba el computador – venga, lo invito un café –

-          Acepto – dijo sonriente el anciano, que se había aficionado al brebaje, mientras lo acompañaba.

 

Ya en la cafetería se les unieron Pacino y Alonso, de regreso de una misión.

-          ¿De qué va compañeros? – preguntó cansado el policía, mientras literalmente se tiraba sobre una silla levantando la mano, indicándole al mozo que quería una “caña” bien fría.

Más discreto, pero igual de cansado, Alonso pidió otra cerveza.

-          Por acá, más de lo mismo – se lamento Julián - ¿Y ustedes? –

-          Nada especial, solo unos piratas que se pusieron un poco molestos. – comentó Pacino rotando la mano derecha en significativo gesto – Pero con el compañero logramos hacerlos entender – se rió al tiempo que elevaba la mano con la cerveza helada en señal de brindis, que Alonso correspondió.

-          Si, no creo que a los herejes esos les queden ganas de apropiarse de lo no que no es … - pero no termino, de pronto cayó en la cuenta de que lo de hereje no le había gustado mucho al rabino.

-          Está bien joven, no se preocupe, después de todo todas las religiones tienen los suyos – sonrió bonachonamente mientras sorbía un trago del café, evitando mencionar que, al menos en sus principios, el cristianismo era visto como una herejía judía.

-          ¿Averiguaron algo más del bicho ese de porquería? – preguntó Pacino cambiando de tema.

-          No, nada todo igual y ni modo de viajar al futuro ni recibir alguna visita desde allí con alguna pista – explico Julián, y bajando la voz, como si fuera a decir algo terrible – es como que no tuviéramos futuro –

Alonso se santiguo.

-          Claro, es lógico – tercio el rabino – esa es la característica del futuro, no existe hasta que no lo hacemos –

Con lo cual dijo algo que todos sabían y no servía para nada.

Luego de unos instantes, en que guardo silencio como si meditara en la conveniencia o no de seguir hablando, continuó.

-          Pero ese bicho no es el principal problema que tienen… –

Los tres miraron intrigados al viejo que, captada la atención, siguió explicando.

-          Pues, no es la primera vez que sucede algo así, ya ha pasado muchas veces antes y la humanidad ha salido adelante… –

-          Sí, ¿a qué precio? – le interrumpió Julián.

-          Le entiendo amigo, el costo a veces es alto, como cuando la peste negra – concedió – pero al final aprendimos como se propagaba y como cuidarnos –

-          …En el proceso perdió la vida casi media Europa…– insistió Julián.

-          Bueno, los medios eran más rudimentarios…- disculpó Abrahán mientras Alonso y Pacino escuchaban atentos - ¿No lo ve? ahora es igual…, más tarde o más temprano la humanidad siempre ha aprendido a cuidarse de las amenazas externas, lamentablemente no se puede decir lo mismo de las internas…- y dejo las palabras flotando en el aire, para darles más significancia.

-          ¿Qué quiere decir? Sea claro – pidió Alonso algo molesto. Sabido es que no es amigo de insinuaciones o medias tintas.

-          Dejando de lado los enemigos ¿Cuál es la peor amenaza en el campo de batalla? – preguntó sugestivamente.

-          El desorden – contestó sin titubear el soldado y el rabino volvió a sonreír.

-          ¿Esta criticando al gobierno? – malicio el policía terminando el último trago de cerveza.

-          Nada más lejos de mi – se atajo el judío – yo no he dicho tal cosa, solo que he estado viendo la información que maneja Julián…pobre hombre, ¿Cómo hace para sacar algo en limpio? Parece como que nadie sabe nada, pero tampoco se priva de opinar –

-          Bueno, es entendible, cada uno hace lo que puede –

-          Sí, pero el rabino tiene razón, por más buenos soldados que tengas, si no hay buenos generales la batalla está perdida – acentuó Alonso muy serio.

-          El desorden, en mis tiempos eran muy comunes los quintacolumnistas, como los llamaron luego, para sembrar desorden en los contrarios y desorientar a los enemigos – tercio Spínola, recién llegado, mientras se sentaba a la mesa sin esperar a ser invitado.

-          No siempre son “quinta columnas” – disculpó el rabino – a veces simplemente es gente de bien, desorientada –

-          Eso nosotros lo teníamos solucionado, con la Inquisición todos sabíamos para que lado se corría y España fue la primera potencia mundial de la historia – dijo Alonso, no sin orgullo, chocando copas con el duque, grande de España.

-          Bueno, también hubo otros que quisieron decirnos para que lado se corría y así nos fue – comentó Pacino comiéndose unos maníes mientras pedía otra caña…- Hablando de desorden, ¿Qué me cuentan del “Barça” –

-          ¿Futbol? Veinte afeminados con las piernas al aire corriendo atrás de una pelota ¿Cómo les puede importar tanto eso? –

-          Alonso, macho, disimula un poco eso de ser de otra época – rió Julián dándole una palmada en el hombro.

Y así la charla vario de un tópico a otro, como corresponde a una reunión después de hora hasta que

-          ¡Abrahan!, viejo sinvergüenza ¿Qué haces ahí perdiendo el tiempo con tus amigotes? –

Resignado Levi se levanto y saludo

-          Ya voy mujer ¿Quién te corre? –

Tras él todos se levantaron, cada uno a lo suyo, a seguir escribiendo el futuro, que buena falta hacia.

Córdoba – 17 de septiembre de 2020

© Omar R. La Rosa

 

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viernes, 4 de septiembre de 2020

Puesto estático 27 AA er

 

 


Nota: el original de la presente crónica se encuentra perdido, se presupone que fue escrito en Galáctico temprano (idioma completamente desconocido en la actualidad), pero no podemos saberlo ya que solo ha llegado hasta nosotros una copia de una traducción, cuyo origen desconocemos, que actualmente se encuentra en el museo de ciencias naturales de Az Ezüst (La Plata, Argentina), aunque no es posible verla pues su estado es tan endeble que su exposición al simple aire podría dañarla irremediablemente.

El acceso que hemos tenido a una digitalización de la misma es lo que nos permite transcribir la presente historia.  Nuestro agradecimiento al doctor Régi Történész por permitirnos verla.

El Editor

 

Estaban a punto de completar su año de servicio en el puesto estático 27 AA er, un remoto destacamento en la periferia de la galaxia donde nunca pasaba nada y por tanto, era el lugar ideal para unos novatos como ellos.

Cuando parecía que definitivamente así era y que en verdad no pasaba ni pasaría nada uno de los becarios, que de puro aburrido no más se puso a estudiar los últimos registros del cuadrante 27 AA er, detecto con gran sorpresa  actividad electromagnética codificada

Lo que tenia ante si era algo desconcertante, pues parecía ser artificial. Eran señales de radio de amplitud fluctuante, con un paulatino corrimiento al azul, como si la fuente emitiera cada vez a una frecuencia más alta….

En seguida solicito ayuda y junto al resto de la dotación no afectada a la preparación del relevo, se abocaron a identificar la posible fuente de las emisiones.

Luego de arduos y trabajosos manejos de telescopios e instrumental determinaron un espacio determinado, una estrella de clase G, con varios planetas orbitando a su alrededor. Desde la distancia a que se encontraban podían distinguir a por lo menos 3 de ellos, los más grandes sin duda.

El hecho de que la estrella se estuviera acercando hacia ellos explicaba la aparente disminución de las longitudes de onda de emisión. Las mismas deberían ser más bajas, pero por el efecto Doppler se hallaban corridas al azul y se iban ajustando conforme se les acercaban.

Pero había otra cosa, las señales parecían ocultarse periódicamente. Eso tendría sentido, por ejemplo, si la fuente estuviera en órbita muy cerca de la estrella, lo cual haría que la portentosa emisión de la misma eclipsara la fuente cada vez que esta estuviera en tránsito aparente delante o detrás de su disco.

Y esta sospecha los llevo a descubrir el planeta del cual parecían provenir las señales, ahí, casi en medio de la zona habitable estaba el pequeño punto de brillos azulados que periódicamente se encontraba a derecha e izquierda de la estrella.

Un pequeño planeta girando en torno a una estrella clase G, algo muy común y poco relevante para llamar la atención de nadie. De hecho, al consultar los registros apenas si encontraron alguna referencia al sistema en cuestión. Solo una nota, como al margen daba cuenta de que el año anterior(1), cuando la estrella había pasado más cerca del puesto de observación de lo que lo haría ahora, una exploración no tripulada había detectado vestigios de vida, pero nada evolucionado ni mucho menos nada que hiciera pensar que allí habría algo en proceso de desarrollo tecnológico.

Es decir que, fuera lo que fuera, en menos de un año galáctico había pasado de la casi nada al dominio de la radio…¿sería algo natural o tenían visitas desconocidas?

La pregunta era inquietante, ¿podía ser que los visitaran de otras galaxias, o que alguien estuviera “colonizando” el sector sin aviso?

Una nota de alarma se encendió en la estación, eso podía ser algo grave.

Era preocupante, si, pero no podían dar la alarma así como así, debían tener más datos, por lo que, por orden del jefe de estación, se suspendieron permisos y descansos para abocarse de lleno a la pesquisa.

Para cuando la nave de relevo llego a la estación parte del misterio estaba develado, siguiendo las leyes de la mecánica celeste la estrella se había acercado ya a su perigeo y era perfectamente “estudiable”,  fuera lo que fuera que generara la emisión estaba confinado al tercer planeta. Si algo lo había abandonado no era masivo, a lo sumo algunas avanzadas, pero nada significante.

Sin esperanzas solicito permiso para un viaje de exploración, solo ir, mirar de cerca y volver. Pero no era posible, ¡las leyes de la mecánica celeste!, el gasto extra debido a demorar la partida hacia imposible cualquier pérdida de tiempo. Otra vez seria.

Con una mescla de dolor y alegría recibieron a los compañeros que los reemplazarían, por un lado significaba que por fin regresaban a casa, por otro que debían abandonar la investigación. Era algo injusto que, después de un año de aburrimiento, cuando algo interesante pasaba tuvieran que abandonarlo.

Pero así eran los reglamentos, cuando había reemplazo, había reemplazo. Ya los nuevos continuarían el trabajo.

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Pasados los primeros días, cuando el relevo se había completado, con la dotación nueva haciéndose cargo de la estación y la vieja ya fuera de alcance, adentrándose en las profundidades de la galaxia, alguien retomo la tarea de seguir la extraña emisión estudiada por sus antecesores.

Con profesional actitud revisaron datos, corrieron proyecciones y fijaron los instrumentos en la nueva posición indicada para la estrella en cuestión.

Según los informes las señales provenientes del tercer planeta que la orbitaba habían evolucionado rápidamente del estadio analógico al digital. Eso era lo que se veía en los registros, apenas pasado el perigeo la actividad radio eléctrica detectada era abundante y evolucionada…era posible seguir las mismas, haciendo los correspondientes correcciones para compensar el corrimiento al rojo, por la velocidad de alejamiento de la fuente, hasta el punto donde los estudios se habían interrumpido por las tareas de relevo.

Siguiendo los protocolos retomó los trabajos, pero sus resultados fueron decepcionantes. No había nada que estudiar.

Preocupado reviso varias veces los cálculos y, con ayuda de algún compañero que le cedió algo de su tiempo libre, los volvió a rehacer, todo para confirmar que eran correctos, la estrella era la correcta, los instrumentos estaban trabajando normalmente, todo estaba bien, pero allí no había nada. Si había habido alguna señal inteligente ya no existía, por lo menos no de la forma en que había sido descubierta, ni en ninguna otra que ellos investigaran.

Por fin, al cabo de varios días, el asunto perdió interés. Había mucho que hacer como para seguir la trayectoria de una común estrella de tipo G que se alejaba de ellos silenciosamente.

Ya habría oportunidad de estudiarla nuevamente cuando regresara a ellos dentro de casi un año, antes del próximo relevo.

© Omar R. La Rosa

Córdoba – Argentina – 23/11/2019

 

(1)    Año galáctico, tiempo que tarda el sol en completar una órbita en torno al centro de la galaxia, entre 225 y 250 millones de años << volver


sábado, 29 de agosto de 2020

De abuelos y nietos - uno es como es

 

Los achaques de la edad ya empezaban a apagar su fuego. Más allá del deterioro del cuerpo, lo que más lo aquejaba era el deterioro del alma. Estaba en esa edad donde los hombres tienen más pasado que futuro, más recuerdos que esperanzas, esa edad donde los nietos se transforman en ese brote verde de invierno que predice la primavera, aunque se sepa que posiblemente uno no la vea.

Y ese era su mayor dolor, la ausencia de esos “brotes verdes” no había nada que deseara más que los nietos que no tenia.

-          Hola, pa – saludo la nena

La nena, en que hermosa mujer se había convertido, que hermosos hijos podría tener, pero

-          Pasa, pasa, no seas tonta – llamo a la mujer que la acompañaba.

-          Pa, ella es Mara, mi novia –

-          Mara, papá –

-          Hola hija, al fin llegaron – saludó Elena y, mirando a Alonso.


-          Bueno en la heladera está lo que quedo del almuerzo, si quieres lo puedes calentar para cenar. Nostras cenaremos fuera –

-          ¿Pero? ¿Os vais las dos…tres? –

-          Noche de chicas – Saludaron mientras se reían estruendosamente dejándolo solo,  hundiéndose un poco más en el sillón de la sala, frente al televisor.

De pronto comenzó a sentirse mal, una transpiración fría le inundo la frente y una fuerte angustia le atenazo la garganta.

                Como pudo, solo, se incorporo para tomar un vaso de agua y luego recostarse en la cama hecho un ovillo, mientras un llanto amargo y mudo le inundaba los ojos

-          Me estoy muriendo en la cama – pensó e, instintivamente, trato de levantarse, tenía que calzarse las botas al menos…pero no pudo, las fuerzas le fallaron.

                Fueron los golpes en la puerta los que lo devolvieron a la realidad.

                No le fue fácil incorporase, estaba oscuro y a tientas, como pudo, llego hasta ella, pero del otro lado no había nadie…

                Extrañado volvió a cerrar y, al pasar por la sala, apago la pantalla, que había dejado encendida. En el silencio que inundo el lugar pudo volver a escuchar ruidos, como de alguien que hacia fuerza para abrir una puerta…en el dormitorio de Elena.

                Sobre saltado tomo una cuchilla de la cocina y caminó a la habitación, justo para ver como una persona extrañamente vestida corría el arcón que Elena había dejado fuera del placar, apoyado contra la puerta.

-          ¿Abuelo? – le interrogó con dudas el gallardo joven que salió del armario.

-          ¿Quién sois? –

-          Pues, si vuestra merced es Alonso de Entrerríos y mi padre no me mintió… vuestro nieto señor – saludó el hombre haciendo una profundad reverencia que le hizo recordar su pasada juventud.

-         
No me hagáis chanzas, sabéis bien que mi hija ha decidido no tener niños y mi sangre muere con migo – confesó extrañamente indefenso, bajando la cuchilla, resignado ante lo que, de todos modos veía cerca.

-          Pues, no vos no seréis la ultima sangre, porque yo soy semilla de vuestra semilla, pero si no me ayudáis pronto yo si lo seré –

-          ¿Qué dices imbécil? – se enojó.

-          Que los holandeses capturaron a los sobrevivientes de nuestro barco y los ajusticiaran si no los socorremos –

-          ¿Holandeses, Ingleses? Qué más da, esos mal nacidos están tan muertos como nosotros. Años combatiéndolos para después ver como España misma se abandonaba a su perfidia –

-          ¿De que habláis anciano? ¿No me digáis que los que me advirtieron que ya no erais el que supisteis ser tenían razón? – Se cuestionó al borde de la desesperación. - ¡¿ Acaso he dejado a mi hijo a punto de morir junto a su madre y me he arriesgado en vano al meterme en esa puerta del demonio para venir a buscaros?!  -

-          ¿Qué has dicho? –

-          ¡Que vine a buscar a un soldado de los tercios no a un anciano blando y loco! –

-          No, no eso no. ¿Cómo llegasteis aquí?- repreguntó haciendo un gesto con la mano, descartando lo de “viejo loco”.

-          No tengo la menor idea – y se santiguo al decirlo – solo me deje empujar a una puerta y aparecí aquí. Dios me perdone, estoy desesperado – casi lloro de la ira contenida.

-          ¿Y de donde dices que vienes? –

-          No os lo he dicho. Vengo de Manila –

-          ¿Las Filipinas? ¿Qué ha pasado? –

-          Estábamos en puerto con mi mujer e hijo cuando el mal nacido pirata Olivier  van Noort(1) ataco la ciudad –

-          ¿Van Noort…? ¡Perro Holandés!, ¡Maldito hereje! – insultó escupiendo el suelo.

En los apagados ojos del soldado una luz volvió a brillar.

-          El mismo ¿lo conocéis? –

-          No, no, pero me encantara conocerlo. Espera aquí, ya me contaras en el viaje – pidió mientras salía.

Fue hasta la habitación de al lado, donde normalmente mal dormía y regreso ataviado como el Alonso de Entrerríos que había sido.

-          Vamos, vamos apuro - santiguándose  feliz al entrar en la puerta por la cual apareciera su nieto.

(c) El Escribiente

Omar R. La Rosa 

(1)    Oliver van Noort, pirata Holandés ataco Manila en octubre del 1600





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