sábado, 17 de febrero de 2018

Restos


Restos

Trabajosamente trepo la colina, y luego la bajo.
Con el dorso de la mano se quito la transpiración que le cubría la frente a causa del intenso calor.
Más de una vez había preguntado ¿Por qué debían caminar? Y más de una vez se lo habían explicado. Las razones eran valederas, sin lugar a dudas, pero teniendo medios aéreos para desplazarse tener que hacerlo a pie era enojoso. Pero era la única forma de ser todo lo cuidadosos que los trabajos de arqueología requerían.
A sus pies las aguas lamían la parte seca de la placa continental sobre la cual se hallaba parado, Al otro lado era fácilmente divisable la otra orilla, asentada en la placa continental que lenta e inexorable se apartaba de la que él pisaba, como lo había hecho desde antes de que el mar invadiera la hondonada que ahora ocupaba. Desde miles de años atrás, cuando la paulatinamente creciente falla continental aun no había sido inundada por el agua.
¿Cómo habría sido el paisaje antes? Reflexiono y se sentó a la sombra de un raquítico arbusto, pensando mientras con un palito dibujaba círculos en la arena de la playa.
¿Habrá sido un lugar fértil?, se preguntó.
¿Algún río de agua dulce correría por la, en esos tiempos, seca hondonada para descargar sus aguas en alguna laguna salitrosa? Seguramente, aunque a lo mejor no fuera permanentemente, quizás solo durante las lluvias.
¿Habrá habido hombres que construyeran ciudades a orillas de ese río? Eso también era posible, en las orillas del río o en sus cercanías. El agua es indispensable para la vida.
¿Y guerras por esas ciudades? De eso si podía estar seguro. Si había algo que parecía ser constante en la historia de la humanidad eso era la guerra. No importaban los motivos, que siempre los había.
Cerró los ojos unos instantes y pensó como habrá sido eso allí. Con la cantidad de restos que llevaban recolectados no tenía dudas que había habido muchas guerras. Quizás la zona, cuando el nuevo mar aun no existía, habría sido una especie de encrucijada o algo así, pues parecía haber restos de todos partes del mundo.
Quién sabe, quizás alguno de los grupos de hombres que habitaran el lugar hubiesen concebido la idea de ser superiores a los demás por el solo hecho de vivir allí, pudieron pensar que esa tierra les pertenecía por derecho divino…eso también era algo normal, las gentes tendían a considerase favorecidas por la divinidad, esto las reconfortaba y les daba razones para poder matar a todos los que quisieran compartir en lugar con ellos. Si la divinidad les había hecho nacer en otro lugar era porque no eran dignos  de vivir allí y pretender eso era directamente una ofensa contra el dios.
Con un poco de imaginación pudo ver los distintos ejércitos entrando y saliendo del lugar. En paso para otros destinos, conquistando y siendo conquistados.
Carros, tirados por caballos. Tanques, aviones, misiles, guerrilleros y guerreros matando y muriendo mientras sus jefes los veían desde la seguridad de sus despachos, tronos, refujios…
¡Ah la soberbia! Cuanto había sufrido la humanidad por ella.
Le empezó a doler la cabeza, le pasaba siempre que sus pensamientos lo llevaban a campos que no eran los de él. Él era un simple recolector, el trabajo de analizar lo que él y los otros como él recolectaban les correspondía a otros.
Con resignación se incorporo dejando el pobre reparo que brindaba el arbusto. Tomo un sorbo de agua de su cantimplora y continúo su trabajo, como tantos otros que, al igual que él, rastrillaban la zona.
Sin embargo la idea de las guerras que se pudieran haber librado en la zona no abandono del todo su mente.
Unos quince minutos después, al tomar un respiro mientras mojaba sus pies en el nuevo mar se rió pensando en aquello
¡Qué tonto habría sido todo, viendo lo que veía ahora!
¿Qué pensarían los hombres que pelearon esas guerras si pudieran ver lo efímero de sus esfuerzos? Tanto trabajo para terminar convertidos en arena bajo un mar aun en formación.
Una piedra donde resaltaban unas inscripciones, como si fueran en renglones escritos, en los cuales se veía “ ירושלים “,“Ιερουσαλήμ”,”Jerusa..” (El ultimo renglón estaba roto y faltaba una parte) llamo su atención al ser movida por las suaves olas del aun angosto mar, seguro algo significarían. La recogió, la guardo en su morral y se desentendió, ya habría otros que se ocuparan de estudiarlas.


jueves, 25 de enero de 2018

El Asustador de Chicos

El asustador de chicos

                El día promediaba la tarde. En el cielo un sol amarillo pálido entibiaba el aire invernal invitando a dormitar la siesta en alguno de los varios bancos de la plaza, por lo que, no teniendo nada más importante que hacer, decidió regalarse con ese pequeño gran placer de dejarse llevar en brazos de Morfeo arropado con la manta de Febo.
                Así buscó un banco cualquiera, mitad al sol, mitad a la sombra, se sentó y entrecerrando los ojos comenzó a soñar. De a poco, la conciencia abandonó su mente dejando lugar para las imágenes del ensueño.
                Imágenes de recuerdos pasados, de cuando era joven y tenía toda la fuerza y prestancia del comienzo de la vida, de cuando su presencia no causaba rechazo y se sentía, si no querido, por lo menos no rechazado. Le llegaban, junto con las imágenes, aromas y sonidos queridos, del viento en la sierras, durante un picnic del día de la primavera, la sonrisa de Martina, siempre tan tentadora e inalcanzable, la única que lo miraba con esos ojos que a él le hacían sentir el alma chiquita y la lengua dura…
                Sacudió la cabeza en un vano intento de apartar las ideas del rumbo que empezaban a tomar, no quería recordar su pasado, solo quería dormitar un rato al sol. Pero la memoria, cuando se la libera de la conciencia, suele ser muy difícil de manejar, y de a poco siguieron sucediéndose imágenes, la mayoría poco felices, mostrándole nuevamente, en una sucesión digna de un varieté barato, de mala calidad, las imágenes de sus fracasos, porque, ahora, al final de sus días, pasada ya la época de la esperanza, época en la que, a cada fracaso uno le puede anteponer un proyecto nuevo y la esperanza de un próximo triunfo, tenía que admitir que era un fracasado. De todos las cosas que había encarado en la vida nada le había salido bien….todo había sido una sucesión de fracasos que lo habían convertido en lo que era hoy, un viejo feo y huraño, sin amigos ni familia, una de esas personas de las que se dice que, el día que se mueran, tendrán que hacerle el ataúd con las manijas para adentro, porque no habrá nadie que lo cargue para trasladarlo a la última morada.
                De pronto una briza fresca le trajo la conciencia nuevamente, el sol, en su diario y eterno derrotero, se había movido como para que la sombra del ciprés le alcanzara, privándolo de su calor. Por lo que tuvo que moverse unos centímetros para recuperarlo.
                Pero ya era tarde, aunque cerró los ojos no volvió a dormirse, lo que, al final no era tan malo, porque los sueños no eran buenos. Sin embargo no pudo menos que seguir las reflexiones de lo que había estado recordando y, quizás contra su voluntad, dejo escapar una sonrisa al tomar conciencia de lo que hacía hora, porque si bien se podía decir que era un fracasado no se podía decir que fuera un cobarde ya que, a pesar de los continuos contratiempos, jamás había dejado de pelear. Nunca le había dado vuelta la cara a la vida, y con las pocas herramientas que esta le dejara disponibles, o aun inventado las que podía cuando la vida nada le daba, siempre la había peleado.
                Así es como había encontrado su actual profesión. Todo había empezado, como la mayoría de las cosas, por casualidad, así, una tarde, mientras pasaba solo, como de costumbre, por una plaza muy parecida a esa, había visto a una joven mamá llevar una lucha desigual, en la cual salía perdidosa a todas luces, contra un pequeño rapaz de no más de 3 años, que quería soltarse de la mano de ella para ir a correr la palomas. Se quedó unos minutos observando hasta que se decidió a actuar, entonces se acercó despacito a la pareja y, poniendo su voz más grave dijo: - Señora, permítame presentarme, soy el hombre de la bolsa y, si el niño se suelta de su mano tendré que llevármelo – esto último lo dijo mirando fijamente a los ojos del chico, que se agarró fuertemente a su madre, no fuera a ser cierto eso que decía ese hombre tan viejo y feo. Luego de logrado el efecto y solucionado el problema se dio vuelta y se marcho, con una sensación similar a la que debe de haber sentido el Quijote al solucionar uno de sus famosos entuertos. Por su puesto también lo hizo para no ver la cara de la madre, que tenía una expresión muy parecida a la del chico, pero en fin, no hay victoria sin perdida y lo importante era que el chico había dejado de pelear y la madre lo tenía más tranquilo.
                Y pensando en eso fue que se dio cuenta que era bueno para algo, y que tenia, nuevamente, algo útil que hacer, “asustar chicos”. Y así se había convertido en lo que era ahora, el asustador de chicos de esa plaza.
                A partir de ese día todas las tardes volvía a esa plaza y se ocupaba de asustar a los chicos que se portaban mal.
                Al principio las madres lo miraban con recelo, pero luego, conforme vieron que era inofensivo, y a hasta útil, empezaron a ser amables con él, aunque no mucho, solo lo suficiente para hacerle saber que apreciaban tener al “hombre de la bolsa” a mano para convencer a sus díscolos retoños cuando estos se ponían más pesados que de costumbre.
                Sin embargo no podía decir que le gustara ser un asustador de chicos, daría la mitad de lo que le quedaba de vida por tener un chico que le regalara una sonrisa, pero, en fin, por lo menos parecía haber encontrado algo en lo que era bueno, como si al final de sus días hubiese encontrado la formula del éxito, y ese pensamiento, la sensación de triunfo, le daba un paliativo a su pobre alma, casi la felicidad del triunfo.
                El solcito estaba volviendo a adormecerlo cuando una pequeña presión, casi imperceptible, le sacudió muy suavecito la mano. Primero no le presto atención, pensando que tan solo seria que la mano se le estaba quedando dormida, con los problemas circulatorios eso no era raro, pero, como después de un rato la presión no solo continuaba si no que, evidentemente, le sacudía la mano, no tuvo más remedio que abrir un ojo para espiar que era aquello.
                De haber tenido otra cara con seguridad se le habría notado la sorpresa, pues la presión que sentía en el dedo índice de la mano izquierda provenía de una manita casi diminuta, que a su vez pertenecía a una pequeña niña, de dorados cabellos y claros ojos, que, con total desfachatez lo miraba fijamente.
                Habrase visto semejante gesto.  En todos los años que llevaba como asustador de chicos nunca nadie se había atrevido a tanto. La sola presencia de esa niña apretando su dedo estaba haciendo tambalear esa imagen  de asustador de chicos que tan firme parecía ser. Esto no podía ser así que abriendo grandemente los dos ojos y mirando fijamente a la niña dijo: Buuuuu….
                Eso solo, normalmente, habría bastado para alejar de allí al más osado de los rapaces, pero… la niñita seguía allí.
                No solo seguía allí, si no que, con la otra mano le hacia señas para que se acercara.
                Perplejo no pudo hacer otra cosa más que obedecer y ahí fue donde ocurrió aquella cosa tan increíble, cuando su cara estuvo cerca de la nena, esta le dio un beso en la mejilla…
                La boca se le abrió como a un tonto y el alma se le plegó como un pañuelo.
                ¡Martina!, sonó la voz de la madre llamando.
                La niñita soltó el dedo, se dio media vuelta y salió saltando hacia ella.
El siguió con la boca abierta un rato largo.
Había vuelto a fracasar….y eso lo había hecho tremendamente feliz.
               

               
               


miércoles, 10 de enero de 2018

Ecuador al Sur - un viaje al destino

Ecuador al Sur

Hasta el alba, un tiempo antes de la primera claridad, el cielo había estado completamente despejado, mostrando en toda su grandeza ese espectacular rosario de luces en que era tan difícil encontrar las estrellas que le habían sido conocidas de su niñez, las que le  habían acompañado toda la vida, hasta que se había hecho a la mar persiguiendo la quimera del nuevo mundo.
-Vamos chaval, que allí llegas y te llenas de oro- le decían unos
-Que las mujeres son hermosas y deseosas de complacerte- oía decir a otros, mientras trapeaba el piso de alguna taberna del puerto.
-Que todo es aventura- decían otros más.
Y, quizás lo más importante,
-Que no volverás a pasar hambre, coños- afirmaba alguien con total seguridad mientras se frotaba el voluminoso vientre.
-Que allí tiras una semilla y cosechas 100, así de rica es la tierra- decía alguien mientras supervisaba la estiva de bolsas de trigo
-Que si sueltas una vaca, cuando la vas a buscar ya viene con el becerro al lado- aventuraba otro que se disponía a embarcar con su familia
-Que, a poco de andar, te consigues un terrenito y ya no dependes más de nadie, eres tú propio Señor- Comentaban entres si dos que en Castilla no eran más que peones de campo y en América se habían convertido en terratenientes….
Su señor…su propio dueño….no volver a pasar hambre, tener mujer. Qué bien sonaba aquello y que cerca parecía, que si era cuestión de estirar la mano y tomarlo…
Por su puesto él sabía que no era tan así, que América estaba muy lejos, como a tres meses de navegación, pero, bien decía la conseja, el camino se hace andando….y comenzar a andar era empezar a llegar.
Y así fue todo uno. Andar por el puerto de Sevilla, revisando en la basura, buscando que comer, escapando de la hermandad, oír el llamado del reclutador y anotarse.
Así, una hermosa mañana de Abril levaron anclas, proa al Atlántico profundo, dejando atrás la España de su niñez, y poco más, pues ni padre ni madre tenía, y, si tenía hermanos no lo sabía, pues hacía años que no tenía noticias de ellos.
De apoco su vida comenzó a cambiar, aunque duro el trabajo, había camaradería y ¡se comía dos veces todos los días!.
 Conforme pasaban los días y el viento el soplaba, los kilómetros se hacían y Europa se desdibujaba.
Como todos los cambios graduales, uno no los advierte hasta que ya son significativos, pasado un largo tiempo. Primero era una leve deriva, poco a poco unas estrellas se acostaban sobre el septentrión mientras que, lenta, muy lentamente, otras se levantaban por el horizonte sur…hasta que, como si pasara de pronto, uno se encontraba que el ecuador estaba sobre su cabeza, y a poco de andar, zas, el cielo había cambiado por completo.
Así eran las cosas en este lado del mundo, al cruzar el Ecuador todo se daba vueltas, las constelaciones cambiaban, los continentes cambiaban, los hombres cambiaban.
Lo único que parecía no cambiar eran los cambios de tiempo. Acá como allá de pronto el barómetro empezaba a bajar, el cielo se cubría y las estrellas desaparecían. Las nubes ganaban la batalla y lo festejaban con despilfarro de luces, colores y ruidos. Truenos y relámpagos preanunciaban la lluvia y los vientos, que a veces eran suaves e inofensivos y otras se volvían fuertes y temibles.
Perdido en la soledad del carajo, con casi todos durmiendo bajo cubierta porque la estación era fría y la latitud relativamente alta, el alma se le acurrucaba en el corazón ante la vista de tanta imponencia.
Atado al mástil, para minimizar el riesgo de una caída, acompañaba el bamboleo del barco, a babor a estribor, a babor de nuevo y de nuevo a estribor, como si fuera de regreso a la casa con unos cuantos vinos de más, en medio de una oscuridad cerrada, solo interrumpida esporádicamente por los relámpagos.
Allá arriba, sin estrellas que ver, solo, cumpliendo su deber de vigilar la costa, que ya no se veía sino que apenas se adivinaba, como una nube baja, cerca del horizonte, libraba batalla con la naturaleza para ayudar a mantener a flote ese halito de vida en que se agrupaban todos.
En vano esforzaba sus ojos, aun jóvenes, para ver la costa, más que la costa, las olas que rompían cerca de ella avisando de la presencia de piedras sumergidas y otros escollos letales, todo era olas y espuma, acá y allá las olas se elevaban dantescas, temibles….pero el barco resistía, era una buena nave, muy marinera, que ya había sorteado otras tormentas, no había nada que temer, pronto pasaría todo y entrarían en puerto en ese bajo y traicionero puerto de Santa María de los Buenos Aires, bien adentro del rio de la Plata, desde allí podría seguir camino hacia el Perú, o hacia las misiones Jesuíticas del Paraguay, o conchabarse en alguna estancia del lugar….ya vería, con no más de 20 años, fuerte y con buena salud, el mundo era todo una promesa.
En la inmensa soledad del puesto de vigía, con muchas horas de estar atado y sin posibilidad de ser reemplazado hasta que la tormenta amainara, el exceso de presión actúa como sedante, el alma dice que solo es cuestión de aguantar un poco más, que Dios no dejara que le pase nada, que los parpados se caen y solo el sacudir del barco los abre, que el frio del agua te insensibiliza, que el viento helado te atonta, que la imagen del sol sobre los campos futuros te seduce….que la vista de la bella muchacha que te llama y desaparece cuando abres los ojos te pide que sigas soñando….que la costa es imposible de ver…
Que la nave se sacude más fuerte que de costumbre, que sientes que la cabeza te estalla con un golpe que no sabes que o quien te da, que la muchacha te llama y te ofrece un buen plato de cocido, que tanto necesitas para sacarte el frio, que abajo todos gritan, que la muchacha te ofrece una jarra de fresca agua y que tu, asustado, rechazas bruscamente, que la jarra se rompe y el agua te moja la cara, te llena la boca, los pulmones, y quieres huir, pero estas atado y luchas….y la muchacha que te llama de nuevo y te pide le sigas, y quieres ir con ella, pero estas atado….y la ves como se va y las promesas que se van con ella, y en un último acto de dramatismo levantas la vista y ahí están de nuevo las estrellas, pero no las de este lado del Ecuador, si no las otras, las del lado norte, las tuyas, las de Castilla, y lo último que oyes es el rugir de las olas y el silencio profundo del mar que lo aplasta todo.



jueves, 28 de diciembre de 2017

Entrevero real - relato intermedio entre dos misiones

Nota: (a modo de prologo)
En el final de “tiempo de realeza….”(ver: https://ytusarg.blogspot.com.ar/2017/01/) los agentes del ministerio, en el despacho de Salvador, se preparan a partir hacia su nueva misión, verificar que hay de cierto en un informe llegado del sur de la provincia del Tucumán, virreinato del Perú, en el año 1573 cuando….
El escribiente
Entrevero real
Aun resonaban los pasos de Marcus, el Bizantino que sería el primer jefe del primer Ministerio del Tiempo de occidente, ese que acababa de crear Constantino ni bien regresado a Nueva Roma (ciudad que años después sería conocida con su nombre)  luego de haber asistido al pesebre de Belén, cuando Angustias había entrado con el aviso de que don Jerónimo Luis de Cabrera podría no llegar a tiempo para la fundación de su ciudad de Córdoba de la Nueva Andalucía, en la época que esa zona estaba bajo el gobierno de Lima, capital de Virreinato del Perú.
Mientras en la oficina de Salvador, este y Ernesto informaban  a la patrulla lo que se sabía de la ciudad a la que tendrían que ir y los personajes con los que tendrían que interactuar, un gran barullo, proveniente de los pasillos, llamo la atención de todos.
-        ¿Sera de Dios que uno no puede trabajar en paz aquí? – cuestiono Salvador bastante molesto
-        Ernesto, vaya a ver qué pasa, ¿quiere? – pidió, pero no hizo falta ni que saliera, porque cuando estaba tomando la manija de la puerta, entro Angustias, más alterada que la vez anterior
-        Vengan a ver lo que pasa, hay unos tipos rarísimos ahí fuera, ¡y miren que conozco gente rara! Sin aludir a ninguno – se disculpo al tomar consciencia de lo que había dicho.
No se hicieron repetir la invitación. Todos a uno salieron de la oficina, en el pasillo había un mundo de gente. Había allí funcionarios de todas la aéreas y épocas. Todos presos de una gran excitación
-        ¡¿Qué es esto?! – interrogo Salvador en voz alta, con poco éxito.
-        ¿De qué va compañero? – preguntó Alonso a un soldado que paso a su lado rumbo al túnel de las puertas
-        No sé bien, pero parece que han detenido a unos aristócratas con una cantidad enorme de contrabando –
-        Y lo están regalando -  agrego un funcionario que pasaba por allí, vestido de tonelero del siglo XVI
-        ¿Contrabando temporal? – Pregunto Pacino, pero nadie respondió, los soldados llevaban prisa.
A duras penas lograron llegar a la entrada al túnel, una vez flanqueada está la cosa se puso algo más tranquila, si se quiere.
La imagen era disparatada, arrinconados contra una puerta había tres sujetos estrafalariamente vestidos, rodeados por agentes de la guardia real que les apuntaban con sus armas mientras los últimos funcionarios, desalojados por los guardias, abandonaban el lugar con lo que habían logrado agarrar de lo que repartían los sujetos.
-        ¿Qué está pasando aquí capitán? –
-        Aun no lo sabemos a Señor -  contesto el oficial cuadrándose ante Salvador
-        Puede haber sido una falla de seguridad o un error –
-        Si, si, pero ¿de qué se trata? ¿Quiénes son esos? –
-        Estamos averiguando, pueden ser terroristas del ISIS –
-        ¿Terroristas del ISIS aquí? – se preocupo Amelia
-        Pues sí, es algo raro, dicen ser Persas…aunque parecen no saber quién es Ala –
-        ¿Cómo? – Pregunto Pacino
-        Pues, eso fue los que no dijo Ender el turco, que está haciendo de traductor – aclaró el oficial.
Entonces cayeron en la cuenta de que junto a los tres hombres había un cuarto, que era quien traducía como podía lo que estos decían
-        ¿En qué hablan estos? – Indago Alonso, que, como la mayoría, no entendía palabra
-        Parece que en Arameo – susurro Ernesto
-        ¿Usted lo habla? –
-        No, solo lo entiendo un poco – se disculpó – me parece que no he sido tan buen alumno como parece –
-        Dejen escuchar – pidió Amelia

Salvador, ya al lado del traductor, estaba tratando de conversar con los extraños.
Los demás hicieron silencio y pararon la oreja para no perder detalle, aunque poco o nada lograron entender.
Al cabo de unos minutos Salvador, visiblemente molesto pidió a los extraños que vaciaran las bolsas que llevaban. Ellos lo hicieron sin oposición alguna.
-        Ve – dijo uno de los guardias
-        No sabemos como lo hacen, pero las veces anteriores fue igual. A los pocos segundos las bolsas se vuelven a llenar –
-        ¿Solo con juguetes? –
-        Si, por lo menos no hemos podido ver otra cosa. Muchos de los juguetes fueron llevados al laboratorio para analizarlos, por si encuentran algo oculto o disimulado en ellos. –
-        ¿Y? –
-        Hasta ahora, nada de nada –
-        Esto no tiene sentido – meneo la cabeza
-        Llévenlos a mi oficina y que traigan alguien que domine este idioma – ordenó mientras salía del túnel.
Unos minutos después, con los extraños en la oficina y ya restablecido el orden en el ministerio, con todos los agentes abocados a sus trabajos, la pesquisa continuo
-        Mientras esperamos que llegue la gente que nos envían desde la Complutense repasemos la situación – pidió Salvador
-        Pues, a lo que parece, estos señores son del año 6 ó 7 antes de Cristo – afirmo Ernesto, mientras los aludidos asentían
-        Y dicen ser de oriente, posiblemente lo que hoy conocemos como Irán, que para esa época era Partia –
-        Por lo tanto serian anteriores a los musulmanes…de allí su desconocimiento –
-        Es lo que hemos estado diciendo desde el principio – aclaro en perfecto español uno de los tres, dejando asombrados a todos
-        ¿Qué? ¿Qué ha dicho? – le pregunto Salvador sorprendido
-        Que somod persas y no tenemos ni idea de quién sea el Ala ese que tanto parce preocuparles –
-        Sí, sí, eso está claro, lo que pregunto es ¿Cómo habláis nuestra lengua? –
-        Pues, porque la hemos aprendido, viendo que vosotros no lograbais entender lo que decíamos no tuvimos más remedio – tercio otro de ellos.
-        ¿Cuándo?¿cómo? –pregunto Ernesto, mientras Salvador hablaba por el intercomunicador con Angustias, pidiendo que cancelen el pedido del lingüista
-        Sencillo señor – intervino el tercero – es parte de nuestro trabajo hacerlo, por eso dicen que somos sabios –
-        ¿Tres hombres vestidos con ropajes suntuosos, provenientes del lejano oriente y sabios…? – medito Pacino en voz alta
-        ¿No serán los reyes magos? – y dejó la pregunta flotando en el aire
-        Nosotros no somos magos – indico uno de los aludidos, sin que nadie prestara mucha atención, pues estaban todos sorprendidos de las implicancias de lo que acababa de decir Pacino.
Si estos eran los verdaderos reyes magos, a los que ellos habían sustituido en el viaje hecho a Belén en compañía del emperador Constantino, podían haber alterado seriamente la historia.
-        No, tranquilos, si eso hubiera pasado ustedes deberían haberlo notado al llegar aquí – aclaro Ernesto
-        Cierto -  acordó Amelia
-        Si hubiese habido un cambio no nos hubiese afectado a nosotros, pues estábamos en otra época, y deberíamos haber notado las diferencias al regresar. ¿no? -
-        A parte, la historia dice que llevaron Oro, Incienso y Mirra. Tal como escribió Mateo luego de ver los regalos que llevamos – afirmo Pacino recordando lo pasado en el pesebre.
-        Y esta gente solo trae juguetes –
-        Pues claro, ¿Quién regalaría otra cosa a un niño? – preguntó con asombro uno de los tres
-        Unos magos que vinieran a adora a Dios – Sentencio Ernesto
-        Esos serian los regalos adecuados para él ¿no es así? – dijo Alonso, que casi no había hablado aun, recordando lo aprendido en la catequesis.
-        Claro, oro por ser rey, Incienso por ser una divinidad y mirra por su condición de hombre –
-        Leéis demasiados libros – cuestiono uno de los sabios
-        ¿En qué cabeza cabe hacer regalos tan raros para un niño? – indico otro
-        Pues… - dudo Angustias, que acaba de entrar trayendo café.
-        Señores, los niños necesitan juguetes. Fantasías que les ayuden a crecer antes de tener que enfrentar los problemas de este mundo –
-        ¿Por qué privarles de eso? – preguntó el de la larga barba blanca
-        Pero se trata de Jesús – Cuestiono Salvador
-        Sí, pero no todavía el que cambiara el mundo – planteo de piel más morena.
-        Sí podría ser el nietito de cualquiera de nosotros – comento el de la barba, mientras sacaba un retrato de un niño del interior de una cartera que llevaba en un bolsillo.
-        Pero es…seria un nieto muy especial… - objeto Ernesto
-        ¿Qué tendría de distinto con cualquier otro nieto? –
-        Si ustedes hubiesen estado allí, sin saber nada de lo que saben, ¿Cómo podrían decir cuál de todos los niños del momento era Jesús? –
-        Es lo que le paso a Herodes, Dios lo perdone – indico el tercer rey
-        Ahora es igual, ¿Quién puede decir si alguno de los niños que hoy hay no es un nuevo Jesús? –
-        Todos, cuando somos niños, somos pequeños “Jesuses”…después el tiempo….bueno…pero eso es otra cosa, nosotros no podemos saber quién será que, así que llevamos regalos para todos –
-        Si se quiere es nuestro acto de fe para con la humanidad –
El silencio se hizo en la oficina
Al cabo de unos minutos lo rompió Pacino con tremenda lógica
-        ¿Qué hacemos ahora? –
-        Dejarnos ir sin más –
-        ¿Qué? –
-        Pues eso, dejarnos ir –
-        No tenéis idea de adonde estáis –
-        O si, si que la tenemos, estamos en el 2018 en Madrid. Pero igual podría ser Constantinopla, Jerusalén o Buenos Aires –
-        Conocemos estas puertas mejor que ustedes – elevo la apuesta
-        ¿O como creéis que hacemos para llevar tantos juguetes a tantos niños en tanto lugares del mundo? –
-        ¿Con los renos mal olientes del gordo ese que nos hace competencia? – gesticulo Baltasar tapándose la nariz con los dedos de una mano y aventando con la otra.
La risa que siguió a esta ocurrencia se hizo general, distendiendo la situación.
Salvador se arrellano en su sillón y dio su visto bueno con las manos, en un gesto muy de él.
Había cosas que mejor dejar como estaban.
Minutos después, luego de abandonar las oficinas del ministerio del tiempo, ya cruzando su primera puerta hacia otro lugar…
-        ¡Qué viejo zorro que resulto el Constantino ese! –
-        Digno heredero de Augusto – afirmó otro
-        No ha sido nada dejarle ocupar nuestro lugar en el pesebre a cambio del dato de estas puertas mágicas –
-        Así es. Buen negocio sin lugar a dudas – Afirmo Melchor
-        Con un poco de suerte habremos terminado nuestro trabajo antes que salga el sol y podre irme a la playa, lejos del frio – rio Gaspar
-        ¿Se dan cuenta de la cantidad de kilómetros que nos ahorramos de hacer a lomos de esos mal llevados camellos? –
-        Bichos de mal carácter – rieron mientras dejaban un regalo en los zapatitos del niño que dormía en una casa…..







sábado, 11 de noviembre de 2017

Tiempo de Resistencia - Parte 8 – En el pozo ( fanfic nº 7 - continuación)

Tiempo de Resistencia – fanfic nº 7 (continuación)


Parte 8 – En el pozo

A la carrera, esquivando proyectiles, saltando de un lugar a otro cuidando de no exponerse a la metralla seguían a Pacino, que corría como alma que la lleva el diablo, tras las indicaciones del GPS temporal que los guiaba a la puerta que, según creían, había logrado abrir Amelia para sacarlos de allí, pero no lo alcanzaron.

Pacino no lo noto hasta que fue tarde.

En su urgencia atravesó lo que, a simple vista, aparecía como la puerta de un granero
Ni bien la cruzo esta se cerró y desapareció dejando a Alonso y Julián en los campos de El Biutz.(1)
Pacino, en su apuro, siguió corriendo una buena veintena de metros antes de advertir el extraño entorno que lo rodeaba.

Se detuvo en medio de un verde prado y, doblado sobre sus rodillas, respiró desacompasadamente hasta que recupero el aliento. Entonces se incorporo, lentamente, con la respiración aun acelerada y observo el lugar.

El lugar bien podía ser paradisiaco, el verde prado se extendía por el norte hasta un bosquecillo de abedules, por el este daba a un pequeño arroyo, al sur terminaba en las primeras rocas de los bajos montes que ocultaban el horizonte y hacia el oeste, un poco más extenso, hasta una construcción rustica, cerca de la cual había un aljibe de madera. Pero no lo era, había algo tétrico en el aire.

En un instante su alma de policía se hizo cargo de la situación y todo su ser se puso en alerta.

Le llevo algunos segundos notar el profundo silencio que reinaba, cuando su corazón dejo de latir fuertemente en sus oídos, ya pasada la carrera, noto que no había sonidos. Ni si quiera el agua que corría por el arroyo los producía. Cautamente sopeso la posibilidad de haber quedado sordo. Quizás alguna explosión muy cercana en el campo de batalla o algo así….pero no, estaba seguro que tal cosa no lo había afectado.

A paso cuidadoso, arma en mano, camino hasta el cercano bosque. De cerca pudo observar los abedules, eran tétricos, se veían achaparrados, débiles, quebradizos, como muertos, aunque mantenían un apagado verdor en sus hojas. Extendió la mano para tocar una de las ramas y esta se deshizo, como si fuera polvo.

Cada vez más intrigado giro sobre sus pasos para ir hasta la construcción en busca de alguna explicación, al hacerlo poso su vista en el camino que había recorrido y advirtió una falta inquietante…no tenia sombra. No, no era que el lugar no tuviera sombras, él no tenía sombra. Casi desesperado busco por todos lados, pero nada, no había ninguna.

Caminando cautamente, con pasos cruzados y mirando para todos lados, atento a un palpable peligro, se dirigió hacia la cabaña.
Por probar, por darse animo, pregunto a voz en cuello si había alguien por ahí. Mas su voz no salió. El sonido era algo extraño en ese mundo.
…y sin embargo.

Se detuvo expectante conteniendo la respiración…

-          Pacino – la voz resonó clara en su mente, que no en sus oídos
-          ¿Qué? –
-          Pacino… - siguió llamando la voz. Creyó reconocerla
-          Pacino… - la voz iba y venía, no denotaba emoción era neutra, solo llamaba
-          Pacinoooo… -
¡El pozo! Quien quiera que fuera que lo llamaba lo hacía desde el pozo.
No más de 10 pasos le llevo llegar al aljibe.
-          Pacino – seguía llamando la voz
-          ¿Qué?¿Qué? – volvió a preguntar desesperado, consciente de que su voz no se escuchaba.
De a poco la luz fue desapareciendo, tuvo que tomarse de la pared de tablas del aljibe para no caer.
-          Pacino –
Se asomo a la boca del pozo y miro en el interior. La oscuridad era total. O casi, en el fondo había una luz.
¿La luna? Giro la cabeza y miro al cielo. Nada ahí no había nada, solo oscuridad, ninguna luz, ningún color.
-          No hay nada – La voz, esta vez sí una voz real, sonó a su espalda – Desde que esa cosa cayó del cielo no ha quedado nada –
-          ¿Qué haces aquí?¿Que está pasando Lola? –
-          Nada, que tu cariño, como todo aquí, estás muerto –
Mientras que una sonrisa macabra se dibujaba en su juvenil rostro, le dio un empujón que lo hizo caer al interior del aljibe

Sin poder evitarlo comenzó a caer hacia la luz del fondo del pozo. La risa de ultratumba llegaba nítida a sus oídos desde la boca del pozo. Lola dio una última mirada hacia abajo y se fue. Su rostro desapareció de la misma y la oscuridad se cerró completamente.

Un fuerte golpe en la cara lo sacudió. Luego otro más.

La espalda, apoyada contra un piso de consistencia esponjosa, seguramente el fondo del aljibe, se le fue humedeciendo cada vez más.

Si algo le faltaba a su tortura de pronto se le ocurrió que el agua del aljibe subiría y moriría ahogado si no lograba incorporarse y salir de allí.

Con un esfuerzo supremo intento levantar la cabeza, pero un dolor profundo lo paralizo ¿se habría roto el cuello en la caída? Si hubiese habido luz habría visto la palidez que lo invadió.

Abrió grandemente los ojos, en último esfuerzo de retener alguna imagen del mundo que lo abandonaba… y lo vio.
-          ¡Padre! – el grito silencioso le atenazo la garganta
-          ¿Qué haces ahí tirado señor Méndez? – Le reprocho
-          Me han empujado padre…- balbuceo a modo de excusa, profundamente dolido por la reprimenda. Que su padre lo llamara por el apellido era señal inequívoca de enojo.
-          Pues, si te caes te levantas –

Con gran esfuerzo volvió a intentar levantar la cabeza, mientras su padre, con dura expresión lo miraba, esperando se levante.

De pronto la cara de este se relajo, algo parecido a una sonrisa de cariño se dibujo bajo su bigotito mientras pasaba una mano bajo su nuca para ayudarlo.
Internamente agradeció el gesto, sin decirlo para que padre no lo fuera a interpretar como señal de debilidad.

Una inmensa paz lo fue invadiendo de apoco. Sus ojos comenzaron a cerrarse. La luz del fondo del pozo volvió a aparecer allí, lejos…cada vez más cerca. Esa era la salida, tenía que ir hacia allí, no había otra forma de escapar de aquella pesadilla. Con la ayuda de  padre lo lograría. El, siempre ausente, no lo dejaría allí, lo ayudaría. ¡Tenía que hacerlo.!
-          ¡No aflojes! – le grito alguien
De pronto algo le golpeo el pecho. Sea lo que sea que lo había hecho el golpe se repitió.

Espantado miro a su pecho, unos dedos fríos le arrancaban los botones de la camisa y dejaba su piel al aire.

Otro golpe. Esta vez vio bien ¡Un zapo enorme estaba sobre él dando saltos!
Con ojos fríos el animal lo miraba, impertérrito, sin emoción alguna. Demoraba unos instantes y volvía a saltar. Otro golpe sacudía su pecho cuando el batracio caía sobre él.
-          ¡Vete bicho de mierda! – quiso gritar para espantarlo.

Pero no se iba, seguía saltando sobre él. No solo eso, alguien le agarró la cabeza y le dio vuelta la cara y se puso de costado.

Luego se la volvió a girar, sin que él pudiera evitarlo, y un aliento fuerte le invadió la nariz.

Se quedo helado. Allí, frente a sus ojos, a no más de un par de centímetros se le apareció Alonso. El rostro del compañero era inconfundible, y su aliento también.
¿Pero?¿Que hacia? Infructuosamente trato de girar la cara para evitar el beso de boca que el otro le daba.

El sapo volvió a saltar sobre su pecho
-          ¡Hijo de puta que yo no soy de esos! –
-          ¿Qué tiene de malo? – escucho la voz de Irene a su lado
-          ¡Que yo soy hombre! –
-          ¿Y? – yo no dejo de ser mujer por besar a otra
-          No es lo mismo… - pero no pudo terminar la palabra. Con fuerza Alonso volvió a partirle los labios
-          ¿Ves? – la risa de Lola le llego de lejos
-          Te entiendo – Amelia a su lado lo consoló, al tiempo que le acariciaba dulcemente la frente – Vamos Pacino, se fuerte –
-          Si, si, ¡pero que no me vuelva besar! -
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-          ¡Vamos de nuevo que vuelve! – la voz de Julián no dejaba dudas
Haciendo una muesca de desagrado Alonso volvió a apoyar sus labios en los de Pacino y soplo en sus pulmones todo el aire que le era posible mientras Julián le presionaba el pecho acompasadamente
-          ¡Qué haces degenerado! – grito Pacino y todos rieron fuertemente al aflojarse la tensión.
¡Había vuelto! El amigo seguía vivo.
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(1)     (ver  “Tiempo de Resistencia”    https://ytusarg.blogspot.com.ar/2017/09/tiempo-deresistencia-fanfic-n-7.html )