Bajante
La
guerra, esa estúpida forma humana de no resolver nada, arreciaba por todo el
continente y buena parte el mundo.
Era menester abastecer los puestos de cada bando, para
evitar que quedaran indefensos ante los enemigos…pero una cosa era decirlo y
otra hacerlo.
Llevaban varios minutos recorriendo las venas de Europa bajo
un nutrido fuego de artillería. El Danubio era una avenida peligrosa.
Cada minuto que pasaba se hacía más difícil avanzar. Todo hacía
prever que el enemigo ganaría esta pulseada. Pero eso no podía ser, si ellos no
pasaban con los explosivos que transportaban, por lo menos evitarían que la
valiosa carga cayera en manos enemigas…
-
Soldado, venga – ordenó el capitán de la barcaza.
Juntos descendieron a la bodega e instalaron los explosivos
que harían estallar la carga si el enemigo intentaba apoderarse de ella.
Mientras la metralla se escuchaba golpear contra babor.
-
Si entran por ahí aprieta el pulsador – gritó en
una última orden el capitán, justo antes de perder la cabeza, separada
limpiamente del cuerpo por un pedazo del casco que acababa de ser arrancado por
un preciso impacto de mortero.
El agua, que comenzó a entrar a raudales por el boquete recién
abierto, empujó bruscamente al soldado, que, aun con el pulsador en la mano,
fue a dar duramente con la cabeza contra una viga.
La pérdida de conocimiento, que siguió al golpe, fue como un
manto de piedad que le evito la angustia de sumergirse en el fondo del río.
El agua, bajando
continuamente, dejo al descubierto la herrumbrada cubierta del antiguo
transporte fluvial, destruido durante la última guerra por un certero cañonazo
que le había abierto una preciosa flor de hierro retorcido en el costado de
babor, por cuyo centro se podía observar claramente la otra costa.
Los hombres, contratados para desactivar la mortífera carga
que aun almacenaban sus bodegas, caminaban con precaución entre el barro,
acercándose a el.
A través de una niebla de más de 80 años, el marino los
observaba y seguía con su pulgar presto a presionar el detonador que los mandaría
a todos al otro mundo, como le habían ordenado que hiciera si el barco caía en
manos enemigas.
80 años esperando, y ahora aparecían esos hombres vestidos
con raros uniformes de brillantes colores, fácil blanco para cualquiera que
quisiera dispararles. Sonrió levemente lamentando no tener a mano el fusil.
Desde su lugar observaba claramente a los recién llegados,
como caminaban con cautela por las doradas arenas,…doradas arenas….deberían
estar bajo el agua, pero estaban a la vista de todos, bajo los rayos del sol.
Eso no lo entendía, pero no le dedico mucho tiempo a preocuparse por eso,
después de todo eran muchas las cosas que no entendía.
Lo suyo no era cuestionar, los soldados no cuestionan, solo
matan o mueren, pero siempre obedeciendo sin mostrar la menor duda.
Y él era un buen solado, se repitió a sí mismo. Su pulgar
seguía expectante a centímetros del percutor, presto a presionarlo ante el menor
peligro, como le ordenaran.
Los hombres de la
cuadrilla, haciendo contorciones, pasaron por el agujero de babor e, ingresando
en la bodega, comenzaron a estudiar el lugar. Aquello era un amasijo de oxido y
putrefacción.
-
¿Para qué apurarse? – Se preguntó uno de los
operarios, encogiéndose de hombros.
-
Unos años más y el río habría disuelto todo…–
bromeó otro.
-
Pero ahora el río no está y la paga era buena. –
zanjó un tercero, haciendo un paso a la derecha para no pisar un charco delante
de él.
Los vio entrar y hurgar
cerca de la carga. Sus extraños uniformes lo desconcertaban, ¿Serian amigos o
enemigos? ¿Que debería hacer?.
Si fueran amigos, pensó, el capitán o algún oficial los
acompañaría y habrían ingresado por las escaleras desde cubierta, no por babor,
a través de un agujero. No, seguro no eran amigos.
El pulgar se acercó un poco al percutor.
Atento a lo que hacían, los escucho hablar entre ellos, ¡y
los entendió!, hablaban su mismo idioma ¡Eran amigos!. Se alegró.
El pulgar, involuntariamente, se apartó unos milímetros del
pulsador.
Desesperado les grito lleno de esperanza, pero no lo
escucharon o, si lo hicieron, lo ignoraron.
¿No serian quintacolumnistas? Había leído algo al respecto
en la gaceta naval. Seguro eran infiltrados. El pulgar volvió a su lugar.
-
Mira – escuchó a uno que lo estaba mirando – Todavía
se ven los huesos. – rió.
-
¿Huesos?, - se cuestionó, pues sí tenía hambre y
seguro había perdido algunos kilos, pero no seria para tanto.
-
¡He amigo! ¿Tienes comida? – pidió. De pronto se
sentía famélico.
Nada, nada dijo el hombre al que se dirigiera. Ni él ni
ninguno de los que lo acompañaban, lo ignoraban abiertamente. Se indignó.
El que se había referido a su estado, junto con otro de los que
ahí estaban, se agacharon con sus herramientas de mano y comenzaron a quitar
una tapa.
¡Están tratando de entrar a la estiva! Se horrorizo el
marino que seguía observabandolos a través de los años y el pulgar estuvo a
punto de cumplir la orden que los mataría a todos, y a él también.
Ignorantes los hombres reían, más por aflojar la tensión del
trabajo que hacían que porque algo los divirtiera.
En un movimiento algo descuidado tocaron una columna que
cedió bajo su propio peso y golpeo los restos óseos del viejo marino.
¡Me atacan! Dijo el soldado, al venírsele encima la viga,
¡Malditos esbirros, de aquí nos vamos todos! Grito desesperado y el pulgar
cayo, luego de 80 años, sobre el percutor, que, industria local de primera
calidad, cumplió su misión.
La tierra se sacudió con la explosión y pronto la poca agua
que aun corría por el rio cubrió el nuevo cráter.
© Omar R. La Rosa
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